Víctor Valembois.

Este adagio o sentencia breve se encuentra fácilmente, ahora, en los lugares menos esperados, de muros y de cuerpos; se lo debemos a un tal Horacio… pero no cualquiera; ciertamente no aquel sobre el que burlonamente se grita: “Horacio, ¡con una nalga en el espacio!”  Van pareadas, muchas veces, la ignorancia y la vulgaridad.

Remito al poeta latino Horacio, del siglo inmediatamente anterior a Cristo. Era amigo del gran escritor épico Virgilio y, para los que hemos tenido el privilegio de una educación “clásica” (con esos ahora considerados “inútiles” ingredientes de latín y griego) sigue siendo un faro en el mundo artístico y literario en particular.

¡Horacio, excelso poeta del año 65 al 8 antes de Cristo, grande entre los grandes romanos y helenos de esa Antigüedad que, ahora por ignorancia y hasta desprecio, desconocemos o infravaloramos: ¡que no falte el pan, como no falte el arte! Es como la sal en la comida: con moderación, realzando la vida diaria.

En este vate que ahora rescato, ni siquiera un verso, sino dos simples palabras: el verbo “carpere”, por agarrar, escoger, en imperativo: coseche, en más florido; y va “diem”: acusativo singular del sustantivo latino por “día”. Ya está, condensado, el milagro, sencillez impactante de lo grande: “coseche el día”: vaya imagen plástica. ¡Como para que el siempre deprimido van Gogh la reivindicara en un lienzo suyo lleno de sol mediterráneo!

En esta aldea que muchas veces se las da de ombligo del mundo, tomemos aliento y brisa en torno a esa idea central, doblemente milenaria: el día… ¡agárrelo por los cuernos! Estrújalo hasta la última gota. No hace falta que seamos “señores de mundo”, para colorear lo nuestro, muchas veces insípido, con un grandioso vivir con ganas, con brillo.

Para esta nueva entrada a colegio o la “U”, encuentro muy atinente y necesario tal tamborileo visual y auditivo. Vaya: resulta un privilegio estudiar de nuevo, en un ciclo, una cantidad de años: es por la vida… Gaudeamus, gocemos cada día, cada minuto o momento del aprender, el masticar y disfrutar cada bocado de lo nuevo aprehendido, aprendido, agarrado, estrujado.

¡Es cosechar de lo lindo, hasta la ralea! Nada tiene de impositivo el consejo; el poeta latino lo tira al aire para el que tenga “las pilas puestas”: disfrute el presente, agarre el volado; constituye una invitación personal, un reto que, claro, envuelve también responsabilidad: ¡a cumplir!

Ese “carpe diem” ¡no constituye entonces ninguna invitación al vagabundeo, al dolce far niente! Al contrario: conviene valorar el tiempo presente, sin postergar la oportunidad. Entonces la traducción pertinente sería “aprovechá el día”. A querer, a producir……  ¡todo eso y más!

Absurda, la aseveración local de que “hay más tiempo que vida”. Mi hijo, actor y dramaturgo lleva el “carpe diem” tatuado cerca de la muñeca… vaya diferencia colosal con esa damisela que observé hace unos días con un “T-shirt” sobre el cual figuraba la patológica frase: “no tengo mucho cerebro, pero (mi promontorio) lo tengo grande…”

Escandalosa, la frase, en inglés. A ver si la damisela se tomó la molestia de entender. ¡Que no la lleve el tren! Recomendación: que vaya a disfrutar “La sociedad de los poetas muertos”, magnífica película educativa que enarbola el mismo tema.  ¡Ah, poeta Horacio, tantos crímenes se cometen en su nombre!

(valembois@ice.co.cr)