Víctor Valembois: “En ciertos momentos seamos griegos”

Va el cuarto caso de mi mostración: ¡Grecia! Pareciera resumen del paquete de casos anteriores: su historia sigue como referente, aquí, sus leyendas siguen inspirando nuestra historia, su lengua permanece viva en miles vocablos e instituciones por aquí: términos tan nuestros, corrientes, como “política” y “policía”… ¡remontan al modelo de la “polis” griega! Y vía calco al latín, paralelos conceptos se acuñaron entre nosotros con “ciudad”, “ciudadano”, civilismo, etc.

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Víctor Valembois. Escritor y Catedrático universitario.

Va mi pregunta de siempre en esta columna semanal: ¿cabe algún afán cosmopolita en la escogencia de nombre, para por lo menos cuatro pueblos de Costa Rica, con clara reminiscencia a un país de Europa? Refiero a Atenas, Esparza, Filadelfia y Grecia: conglomerados heterogéneos, lo veremos, caso por caso.

Empecemos con Atenas, como la ilustre capital de la Grecia memorial …. A uno inevitablemente medio europeo todavía… pues le sorprende, porque ni en idioma, ni en clima, ni en arquitectura, nada en el parque en esa ciudad por Alajuela evoca ni recuerda el famoso Partenón.

Tampoco el clima templado de nuestra Atenas, ni su rico suelo volcánico, ni su ubicación histórica en la ruta de nuestro “granos de oro” hacia a los puertos en las costas del Pacífico y el Caribe en el siglo XIX, nada de nada se asemeja la ciudad de Pericles, el de antes.

¿Entonces? En 1868 se creó un cantón de ese nombre y ocho años después se llevó a cabo la primera sesión del concejo de Atenas. ¿Tan cultos y amantes de la Grecia clásica eran los fundadores de esa comunidad? ¿Invitarán algún día a la famosa Nana Mouskouri a cantar? Lo dudo.

¿Y qué me dicen de Esparza? Por Dios, vaya contraste… Esa ciudad, en la Grecia antigua, refiero a más de 400 años antes de Cristo… pues a todos los hemos tenido el duro pero real privilegio de estudios clásicos nos evoca: guerra en el Peloponeso, guerrerismo extremo que perdura en la memoria en torno a lo espartano, Spartacus, así, por la película…

¿Entonces? Originalmente la zona fue llamada Espíritu Santo. Un conquistador le agregó “de Esparza” en memoria de su pueblo natal en Navarra, España. El presidente Tomás Guardia Gutiérrez cambió por Esparta, error corregido en 1973, cuando se recuperó el nombre original.

Sigamos con Filadelfia, otro caso curioso: ninguna ciudad griega hay, de ese nombre. El vocablo, sí: ¡puro griego! remitiendo a amistad y a hermano… Generó una avalancha de ciudades por el mundo (varias en Estados Unidos, en Alemania, Brasil, África del Sur, Jamaica, Jordania, Namibia, Paraguay, Turquía, Zimbabwe). En Costa Rica, en el siglo XIX, en recuerdo de un oscuro soldado de nombre medio parecido, sin relevancia histórica.

Apenas una aldea, al sur de Liberia, por el Tempisque. Triste caso: hace pocos días, fue muerto un adulto mayor, en el puro parque de la Filadelfia nuestra. Escenario demasiado repetido ya como para seguir con el mito de un país “pacífico”: motorizados le dispararon en la cabeza y huyeron; como para cautivar la llegada de turistas, entre otros griegos…

Va el cuarto caso de mi mostración: ¡Grecia! Pareciera resumen del paquete de casos anteriores: su historia sigue como referente, aquí, sus leyendas siguen inspirando nuestra historia, su lengua permanece viva en miles vocablos e instituciones por aquí: términos tan nuestros, corrientes, como “política” y “policía”… ¡remontan al modelo de la “polis” griega! Y vía calco al latín, paralelos conceptos se acuñaron entre nosotros con “ciudad”, “ciudadano”, civilismo, etc.

Si bien nunca he estado en la iglesia de nuestra Grecia, al igual que el “edificio metálico” por el Parque Morazán, en la calle entre la vieja “Monumental” y el Parque de San José, allí va otra construcción de puro hierro importado de Bélgica (de sendas fábricas diferentes).

Pero dejé de último un mandato, nada menos que del gran Omar Dengo (1888-1928) nuestro que en memorable poema nos recomienda:

en ciertos momentos seamos griegos

o seamos hijos de Palestina:

cuando admiramos a Fidias,

cuando recordamos a Cristo.

“Seamos griegos…” nos manda nuestro vate, recordando entre otros a Fidias, el gran escultor ateniense. ¡Don Omar, con todo y nombre árabe, era del tipo de cosmopolitismo que propugno! Qué diferencia con una frasecita en francés (“Vas te faire voir chez les Grecs”) que remitiéndole a uno “hacia los griegos”, equivale a mandarlo al carajo, poco menos.

Termino: los griegos solían identificar a la gente con un epíteto: «la de los pasos pequeños», «el de los pies ligeros…» etc. A ella, escondida, le voy a poner: «la de los labios finos».     Esa curiosa tradición de los sobrenombres en la Grecia antigua… curiosamente, ¿no la habremos adoptado aquí no más, por el parque de Alajuela y alrededores?

 

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