Víctor Valembois. Escritor y Catedrático universitario.

Entre Chile y Costa Rica, desde hace siglo y media ha habido una relación peculiar, privilegiada, diferente por ejemplo que con otros países del Cono Sur: la recién fallecida Tatiana Lobo Wiehoff (1939-2023) constituye un caso especial, pero dentro de un eje bilateral que paso a demostrar.

Desde fines del siglo XIX, con el colosal empuje que aquí se dio, en edificaciones, en profesorado y en calidad educativa, siempre sobresale el aporte de Chile, como en los casos de Brenes Mesen, Omar Dengo y Joaquín García Monge, preclaros educadores nuestros que fueron a estudiar a Santiago, más en particular al Instituto Pedagógico de Santiago. Mi mentor aquí, desde mi llegada en 1974, fue don Isaac Felipe Azofeifa: tan pequeño en tamaño como grande en impacto; igual: Carlos Monge, a quien va dedicada nuestra biblioteca central en la UCR.

¡Pero qué, ya me lanzan los impacientes: si Tatiana Lobo no fue profesora ni allá ni acá…! Pues en efecto, nunca lo fue… pero su estilo y su impacto dictan cátedra. Su enseñanza nos llegó de otra forma: por su desenvoltura sincera y por sus obras, desde cuando el azar del amor la trajo para acá en 1967, ella originaria de Puerto Montt, muy al sur de esa “larga y angosta faja de tierra”, que era y es Chile, según el verso de Ercilla.

Muy poco después de la asonada cruel en Chile, en 1973, llegamos, mi esposa chilena y yo, el 8 de enero 1974, antes del grueso de la terrible diáspora. Pues, se dio la casualidad de que… en la UCR, donde me contrataron… durante varios meses figuraba yo… como chileno. Pues casi de inmediato tuvimos contacto con la noble Tatiana Lobo y su entonces marido Jorge Blanco.

Resultado: allí cerca del Cristo de Sabanilla, bajando un poco hacia Cedros… fuimos atendidos por esa alma generosa. Eso es lo que quiero destacar, esa sim-patía (etimológicamente ese “sufrir con”, esa solidaridad de Tatiana para con nosotros. Subrayo esa empatía, esa franqueza que desde siempre le valoré tanto a nuestra anfitriona. (Otros, locales, nos tiraron fórmulas muy locales, tipo “mucho gusto”, “cuando quieran, allí los invitamos…”).

Tatiana querida: anoche yendo a saludarte en la funeraria del Magisterio, directamente me reconocieron tus dos hijas Montserrat y Constanza y, hablo con el corazón: sentí en ellas la sangre generosa de su mamá. Gracias, montones de gracias, corazones abiertos, sinceros, directos.

Valoro la Tatiana indigenista, la ceramista, la escritora múltiple, individual, pero sobre todo su apertura humanista y cosmopolita. Voy con dos ejemplos: en 1997, junto con Mauricio Meléndez Obando, publica Negros y blancos todo mezclado. El título… un verso de Nicolás Guillén. Apertura hacia los otros, lo universal: no fue ella costumbrista de esos que se auto-alaban, miren que bonitos que somos nosotros. Ella contribuyó, a nivel académico, a romper el mito este de “nosotros los ticos tan blanquitos”…

Paso a otro trabajo: Candelaria al azar (2008), volumen que me sirvió en una investigación sobre componentes árabes en esta sociedad local: mi ejemplar de ese trabajo investigativo está todo subrayado y… me doy cuenta ahora, viene con dedicatoria a Natividad Canda Mairena, pobre hombre que en carne propia sufrió la xenofobia que cantidad de veces aflora en este pueblo que se cree su propio cuento de la Suiza centroamericana.

Paz, Tatiana; y gracias por ser fuera de serie.