Victor Guardia Quirós: Discurso pronunciado ante el señor Representante de Francia, en nombre de la juventud costarricense

Con ser tan rico ese pasado vuestro, hay algo mejor en Francia, algo ultraterreno, que parece un don del Espíritu Santo: me refiero a su vocación de martirio por la redención del género humano.

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Victor Guardia Quirós.

La alocución fue pronunciada en la Escuela de Derecho de Costa Rica en donde el Lic Guardia era profesor. Eran tiempos de la I Guerra Mundial.

Señor Representante de Francia:

Ya véis cómo esta gallarda juventud costarricense -cuyas exclamaciones escucháis-, me hace el honor insigne de confiarme su palabra en este día, que es el de las más hermosas evocaciones de la historia.

¡Cuáles elogios habré de tributar que fueran dignos de esta gran efemérides de la especie humana! ¡Cuáles que lo fuesen de esta Francia abnegada y manumisora, que al precio de su sangre coronó en esta fecha la misión del Crucificado, rompiendo las cadenas de la esclavitud y promulgando los evangelios del Pueblo! ¡Qué palabras mías podrían estar a la altura de este grandioso acontecimiento!

Mas observad, señor de Franqueville, que yo no podía declinar el honor; yo que me siento un poco hijo de Francia, y también de su Catorce de Julio. De modo que los homenajes que voy a rendir a la gran nación latina, no han de ser ciertamente el reflejo de una vanidad que me estaría muy mal, sino más bien el fruto de un deber que me subyuga.

Soy un hijo de Francia por algo que yo llamaría la lactancia de mi alma, como lo fue Telémaco del olímpico Mentor: la Sorbona nutrió mi espíritu, en alas del pensamiento de Taine y de Renán. Y este rendido apego al Catorce de Julio nace del arraigo profundo que el simbolismo de ese fausto día ha llegado a tener en las orientaciones de mi conciencia de ciudadano libre y de hombre justo.

Y lo que a mí, les ocurre a todos los jóvenes que represento.

No todos vivieron como yo sus mejores años a orillas del Sena, sobre el montículo de Santa Genoveva, frente a la necrópolis sagrada, donde el ambiente diríase saturado a la vez del fervor de la santa heroína, del discurso de Abelardo y del eco de bronce de los enciclopedistas. Pero todos saben en cambio que aquella cabeza bruna de Rousseau, que vigila el Panteón, es la efigie de un cerebro que fue laboratorio de las más grandes emancipaciones humana.

Todos estos jóvenes conocen, señor, la historia luminosa de la Francia, sin olvidar la de las fieras Galias de Vercingetorix, ni la de la invicta monarquía franca que fundó vuestro gran merovingio, Clodoveo el Cristiano. Y todos saben de los Carlovingios, el uno magno conquistador; y de los seis siglos de Capetos, los de Hugo, los Valois y los Borbones; y saben también del Rey Sol, del Rey Caballero y del Gran Emperador, que hizo sonar su bronca espuela por todos los ámbitos de Europa. Mas sobre las hazañas que en manos de vuestros monarcas realizó la oriflama de San Dionisio y la Flor de Lys, ellos aprecian la luz viva y perenne que brota del fanal de vuestra ciencia, que es ciencia creadora, motriz y generosa. Yo no sé si todos ellos comparten el materialismo de vuestro Claudio Bernard, o si algunos espiritualistas proclaman -con Brunnetiere- la quiebra de la filosofía experimental; pero sí estoy cierto de que la ciencia francesa es el gran surtidor que apaga la sed de su investigación. Soy también intérprete de todos los circunstantes cuando afirmo que el arte francés es el pasto espiritual que más apetecemos, especialmente en los giros y tendencias de la estética y la psicología literarias. Discrepamos quizá entre la sátira cruel de Rabelais, el sarcasmo regocijado de Moliere o la paráfrasis nítida e irónica de Voltaire o Anatole France; pero entendemos que esos modelos -y el clásico Juvenal- son bastantes para enterarnos de los diversos matices de la filosofía crítica. Preferimos un Baudelaire a un Verlaine, o a la inversa; pero convenimos en que para nadie como para ellos creció el loto y el nenúfar sobre las aguas del pantano. Leconte de Lisle y Heredia nos sirven helenismo; y todos nosotros, en definitiva, nos deleitamos con el parnaso de Hugo y el romanticismo de Musset. Esto no es desconocer la universalidad de otras literaturas, -la de la madre patria en cuenta-; pero quiero decir que nuestra alma latina gusta más de las mieles de la vieja Lutecia que del vino encendido de España o del pálido del Bajo Rhin. Quiero decir, en achaques de galantería, por ejemplo, que preferimos a las usanzas estrafalarias del ingenuo manchego, las sutiles maneras y los finos envíos de un cadete de la Gascuña.

