Víctor Valembois. valembois@ice.co.cr

Señores académicos:

Deseo felicitarlos por el artículo sobre “armas”, todo enmendadito en la edición digital de ustedes. Pero recorriendo con mis deditos* el asunto, con penilla lo señalo: ¡quedaron cortos!: todavía no contemplan aquel menudo “de armas tomar” que por ejemplo María Moliner sí incorpora. ¡Mujercita tenía que ser! Es que, vamos, machos la mayoría de ustedes*, demasiado ocupaditos, deberían fijarse en cantidad de actitudes y posturillas armadas, en que como verdadera armadillas pueden llegar a transformarse ellas.

Señores, por doquier se detectan hembrillas que, como Moliner lo pone, calzan entre “especies de mamíferos” y, en cuatro líneas les digo, mejor, utilizan su cuerpo como arma. Ustedes lo saben: la lengua nunca alcanza a presentar la riqueza de la realidad, porque al contrario de las armadillas, que se repliegan y se enroscan, florecen y abundan doncellas (?) que, lejos de tirar la toallita, en forma de ataque, pues sí, simplemente se despliegan todi-ticas, limpias y con esplendor (y, cómo no, también ustedes se fijan…). En este caso está claro que la expresión se asocia con el sentido profundo del concepto de armas.

Nuevamente me asiste, pues, el deber de pedirles que remienden y enmienden, pues de lo que planteo existen abundantes pruebillas en el entorno de cada uno, aparte de que, para su memoria*, ya todo eso consta en obrillas literarias, en torno a la legendaria astucia de las mujercitas. Sin medias tintas todo calza dentro de esa acepción que señala un arma como “instrumento, medio o máquina destinados a atacar o a defenderse”.

Además, estimados señores, en cuanto a “escudos de armas”, en el caso aplicado… basta ver la carita* que algunas ponen: resultan armas variadas, cortas o de chispa… y todas de doble filo y punzo-cortantes… Desde la sonrisa* hasta las lagrimillas, ellas siempre llevan la carterita* llena de perdigones* de esos.