Víctor Valembois: Cíceron el cosmopolita latino frente a nuestro neg-ocio

De bastante uso resultaría esa especie de anti-piropo, por allí de Cuesta de Moras, en la Asamblea nacional… ¡Hay que atreverse a decir la verdad, siempre!

Víctor Valembois.

¡Cosas veredas, Sancho!  Aquí me tienen de cicerone, en torno a Cicerón. Hombre de muchas letras era (pero no eran esas de cambio): sus enseñanzas, de poquito a antes de Cristo, no han perdido valor: al contrario… ahora tienen valor agregado.

El mundo en que fui educado, me lo poblaron lleno de idealistas. Aquel Marco Tulio Cíceron no resultó ningún personaje culinario, sino figura literaria y política en la Roma antigua. Con clara formación en derecho, constantemente abogaba por el bien… hasta que, en trifulcas de guerra civil por allí… le cortaron la cabeza.

Tremendo, el discurso de Cicerón contra ese golpista Lucius Sergio Catilina: de allí el término “Catalinaria”. Cosa más cosmopolita: ¡casi veinte siglos más tarde, en clase de latín tuvimos que memorizar esa invectiva de aquel noble humanista contra ese canalla al cuadrado! Allí va la estocada principal: Quousque tandem abutere, Catilina,patientia nostra? En cristiano cervantino: ¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?

Como consta en el Diccionario de la Real Academia Española, el término “catilinaria” pasó a formar parte del actual arsenal léxico del español: refiere a un “escrito o discurso vehemente dirigido contra alguien.” De bastante uso resultaría esa especie de anti-piropo, por allí de Cuesta de Moras, en la Asamblea nacional… ¡Hay que atreverse a decir la verdad, siempre! En el caso que nos ocupa, esas catalinarias fueren también llamadas filípicas, en referencia a su principal enemigo.

En seguida, ¡también la clásica expresión latina de: O tempora, o mores! (traduzco en forma libre: “¡vaya tiempos y modalidades que nos tocan!), según fuentes consultadas, igual provendría del mismo discurso fulminante del gran civilista cosmopolita Cicerón: no había moros por la costa, sino que la moral pública andaba por el suelo.

En tercer lugar, quiero recalcar una curiosa, pero solo aparente contradicción entre dos palabritas latinas de esa época antes de Cristo. Todavía acarician nuestras orejitas, una para la derecha, dizque buena, con el vocablo “negocio” y la otra, supuestamente para izquierdistas perezosos: el “ocio”.

Lo cierto es que, más que negación uno de otro (en ese “nec” latino ladino, va lo negativo; en cambio, la base, la columna vertebral sobre la cual cabe pensar es lo otro: ese “-ocio” que venimos arrastrando desde esos romanos, latinos que ahora llamamos italianos: vaya, vaya enredo real, popular, sin realeza de por medio.

Mucha tela cabe cortar en torno a esa dicotomía: opuestos complementarios. En todo caso, en tiempos del humanista Cicerón, aquello de “nec-ocio” que dio lugar a nuestro “negocio” para nada refería a venta de chayotes ni nada por el estilo: lo que el caballero entendía que estaba haciendo era su “ocio”: trabajo intenso, de la cabeza metida entre papeles; el “nec-ocio” o negocio era lo contrario, pero complementario: lo manual, en el campo y demás.

El joven Cicerón leyendo. Fresco por Vincenzo Foppa.

Caben tanto derivados y hasta malentendidos a partir de esa dicotomía. Por ejemplo: el intelectual no es ningún ocioso, incluso si no se ensucia ni el cuello de la camisa. Todo trabajo es digno y como tal merece consideración, que puede ser el “derecho” al descanso, como puede implicar una retribución monetaria.

Vaya, vaya: la ética del trabajo, de los protestantes, entre otros alemanes, según Weber llevó al nacimiento del capitalismo. Está bien: aplaudo. Pero no por ser profesor retirado debo plegarme, según la norma social más bien de vivencia local a ser ocioso: al contrario, partiendo por ejemplo del jansenismo que floreció fuerte en mi tierra de Flandes, mi madre consideraba que mientras veía televisión debía tener entre manos y cerebro también la confección, por ejemplo, de un chaleco para sus nietos, en el frío invierno de Flandes.

En paralelo, tengo mucho del workaholic de mi padre, para el cual no había horario ni fines de semana: jardinería y mueblería eran más que hobbies, una forma de cambiar de intensa actividad sin horario ni fines de semana, después de su consultorio ginecológico….  Ocio y negocio: nada de antagonismo sino ¿en equilibrio posible?

(valembois@ice.co.cr)

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