Víctor Valembois.
Se me haría larguillo. Ni por chiripa pienso contar la historia, ni abreviada, de ese diminuto papelito* también llamado estampilla. Valdría la pena, sin embargo, para los jóvenes, narrarla en forma de historieta: así como la hay ya, por ejemplo, para el gran compositor de la “Pequeña serenata nocturna”, bajo diestra batuta.
Se fue, no sé si Barranquilla o Sabanilla, el mundo de las cartitas de amor, rapidito al correo: es diciembre y no veo ni la menor filita en el sector.
Pensar que, cumiche* en la casa, en otro país pequeñillo, bastantillo al norte, a mi me encantaba ver llegar al cartero. En tiempos de ventisca, no precisamente aleteo de mariposas*, tenía derecho a su sillita, para ordenar tanta cosilla. Lo hacía con esos peculiares guantes de antes, de los que salían deditos finos, no de un pianista, sino expertos en ese trabajo, pues sí…literalmente digital… de antes.
Hacía fresquito: lo rojito del tubito termométrico ya casi no se veía (seguro le dio vergüencilla). Por eso, como todo un hermanillo mayor, nada carterista ni con una carterita, mi cartero favorito, tenía derecho a su copita*. Yo quería ser cartero, pero como en la película aquella, me quedé con el estudio de las metáforas y otras figuritas de estilo: suba a nacer conmigo, escribientillo. Por eso también Vincent hizo un cuadrito de su cartero.
¡Qué contraste, ahora! El matasello, interprétese hasta literalmente, mata la estampilla esa, con sus bordecitos que parecían encaje (esa otra forma pequeña-grande de arte* que igual va desapareciendo). Incitaban a los menores a empezar una coleccioncita, método grande para aprender geografía e historia. Era un mensaje como esas botellas con papelito al mar. Adiós, sellitos sellados en botija.

