Víctor Valembois. valembois@ice.co.cr

Escribo en español, aunque esta vez pienso también en francés, con su expresión de “petite histoire”. Tampoco es lo mismo, ahora en inglés, la short story, relatos cortos pero de gran altura, como algunos, picantes, hot hot hot, de Oscar Wilde. No olvidémonos tampoco la historieta, que en español no refiere a una historia pequeña sino a una forma expresiva, la de las caricaturas y caritas duras.

 La pequeña historia que tengo en mente es la de los grandes, pero que por lo general no figura en tratados y mamotretos…  Algo tiene de secreto de alcoba, como por qué exactamente Napoleón dijo que, en el amor, la única victoria es la huida… (y no le podemos preguntar a su contraparte, Josefina, que aclare esos nublados). O puede ser que el detalle -no tan cantinflesco- en realidad esconde un error de bulto, como cuando el aludido don Napo, e Hitler después, decidieron invadir Rusia y por no apurarse suficientemente los recibió el General Invierno, con su arma fresquita, bastan-tico bajo cero.

He tenido la oportunidad de ser asistente, apéndice* (y formalmente “agregado”) de diplomáticos… y a fe mía, los hay de gran tamaño, en todo sentido. Entonces uno se encuentra en un sitial de privilegio para observar esas menudencias de carácter o de circunstancias de abultadas consecuencias. Hay fútiles ministros y sutiles embajadores (o al revés), donde no importa ni la estatura ni el rango sino la pequeña consideración, que los hicieron grandes, grandiosos; igual, la mísera actitud o el ademán noble que hacen de ese personaje un simple canalla o lo muestra en toda su grandeza. (Y, para la “pequeña historia”, me reservo cada nombrecillo).

Para que quede más clara la idea, daré unos ejemplos de petite histoire en la historia con mayúscula…: los ejemplos abundan, desde la nariz* de Cleopatra hasta los traguitos que se tomó la Gran Dama de Hierro para envalentonarse ante la guerra de las Malvinas. Perdón, Lady, refiero a los Falklands. ¡Ah! y cómo me habría gustado ser interprete, con motivo del primer cafecito* que se tomaron juntos dos ancianitos, a la postre jefes de estado de países que durante dos siglos nada menos, se habían hecho guerrita nada mansita, a saber, el muy francés Charles de Gaulle y el muy alemán Konrad Adenauer…  Pero eso, señores, no suele estar en los grandes manuales de historia.