Con todo, señor, debo confesaros que no hemos venido a rememorar los prestigios mundanos de vuestra historia, ni por aquellos blasones y trofeos que hacen crujir las panoplias del palacio de la cúpula de oro, ni por aquel arte picante y grácil que ella nos cuenta, ni por el testimonio que ella nos ofrece de aquella ciencia provecta y abanderada que con los destellos de su genialidad reveladora ha iluminado todos los surcos de la investigación. Con ser tan rico ese pasado vuestro, hay algo mejor en Francia, algo ultraterreno, que parece un don del Espíritu Santo: me refiero a su vocación de martirio por la redención del género humano.

Esta suprema y rara virtud debe ser elogiada por encima de todas las otras, puesto que ha hecho de vuestro pueblo el elegido de Dios, ayer y también ahora, en los duros momentos de prueba a que asistimos.

Venimos hacia esa Francis tutelar, con los brazos abiertos, conscientes de su protección y su grandeza. poseídos de gratitud y de confianza. Venimos enternecidos por el gesto de esa nación madre, que tiene el secreto de abrirse la entraña y derramar el río de esa su sangre eucarística que calma las ansias del espíritu humano. Venimos hacia la magnífica Sibila que en media de tremendos desgarramientos arrebata de los cielos las fórmulas del Bien; ya el 89 con aquella mano convulse que grabó los Derechos del Hombre; ya en estos instantes, con esa mano sangrienta que ha venido forjando los Derechos de las Naciones.

Venimos, en plenitud de voluntad y de conciencia, hacia esa Francia que según la reciente expresión de Lloyd George, ha destinado sus mejores energías a la defensa contra el terror amenazante.

Las jóvenes democracias a que pertenecemos sólo han bebido el agua de sus claras fuentes, porque sólo de allí brota el manantial universal. Es cierto que la revolución de Inglaterra y la Carta-Magna fueron el brote de una trascendental revolución: pero su fisonomía evolutiva fue contingente y limitada. Y no porque el genio inglés fuese egoísta o pequeño, sino por razones de étnica racial y por la propia madurez política que inspiró aquel movimiento libertario, que s6lo pudo aprovechar el pueblo anglo-sajón. Tan grandioso suceso no estaba llamado a una filtración pronta y general, al paso que la convulsión de Francia llevaba en sí más verbo y más pujanza, como que ella era el signo de un parto realizado “pro mundi beneficio»

Fijaos que a cada paso se diría de este pueblo propiciatorio que es el pastor del gran rebaño humano. Su alegría nos reconforta en las felices andanzas de la vida, como su heroísmo en paso de prueba. Y si alguna vez nos pareció frívola esa su risa de ática y sana filosofía, pronto supimos que esta risa es el nervio mismo de la raza. que ella en Francia es hermana también del dolor y el sacrificio, y que ella recorre, por igual, el bulevar y las trincheras de Verdun. Sobre la tierra santa del Marne fue vencido Atila, el genio de la barbarie primitiva; y allí mismo este pueblo que ríe, embarrancó el cañón del raja Guillermo, en quien habita el genio de la barbarie contemporánea.

Ante el cuadro de esa Francia estupenda y salvadora, nuestra juventud valerosa se resiste a refrenar por más tiempo los ímpetus de su corazón. Desde el primer momento de la gran lucha ella estuvo de parte de la moral y del derecho, contra el viejo Canciller que dijo: «la force prime le droit»; y contra el nuevo Canciller que juzga que los sagrados pergaminos que guardan la fe de las naciones son «des chiffons de papier», y que «la necesidad no reconoce ley». Y movida hoy por los resortes del credo democrático, y solicitada por un sentimiento de solidaridad mundial, -no menos que por el estímulo de este día evocativo-, viene hacia Francia esta juventud liberal, declarando que abjura todo propósito de neutralidad en la Gran Guerra; y viene sobre todo a repetir aquellas palabras que fueron el voto más hondo del gran Pontífice León XIII, el vidente: «Valeat Gallia! Valeat et resurgat!»

Como ciudadanos de un país libre por esencia, creemos con Monsieur Ribot que «la tiranía prusiana es un peligro para el Nuevo Mundo Como para el Viejo, y para Alemania misma; y que la tarea de evitar al mundo, mediante el esfuerzo común de los pueblos democráticos, el yugo de esa casta militar y feudal para fundar la paz sobre el derecho, constituye una obra de liberación humana y de salvación universal».

