Victor Valembois: El complejo y la complejidad del ombligo

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Víctor Valembois. valembois@ice.co.cr

El ombligo no es un círculo cualquiera. Por definición, es fútil hasta para los tutiles, enigmático, enredo enredado en si mismo. Junto con el camanance* constituye un huequito a acariciar, como inocentemente buscando petróleo (yo solo encontré pelusas*). Ambos tienen similar atractivo sensual, para no decir sexual. Canta el poeta guanacasteco:

El centro de tu cuerpo

como un retorno

que no acaba

en ninguna parte.   (Miguel Fajardo)

Pues no da la carilla, ni en Facebook: el ombliguito está reservado al entorno de la pancita. Y de allí al clítoris*, es un pacito.

Ciertos topónimos y apellidos reflejan una creencia, un tanto pendenciera, haciendo creer y… creer ellos mismos, que constituyen el centro del universo. ¿Ejemplos? Delfos, Rapa Nui y Macchu Picchu, más allá de continentes y tiempos, en su nombre revelan esa manerita de pensar. ¡Umbilical error, porque obedece al tornillo flojito de aquel que afirmaba: “quisiera ser otro para admirarme a mi mismo!”

En cambio, etiquetitas como De la Frontera o Deconfins y Ucrania, desde la puertita de entrada de la palabrilla, muestran conciencia de estar en el bordecito: border people, si se quiere, con fronteras de cristal, como las identifica Carlos Fuentes. Prefiero a esa gente, porque saben que no viven solitos en el planeta y están fogueados en intercambios y choquecitos.

No es entonces lo mismo la complejidad del ombligo que el complejo del ombligo. Lo primero es evidente: no es un circulito cualquiera, ¡no confundáis, hombres ignorantes! Es el punto medular desde el cual irradia hoy en día toda belleza femenina (¿y para cuándo el lenguaje inclusive, incluyendo a los varones, también en ese punto, digo hueco, pozo, foso?) Lo segundo, lo de creerse el meollo del asunto, el núcleo del universo o el ombligo del mundo, ¿será enfermedad incurable? (El gato* Garfield tiene la solución: no tiene esa cosita…)

Curioso caso… aplicable a una tierrita de cuyo nombre no quiero acordarme. Allí, este complejo del ombliguito-tan-preciosito convive con un noli me tangere (“no me toques, no me critiques, solo admíreme) de casi cuatro millones de chauvinistas.

Otra cosilla es entonces la mentalidad de aldea, de pueblo chico, de patio trasero. Como el loquito aquel en una peliculilla a no perder: la piazza e mia (porque no me atrevo a una confrontacioncita con otra plazoleta).

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