Víctor Valembois: De Napoleón el grande al don Napo local

Requiero otros héroes, constructores de una Europa que no solo renazca de sus cenizas, sino además, por favor, suplico, que deje de tener a la guerra como uno de sus productos de exportación.

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Víctor Valembois. Escritor y Catedrático universitario.

Acaba de pasar otro aniversario de la derrota de Napoleón en Waterloo, campo de batalla hace 207 años, al sur de Bruselas, capital de Bélgica y de Europa. ¿Y qué aprendimos? Nada de nada… La guerra sigue: Ucrania es el último epifito, penúltimo capítulo…. por ahora…

No basta con topónimos recordatorios en todas partes del mundo (Londres, Toronto,…). La literatura, sobre todo la francesa abunda en evocaciones… Hugo, Nerval, Stendhal, Chateaubriand… ¿Para qué, si la gente no aprende a evitar la guerra?

En Costa Rica, desde el nombre de un liceo a tantas otras etiquetas, curiosamente, corre igual el nombre del vencido, no del vencedor (Wellington). Aquí manejamos hasta el abreviado simpático de “don Napo”. Era menudo, él … pero pregonaba que “¡los hombres se miden de los hombros para arriba”! Corso de nacimiento, justo antes de que esa isla mediterránea pasara a ser parte integral de la Francia continental. Su mamá guardaba un terrible acento italiano, pero él… se proclamó franchute.

Aquí tampoco podemos ignorarlo: a él le debemos la generalización del sistema métrico, del matrimonio civil y del registro civil, tantos aspectos positivos de organización: sembró árboles a lo largo de los grandes caminos… pero pa´que los soldaditos, nada de plomo, marcharan a la sombrita. Tipología humana, también, la de él: nuestro presidente actual, bastante tiene de lo decidido, fulminante, como ese Napoleón francés… a puro sable de decreto duro.

No tenemos ejercito, hace rato, pero no lo olvidemos: aquí también hubo guerras civiles, golpes de estado y bota militar: lean, lean: “El año de la ira” del amigo Carlos Cortés, nada cortés con esos sátrapas ticos, de apellido Tinoco. Avestruces somos, con mentalidad de ignorarla, la guerra: ¡mucho tiene, esa postura ingenua, de arena en los ojos! Por eso, aquí va en cierto sentido un recordatorio de horrores.

Las guerras, ¡vaya destrucción y vaya negocio! “Waterloo” resultó devastador, tanto para el pueblo en sí (¿se imaginan una batalla campal de esas en el parque-cancha frente a la escuela Roosevelt?  ¡Carnicería humana (¿?), verdadera masacre de unas 50.000 almas varoniles, casi iguales, las bajas del lado francés y, un pelo inferior, las del ejército aliado!

Ese conflicto como todos, de lado y lado del Océano que nos une con Europa, sirvió y sirve para el bolsillo de los fabricantes de armas. ¡Banqueros como los Rotschild hicieron su capital a base de “fake news” en Londres, pregonando que el corso había ganado: la bolsa, en la isla, se vino al suelo y… esos judíos vivos compraron a destajo…

En una iglesia de mi Flandes, en Bélgica, recuerdo haber visto un afiche histórico que rememoraba cómo, después de ser anexado el territorio (por le petit Napoléon, oui), se obligaba a todo varón entre los 18 y los 35 años a presentarse a servir en el ejército invasor. ¡Juventud, divino tesoro, ya lo proclamaba el gran Darío!

Una joven lituana me contó que, a veces allá pr su tierra nórdica, al arar los campos, todavía con alguna frecuencia los campesinos encuentran botones del pesado abrigo que llevaban soldadas de Bonaparte, en marcha hacia Rusia: no murieron en combate, ¡de hambre, frío y desolación!

El afamado escritor Walter Scott también anduvo por Waterloo, en agosto de 1815. Entre otros al mencionar el olor todavía perceptible- dejó constancia de entierros indecentes, en carrera, mayormente delegados a aprovechados locales. ¡Cómo no, tempranamente hicieron “su agosto”!

Trabajo académico, se le llama también ahora a “eso”, como ese proyecto de “arqueología de campo de batalla”. ¡Corran a inscribirse en la Universidad de Glasgow! Ya salió un estudio publicado en el Journal of Conflict Archaeology. (De cómo la muerte de uno le da brete al otro…).

Se ha comprobado con creces: desde el campo de Waterloo salieron cantidades de restos humanos y de animales, botas y desechos, todo bien molidito… ¡abono para los campos en esa isla del God save the Queen!  Mister Boris Johnson, loquito destronado, ¿sabía ud. eso? Allí, en Flandes… también luchó su antecesor Churchill, sí: “In Flanders fields”…. ¡lean y lean!

Un frío otoño, en el Brabante belga yo también vi Waterloo, con esa montaña montada, canasta por canasta: artificio y sacrificio de muchas mujeres; un grandioso león finge rugir encima de ese cúmulo de muerte y miseria; en París observé aquel imponente mausoleo donde descansan los restos de ese pequeño gran corso, por fin quieto. ¡Adiós, don Napo (si te ví… me acuerdo)!

Requiero otros héroes, constructores de una Europa que no solo renazca de sus cenizas, sino además, por favor, suplico, que deje de tener a la guerra como uno de sus productos de exportación. La guerra es pura polada; necesito ver y contribuir ¡por más cosmopolitismo!

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