Y reparad que este anhelo de solidaridad va ganando terreno en el sentimiento de las democracias latinoamericanas. El Uruguay pagó pleito homenaje a las nobles posturas de Francia, elevando el 14 de Julio al rango de Fiesta Nacional. En el Ecuador se alza una voz que dice:

«El Ecuador a la Guerra!» «Los países aliados luchan por la hegemonía moral del mundo; por la razón; por la cultura y por los hombres». «El Ecuador no puede ser indiferente los dictados de la ética». «Luchará con los países aliados, porque ellos representan en la hora actual los más caros intereses de la moral humana; y porque tras el espanto de las batallas y el horror a la muerte, nos señalan los futuros destinos del universo».

Y en un libro chileno leemos las siguientes palabras que son bien americanas:

«La guerra nos ha revelado un mundo de ideas que presentíamos y que nos acercan a los pueblos latinos de Europa con los cuales tenemos comunidad de origen, de intereses morales y de rumbos de cultura». «Nuestra civilización que precede en primer término de España, ha sido modificada esencialmente por la influencia francesa que hemos recibido durante todo el siglo XIX». Y no podemos concebir una evolución que nos llevara por los caminos opuestos a esos». «Cuando un pueblo tiene una raza definida, con una historia que le ha permitido constituirse en una nacionalidad bien determinada, no puede aceptar un cambia de civilización impuesto por una influencia externa, sin renegar de sí mismo y renunciar a su carácter y su constitución esencial».

Ahora bien. los pequeños pueblos del mediodía americano no pueden recoger como los Estados Unidos el reto que Alemania lanzó a la Humanidad; pero hemos oído las palabras de Wilson: «que cada nación decida por sí la manera de contestarlo». Y sentimos que nuestra democracia costarricense, para serlo de verdad y con entereza, debe apelar -a falta de otros medios- al grito de la protesta airada y desnuda, que de ser justa como lo es en esta ocasión, tiene voz en el concierto de la civilización y en los estrados de la ley de Dios.

Permitidme, entonces, vosotros los hombres libres y fuertes a quienes represento, que repita por vosotros y por mí, las grandes palabras del estadista brasileño Ray Barboza:

«La neutralidad tiene sus deberes, y los neutrales no deben recompensar con su abstención a los que han premeditado el ataque”. «Entre los que viola la ley y los que la respetan, no existe neutralidad posible». «Los tribunales, la opinión y la conciencia no pueden ser neutrales entre la ley y el crimen».

Así hablan los hombres de verdad. Pero ante el espectáculo de la presente guerra impía no deben callar ni las mujeres, según lo dice el mensaje a las mujeres de todas las naciones:

«Van estos crímenes a ser sancionados por vuestro silencio? Olvidaréis que el respeto al derecho ajeno sigue siendo la mejor garantía de nuestro propio derecho y que si la Historia, en sus retrocesos, expusiese a estos mismos peligros a otras generaciones y a otros pueblos, ellas y sus hijos no podrían dar la voz para quejarse ni para maldecir?»

«Cualquiera que sea el país a que pertenece: aliado, neutral o enemigo, toda mujer debe tener conciencia de sus deberes». «Callarse es tanto como absolver a los soldados que violan los hogares y detienen a los transeúntes para escoger víctimas: es hacerse cómplice de ellos; callarse es condenarse a no invocar nuncio el derecho y los tratados, a no dar a una acción. pública o privada. la autoridad de una base moral».

¡Ya véis, señores, cómo la mujer francesa, en mitad de esta fragorosa lucha que le arrebata sus padres o sus hijos, olvida las lágrimas y sólo piensa en preservar de semejantes quebrantos a las mujeres del porvenir, sin olvidar a las mujeres alemanas! Ya véis cómo el Ministro francés no piensa siquiera en dolerse de los males que acosan a su patria, sino que eleva la mirada hacia el ideal de una humanidad futura que pueda vivir emancipada de los riesgos de la brutalidad y la rapiña

Era predestinación altruista que pone alas de amor a nuestra fervorosa admiración, es algo que pertenece a la gran raza latina: es la propia resina de ese árbol añoso y bien nutrido; la resina que quema Francia en sus viejos altares ofrendatorios, cuando por conjurar los maleficios de Satán, satura de esencias los ambientes. Aunque para ser justos debemos añadir que los ingleses, en diversas ocasiones y hoy sobre todo, no se han mostrado sordos a las solicitaciones de las grandes cruzadas del ideal. «Los ingleses, -dice Mr. de Cestre- rompiendo los vínculos que los ligaban a la familia germánica, han sabido entrar por el espíritu caballeresco, en unión de las naciones herederas de la Grecia y de Roma, y discípulas del cristianismo». «Esa cultura latina de idealismo claro, consciente y siempre listo a traducirse en actos, la han abrazado los ingleses, la han amado y la han mantenido con fervor aún en la época romántica, cuando Byron celebraba la grandeza de la antigüedad clásica enclaustrada en la solemnidad de las ruinas, sobre el suelo sagrado del Latium».

