Víctor Valembois: El valor… del chorizo

Prefiero valores, nada malsonantes ni malhabidos. De esos caben cien millones en la llavecita maya del alma de cada uno. No nos refugiemos en un mundo paralelo, digo para lelos, sino construyamos uno, pequeñito pero fuertecito en valores.

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Víctor Valembois. [email protected]

Mis ejercicios de nano-filología, en realidad, van entrelazaditos con lo axio-lógico. Me caería gordilla* la ciencia en la que gané unos titulillos, si se diera a enflaquecer hasta entelequia abstracta, divertimento en torrecitas de marfil. Las palabras, con sus connotaciones, sus diminutivos*, sus combinacioncitas a veces todo coquetitas, tantos detallitos*, provienen de una sociedad y se deben a sus integrantes. Aquí en forma más explícita me referiré a una escala de valores, una escalerita dentro de lo humano.

En cuanto a corrupción, Transparencia Internacional nos clasifica con el número 55, entre 163 países. Pero tenemos varias clases, como la grande –con casos sonaditos y desvío de meloncitos– la conocimos, y más allá de los sucesos*. Le sigue la medianita: “biombos”, cortinitas, nombramientos dudosillos a dedo, etc. Y cómo no, la pequeñita, inevitable, la proclaman indispensable, vivillos y pillos, para la supervivencia del país y el desarrollo de mi bolsillo*.

Si tiene un taller y el inspector le dice que para el permiso de funcionamiento necesita un baño para las visitas o poner el cielo raso, con un bille-tico, sí, puede ser una maestrita*, todo se arregla. En la Aduana, si necesita un documento que firman “arriba”, pero de los que hay que esperar a que se junten cinco, no se enoje, pues con un “rojito” todo se arregla.

Así se hace en este país, con pequeñas “mordidas”, y así se maneja bien “adelante”. Vale que aquí hay puntitos cardinales* pero no cardenales. Podría ser que a algunos también les guste el choricito. Con un cursillo de seis meses, al hombrecillo con chonete* ese, ya lo tenemos mudado de ropilla, casi, casi transformadito en policía, hasta para tomar y aceptar cafecito*. ¿Ocupa facturita?  Le arreglamos la mufla y la cuentita*. A como vamos, puede que, la próxima vez, Transparencia nos califique con el numerito más alto. ¡Es el progreso, manito!

Al principio de su presentacioncilla, la muy irreal Academia pone que “las lenguas cambian de continuo, y lo hacen de modo especial en su componente léxico.” Estoy por sacarles la lengüita*, porque de tanto comer chorizo extremeño, esos padrecitos, limpiecitos hasta de sospecha, probablemente no leyeron el articulito: “Choricerito, ¿y qué?” de Juan Rafael Quesada, historiador que cuenta una historieta.

Ya sé que también en otros paisecillos* puede haber de esos que les gusta una carnita. En Suiza también le dan una lavadita, aun más blanquici-tica, a la ropita y a lo otro. Pero nada de chequecitos. ¿Por qué será que en Bélgica y en Costa Rica ocupan la misma metáfora del choricero?

Prefiero valores, nada malsonantes ni malhabidos. De esos caben cien millones en la llavecita maya del alma de cada uno. No nos refugiemos en un mundo paralelo, digo para lelos, sino construyamos uno, pequeñito pero fuertecito en valores.

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