Víctor Valembois: El dictador Nº 19

La libertad es otra cosa: el pueblo no come ideología sino buen arroz, frijoles y algo más.

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Víctor Valembois. Escritor y Catedrático universitario.

Fechas y números “maléficos” hay, como supuestamente el “martes 13” que acaba de pasar. Que ello carece de fundamento lo prueba que al norte del Rio Bravo algunos crédulos le andan quitado más bien al “viernes 13”. Pero aquí deseo ahondar en fechas políticas que, a favor o en contra, se enarbolan tal estandarte: como el “11 de setiembre”. Al norte y hasta aquí suele referir al derrumbe de esas emblemáticas “torres gemelas” en Nueva York (2001); otros remiten más bien a la misma fecha, pero en 1973, en Chile, con el golpe contra el gobierno chileno, legítimamente constituido y en ascenso de preferencias por las elecciones de medio período.

Escribo un14 de julio, que para Francia y el mundo libre resultó significativo; otro caso es el grito aquel -de Fidel, el no fiel a sus propios principios- como que “siempre es 26”… y sigue ahora allá en esa isla el ronco ritornello. Cansancio provoca el gobierno de turno allá -tonto o miope- al echarle la culpa siempre al mismo saco del imperialismo yankee lo que cualquier muchacho con celular ahora puede comprobar. La libertad es otra cosa: el pueblo no come ideología sino buen arroz, frijoles y algo más.

Costa Rica no puede darse por vacunada contra ese mal, y de hecho, en el siglo XIX y a inicios del XX, salió pringada con dictadura y sangre, entre 1917 y 1919: ¡gran novela, la de Carlos Cortés: El año de la ira, que nos debe dejar pensando, precavidos. Pero vaya aquí, de repaso una recopilación como la que efectuó el peruano Enrique Planas: no menos de diez novelas, hechas y derechas juntó, sobre dictaduras feroces, al sur del Río Bravo: de su lista, leí, hace años, la primera: “Amalia” (1851), del argentino José Mármol, sobre Manuel Rosas; y hace poco devoré la última, “La fiesta del Chivo” (2000) de Mario Vargas Llosa, Nobel peruano, sobre las décadas infames de Trujillo, en República Dominicana: me impactó esa obra porque también se puede leer en clave feminista: el infame infeliz destrozó la vida emotiva de Urania.

Un antecedente en esa colección de satrapía latinoamericana, la constituye “Tirano Banderas”, historia mexicana, de manos del español Valle-Inclán, en 1926. Le siguió, “La Sombra del caudillo” (1929) de Martín Luis Guzmán, sobre el espantoso período de Elías Calles, también en México. En Costa Rica de privilegio conocimos a un rescatado de esa época: el amigo Lenín Garrido. Muchos, entre nosotros han leído “El señor Presidente” (1946) del guatemalteco Miguel Ángel Asturias sobre la figura del coterráneo suyo Manuel Estrada Cabrera.

En orden cronológico sigue “El recurso del método” (1974) de Alejo Carpentier, novela que escenifica a varias figuras malévolas de América Latina, entre otros Gerardo Machado, el dictador de Cuba. Va, luego: Conversación en La Catedral (1969) otra vez de Vargas Llosa; entre cerveza y cerveza en “La Catedral” (una soda) se describe otro ángulo, ya no el canalla dictador de turno, sino el envilecimiento colectivo durante el “ochenio” evocado.

La lista novelesca, nada rosadita, continúa con “Yo el Supremo” (1974) por el paraguayo Augusto Roa Bastos, quien se inspira en José Gaspar Rodríguez de Francia, dictador por allá entre 1811 y 1840.

En fila tenemos después “El otoño del patriarca” (1975), quizá la menos “fiel” a la historiografía exacta, pero que bajo la pincelada poderosa de Gabriel García Márquez, otro premio Nobel, sintetiza a varios podridos patriarcas que, en nombre del pueblo y otras hierbas, llevaron a su país a ruina y paranoia. Y la galería contempla también “La novela de Perón” (1985) del argentino Tomás Eloy Martínez, sobre ese sui generis ejemplar en el Cono sur….: hasta la fecha deja ver y sentir el desastre que conllevó.

Ahora bien, ¿para cuándo uno o varios autores “con la pluma más poderosa que la espada” se atreverán a dejar en absoluta vergüenza otras tres figuras de reciente factura, todas nada lejos de nosotros? el inmaduro que ya también lleva décadas escuchando pajaritos revolucionarios y, last but not least, una pareja, mostración también ya a través de décadas, de doble decadencia en manipulación semántica de “socialismo” y “cristianismo”. Quedará corto cualquier novelista que quiera evocar cómo esos desalmados ensuciaron y ensucian la institución de la familia: con un padre abusador de su hijastra… y la madre endoctrinando a esta sobre “sacrificio patrio”. En lo estatal: los muertos y exilados hablarán.

Son esos, ahora los contra-héroes de algo que, lo vivimos todos, hace años, también en Costa Rica: un majestuoso “19”, cuando “los muchachos” derrumbaron el longevo y cada vez más inhumano gobierno de una familia funesta en el poder durante décadas, aquí al norte. ¿Para cuándo, una esperanza, en contra de una especie de fatuo destino que planea sobre el vecino al norte, desde el maldito Pedrarias Dávila, a inicios del siglo XVI? ¡Vaya suerte más negra les ha tocado a esos hermanos centroamericanos! ¿Hemos progresado? No lo veo. En el siglo XIX, en México, a un renegado de esos, lo fusilaron de rodillas, dando la espalda al pelotón. Demasiado fácil y expedito: esos traidores de nuevo cuño, aferrándose al poder, saben que sin él pueden terminar enjaulados en La Haya.


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