Pero es probablemente porque ella tiene sangre latina en las venas, Como lo dice el mismo disertador, y porque ella ha bebido en las Fuentes latino-cristianas de virtual y de belleza, por lo que Inglaterra ha hecho figura de nación noble y generosa y por lo que ella supo tomar en 1914, en esa terrible encrucijada de la historia, el recto camino de su deber.

Ahora, señores, comparad en síntesis el alma francesa con el alma germana, a través de las dos solemnes apelaciones que váis a considerar.

La una pertenece a un capítulo del libro “La Gran Alemania”, del escritor teutón Otto Richard Tannenberg, y está escrita en versos sonoros dedicados a Thor, el dios de la maza, que dicen así: “Hallóse Thor en los confines septentrionales del mundo y arrojando su maza, la pesada arma de combate, dijo: ¡Hasta donde esta maza sibilante acierte a caer, hasta allí tierras y mares serán míos!… Y la maza voló de sus manos, voló sobre toda la tierra y fue a caer en la más lejana orilla del Sur, a fin de que todo el mundo fuese de Thor”. “Desde entonces constituye un derecho para los Germanos ganar intrépidamente tierra con la espada.” “Somos la raza del dios de la maza, y queremos conquistar el imperio universal.” -Esta evocación inspira luego otras ruines palabras a Tannenberg: “La política sentimental es una necedad; las ideas humanitarias, una estupidez”. “El reparto del bienestar debe hacerse entre compatriotas”. “La política es un negocio”. “La justicia y la injusticia son ideas necesarias tan solo en la vida civil”. “El pueblo alemán siempre tiene la razón, porque es el pueblo alemán y porque cuenta con ochenta y siete millones de habitantes…”

… Oíd, en cambio, las palabras sencillas y eternas que sirvieron ayer no más de lema en la Sorbona, para encabezar un mitin nacional en el que consolidó la mística y pujante Unión Sagrada. Oíd este grito formidable de energía y abnegación: “¡De pie toda la Francia, para la victoria del Derecho!”

Esta voz que desciende del Ateneo a la llanura es la voz de los tiempos y la voz de los destinos.

El sentimiento pagano habría admirado en esas palabras de la Sorbona la rara conjugación del verbo y de la espada: habría visto en Francia el prodigio de una Atenas espartana; y habría dicho de ella, como de Minerva, que debió ser concebida en la caber de Júpiter para llegar a lo que es: Diosa de la sabiduría y de la guerra.

Pero la luz se ha derramado sobre la senda de ese eterno caminante que se llama el espíritu humano; y el mundo en que vivimos esta suprema hora de evolución -y tal vez de expiación-. no piensa ya, cuando vuelve los ojos hacia esa frase alada, en el vivo resplandor de una quimera, sino en el símbolo de las lenguas de fuego del Pentecostés y sobre todo en la sombra bienhechora de la Cruz, que es la sombre que proyecta Francia cuando toda pie, desgarrada y heroica, abre los brazos en defensa de la salud universal. Elevemos nuestras alas ante esa Nación Mesías, que estoicamente ha embotado todos los aguijones del dolor con tal de obtener una victoria que sea – según el voto formulado por el Obispo de Niza-, la victoria del espíritu sobre la carne, de la verdad sobre el error, del bien sobre el mal.

Y Vos, señor Representante, decid a esa vuestra Francia -la del Marne- que esta juventud delirante esté de pie con ella en la contienda a muerte que libran hoy el humanismo y la barbarie; en esta lucha secular de la Luz y la Tiniebla, lucha en la cual ella encarna la misión del Arcángel y sus enemigos asumen las formas del Dragón. Decidla que si aun no nos cabe la merced de ofrendarle nuestra sangre, al menos le ofrecemos, hoy y por siempre, la devota comunión de nuestras almas.

(14 de julio de 1917)

Publicado originalmente en Escarceos literarios


Victor Guardia Quirós Zeller de Peralta, Lolita – PINCEL

Víctor Guardia Gutiérrez.
Sus padres fueron el general Víctor Guardia Gutiérrez y Esmeralda Quirós Morales. Se casó con Joaquina Uribe Rodríguez. Se graduó de abogado en la Universidad de París, Francia. Al regresar a Costa Rica fue juez civil en Alajuela y en San José, Subsecretario de Relaciones Exteriores (1907-1908), magistrado de la Corte Suprema de Justicia de Costa Rica (1908-1915) y Diputado (1916-1917). En 1938 fue elegido como Presidente de la Sala de Casación y de la Corte Suprema, por un período de cuatro años, y fue releelegido para un segundo cuatrienio en 1942, pero renunció en 1945.
En Wikipedia.

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