Víctor Valembois. Escritor y Catedrático universitario.

En mi sala tengo un cuadro, bella miniatura en personajes y escena callejera. No logro distinguir autor. E en el fondo, con fina plumilla a color se visualiza un precioso edificio en gótico tardío, cosa que por aquí hace pensar en una iglesia. Pero no: en su lucha encarnizada contra los gobiernos masónicos, que preferían lo neoclásico, el ingeniero Jiménez Bonnefil y Monseñor Thiel, ambos con fuerte arraigo en Bélgica, preferían construir en gótico. De allí que el incauto confunde lo visualizado con una iglesia. Pero no: la estampa señala claramente que se trata de la casa comunal de Oudenaarde, no muy lejos de Bruselas.

En esta vieja ciudad de mi Flandes, ¡tantos “puentes” evocan de relación entre nuestra parcelita americana y el otro lado del gran charco!  Allí se educó el futuro Carlos Quinto, bajo cuyo imperio pronto Cortés y otros descubrían el Nuevo Mundo; queda mencionada la misma comunidad en un poema de Salomón de la Selva, soldado en las trincheras de mi tierra, en la primera guerra mundial; y en esa urbe por los años 1860 se reunieron los soldados belgas que iban a defender su reina Carlota en el México de Maximiliano…

Pero voy a algo mucho más doméstico: en la plaza, a la izquierda, literalmente a media calle, ni que fuera herediana, se ubica una carroza, cargando y descargando gente y mercancías. Como alrededor del parque central, en San José, entre gente en alegre y animado desorden y desparpajo.

Tal conducta era normal, en el nórdico europeo, en el siglo XIX: todavía no había vehículos automotores y la gente era de extracto campesino. Cerca de esa escena se situá un monumento a la batalla de Tacambaro (en Michoacán, México) donde las fuerzas del legítimo presidente Benito Juárez dieron una tremenda paliza a los europeos invasores. Era en 1867, hace unos 155 años (época también, calculo, del cuadro que evoqué).

Ni quiero imaginarme el tráfico que debe haber ahora por esa parte, en ese país, el mío, casi la mitad más chico que Costa Rica (32.000 km2, frente a 50.000 por aquí), pero con por poco cuatro veces más habitantes y vehículos… ¡Aún más que por aquí…! Pero más ordenado el conjunto…no por más educados, los ciudadanos de allá… ¡sino porque las multas son más drásticas!

En San Pedro de Montes… de presas, dondequiera que me muevo, todos los días me asalta la pregunta: por qué los taxis y los buses se paran a media calle o casi, quitando valioso espacio, vital tiempo a los que vienen detrás. ¿De verdad hay más tiempo que vida, en ese tráfico infernal que nos toca todos los días? La gente no respeta los espacios de vereda, los automovilistas tampoco…

¿Por qué en mi callecita sin salida, enredo urbanístico detrás del Banco Popular, los vehículos aguardan en media vía, se parquean ocupando dos posibles campos u obstaculizando el paso de otros llegando o saliendo? Hace poco un señor, mayor, me gritó “hago lo que me da la gana”… en plena línea amarilla y cortando el paso a una estimada vecina.

En carro o en moto, para entregas y demás, preguntando por aberrantes direcciones, todos dejan el motor prendido… y los habitantes nos tragamos el olor a gasolina en nuestras casas, amén de la contaminación (en Europa, aun en plena carretera grande, después de medio minuto sin avanzar, el motor se apaga automáticamente).

Así, un largo etc. comparativo. Amigos, pidiéndoles disculpas porque no pueden comparar y si uno explica lo toman a uno como metiche, ¿entienden ahora que el costarricense no puede seguir con esa mentalidad pueblerina, un aldeano percibir de tiempo y espacio?

Cómo no, debe haber sido muy linda y hasta funcional, ese Heredia, en torno a su iglesia, construida cuando en Europa estalló la revolución francesa…. Pero ahora estamos en el año 2022: vivamos con mejor civilismo el exiguo espacio, el escaso tiempo que nos toca, compartiendo, respetando al otro, en este país que compartimos.