Víctor Valembois.

¡Por Dios! Ya casi se nos fue el primer mes del nuevo año 2024… ¡Paren ese tren, que me quiero bajar! No es que el recorrido mío, hasta ahora, a mis 77 primaveras cumplidas haya sido desagradable… pero toda va demasiado rápido. ¡Se lo juro, señorito!

¡Muy curiosa, esa sensación, señorita! Me acompaña desde pequeño, en Bélgica, después en Madrid, en un clima cultural muy diferente; siguió ese mareo en el tiempo pasando a vivir en Chile, ¡igual aquí y ahora, desde hace más de medio siglo!

Quiero referirme a George Orwell (en realidad: Eric Blair, 1903-50): ¡sigo admirándolo, tanto en su recorrido biográfico como en su obra literaria; ¡ambos, advertencia para ciegos que no quieren ver! Era en los años cuarenta, al terminar la segunda guerra mundial (en realidad, en tercer enfrentamiento directo Francia-Alemania, en 1970, 1914 y 1939): décadas guerreristas como pocas; frente a ellas Orwell, con mediocre salud y aunque sea en forma literaria, mostró lucidez y voluntad de trascendencia más allá de lo inmediato.

Lo hizo una primera vez en 1945, con Animal farm, traducido como La granja de animales, no solo petardo jocoso, sino bomba literaria: a sus contemporáneos y a nosotros, más allá del cambio de siglo, nos abrió y nos abre los ojos acerca del hambre, la masificación y hasta masacres de ese criminal, Stalin durante tres décadas (1924-53).

También refiero a la obra 1984 (con cursiva, por ser otro título); en elemental matemática, nos visualiza hace 40 años. En este otro brillante trabajo, constemos la misma no tan extraña y doble prudencia: el autor evita situar explícitamente su advertencia en el país mismo donde vive, rodeado de sus receptores directos. Recurre, además, a una proyección en el tiempo. A buen entendedor, pocas palabras.

Esta obra, otra vez, desenmascara falacias ideológicas: el autor sabía de qué hablaba porque estuvo de voluntario, combatiendo durante la guerra civil española, del lado republicano, presenciando hambre y baños de sangre… ¡y resultó perseguido por los aludidos estalinistas, esos con su “cosmopolitismo” de patas arriba…

Nosotros, hagamos también el salto: por la capacidad metafórica inherente al arte, la sátira orwelliana sigue válida en contextos y geografías tan diferentes: pienso, cerquita, en la otrora Venezuela de la abundancia y en Nicaragua, otra vez engañada.

1984, denuncia bien hilada, yo la admiré en magnifica escenificación en Quito, Ecuador (con un tal Patrick Valembois de protagonista); otra vez: no se trata de un panfleto ideólogo: a partir de su vivencia personal y con perenne escalpelo artístico, Orwell desnuda realidades y ¡nos sigue blandiendo la advertencia!

¡En vez de ufanarnos que somos casi genéticamente superiores a los vecinos, defendamos – nuestra democracia, aquí y ahora, por fuera y sobre todo por dentro!  La cruda realidad muestra que no cabe reducir el ejercicio democrático a una especie de eleccionitis de blanquitos del Valle Central, como percibo que pervive y se instala en el país. Además, al pregonar constantemente que somos “humildes” demostramos lo contrario…

Arte y política son esferas diferentes en la construcción del saber y el vivir en comunidad. Pero siguiendo el camino trazado entre otros por el gran García Lorca, no tengamos miedo a la sutil interferencia: todo acto público es político; la neutralidad ideológica es un consomé de pollo sin pollo.   (valembois@ice.co.cr)

Victor Valembois

Por Victor Valembois

Víctor Valembois es un académico con una licenciatura en Filología Románica por la Universidad de Lovaina (KUL) en Bélgica. Ha vivido en Costa Rica por más de 35 años. Ha estado vinculado con la Universidad de Costa Rica y la Universidad Nacional.