Víctor Valembois. valembois@ice.co.cr

A como la colega Velia Govaere, en La Nación del 25.4.23, ofreció una semblanza de Hilda Chen-Apuy, recién declarada benemérita de la patria, aquí, desde mi personal vivencia con esa última, va mi contribución. ¡Una simple mujercita de Puntarenas, hija de emigrantes, enseñándonos el camino!

Tenía de todo… pero precisamente para no destacar: algo cieguita (¡un médico recomendó que mejor no estudiara), bajita, mujer y maestra, categorías juntas que muchos ven en menos. ¿Una niña pochita cualquiera?  Total, tantos factores en contra… Para nada venía predestinada a triunfar…

¿Puntarenas era ya la cacareada Perla del Pacífico? Lo dudo; eso sí, históricamente fue la puerta de entrada de buena inmigración, pocas décadas después de nuestra independencia: por allí llegaron primero alemanes (Knöhr y tantos otros), lo mismo que cantidad de chinos, trabajadores, ambos, en torno a la época de Walker.

De mi parte, pacifista convencido, ligado a una chilena por matrimonio, frente a la avalancha del golpe militar, nos dio por emigrar; llegamos aquí … hace casi medio siglo. Doña Hilda era miembro del Consejo Universitario y quiso inquirir de primera mano qué había pasado en ese Chile democrático de Allende, un civil, socialista de verdad, agredido por Pinochet, un militar fascista. 

En los primeros meses de nuestra estadía aquí… yo figuraba como chileno en el registro del personal; seguiría toda una avalancha de graduados: traían buena formación (como antes, con Joaquín García Monge, Brenes Mesen y Omar Dengo, Isaac Felipe Azofeifa y tantos, acá, diplomados en el Pedagógico de Santiago, Chile).

Recuerdo también la confusión ideológica, en dicotomía demasiado simple: en esa época, en La Nación, una colega me trató de comunista; igual a doña Hilda algunos la consideraban de izquierda rabiosa unos, otros de derecha recalcitrante. Más allá de etiquetas, lo importante es ser auténtico.

En un medio, entonces, algo gregario y dado a etiquetas colectivas y gratuitas, siendo la colega miembro del consejo universitario, me invitó a conversar mucho, para sacar sus propias conclusiones. En ella, ese espíritu de búsqueda personal, más allá del qué dirán, me impresionó.

Habiendo hecho estudios profundos sobre cultura oriental en universidades de la India, México, Cambridge y Ámsterdam, aquí también abrió brecha hacia estudios árabes: con mi colega Roberto Marín, de un impresionante currículo en ese sentido, me declaro discípulo póstumo de ella, pero… en el grado principiante. (Tengo un largo estudio en este sentido por publicar, en mera aplicación a lo árabe en Costa Rica, no solo en asunto de léxico, sino en un abanico grande de campos.

En contraste con la circundante mentalidad aldeana y chovinista que demasiadas veces aflora en el entorno, el temperamento workaholic, junto con su apertura inteligente a congresos internacionales de parte de ella… este celta ha procurado seguir bastante de cerca esa ruta de seda y… sapientia.

Gran honor: con ella al timón, constituimos uno de los equipo de profesores en los “seminarios participativos”; fue concretamente sobre “El hombre y su medio”, junto con brillantes colegas (recuerdo a Marielos Giralt, a Edwin Navarro, Jorge Gutiérrez y Carlos Quesada Mateo). 

¡Cómo agradezco esa vivencia! Junto con el último nombrado, en el equipo de profesores, dimos realidad a la frase según la cual “el agua es el verdadero petróleo de Costa Rica”. De tremenda actualidad, ese postulado: ¡un poco tarde… por los calores y la sequía… nos vamos dando cuenta.

Desde mi especialidad (filólogo en la, entonces, “cátedra de castellano”) me tocó visualizar, primero a los profesores y después a los estudiantes, la difícil pero brillante novela indigenista “Hombres de maíz” de Miguel Ángel Asturias. Esta experiencia, esta vivencia junto con la colega Chen-Apuy Espinoza, para el resto de mi vida cambió mi visión de mundo.

Ah… de Heródoto a Hitler, pasando por Hegel y Heidegger…entre historiadores y gente que hizo historia…. ¡hunos horribles; honra a Hilda! La historia se debe enseñar en función del nuevo hombre, a veces tan poco humano (sí, todo igual con “h”). ¡No son homónimos! 

Nos hizo hábito, hábilmente, Hilda, hilvanar hechos heterogéneos sin hechizo, sin el hígado, con holgura y hondura: sus clases nunca fueron del tipo de nichos aislados, por materias, como en el cementerio, sino buscando integración y hacer frente a los problemas. 

Con esas herramientas, horadando hacia delante, cabe seguir construyendo hogares, un sociedad no solo democrática de etiqueta, sino crítica, en fin, sin ser ni mucho menos comunista, Hilda, con ella aplicamos el lema de Marx: “se trata de cambiar el mundo”… y lo hicimos hacia un nuevo humanismo. Hace un tiempo ella partió, pero sigue la tarea.

¡Ella no puede pasar al olvido! Pero… entre su fallecimiento (2017) y ahora (2023), para declararla benemérita, piensa mal y acertarás, ¿detecto dejadez de la Asamblea?  ¡por favor no la “recordemos” con plaquitas por aquí y por allá; tampoco con el nombre de un aula, una cátedra, etc. 

De gran empuje personal, en el mejor sentido positivo: contagiosa en los demás, por favor, rindamos honor de verdad a esa menuda-gran mujer, aplicando sus enseñanzas, su estilo de vida, todo en superación de lo aldeano, en sentido cosmopolita.