Víctor Valembois: “Latino-americanos”: “what´s in a name?”

Pero…. lo comentaremos en futura crónica: vivimos demasiado de ilusiones, mitos colectivos, mientras grandes olas de “latinos” tratan de migrar al norte.

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Víctor Valembois. Escritor y Catedrático universitario.

En la interesante obra teatral “Romeo y Julieta”, Shakespeare se permite la frasecita (en inglés fácil) que adorna mi título. Aplico: quiero recalcar que hablar de “Latino-América” y “latinoamericanos” resulta un caso, tan curioso como extraño, en la evolución de un término: impuesto fue, pero ahora lo enarbolamos con orgullo y ¡que nadie nos lo quite!

¡Vamos por partes! ¿De donde nos viene ese adjetivo fetiche? Ciertamente, al igual que “América”, “Costa Rica”, etc. no nos viene de este lado del Atlántico: polada postiza que nos fuimos apropiando.

Escarbemos: en el mapa de Italia (¡parece una elegante bota!) la región central se llama: “Latium”, Lacio, en cervantino español. Por cierto: ¡nada que ver con el pelo lacio!  De allí, de ese Lacio viene nuestro vocablo “latín”… un idioma que le dicen “muerto”… pero cuyos fantasmas nos quedan bien vivos en nuestros idiomas contemporáneos.

A lo largo de más de media docena de siglos sin radio, ni televisión, ni Google… ese latín se fue desgastando; los pueblos del sur de Europa, terminaron por no entenderse… pero ¡ni papa, como dicen!  Sin embargo, por aquí, al final del servicio religioso, hasta hace menos de medio siglo en latín, sí señores, cuando el cura decía “ite missa est” (de allí la palabra “misa”) todos entendíamos que podíamos irnos para la chocita.

Vuelvo volado hacia Europa: la capital del Lacio se llama “Roma”… y de allí… derechito vienen otros términos: romano (por los habitantes de por allá), lo románico (un estilo arquitectónico anterior al gótico) … y ¡hasta nuestras lenguas romances (el rumano, el francés, el portugués y…, como ya vimos, nuestro español o castellano, el más numeroso del grupo). ¿Nada romántico me dicen?

¡Ahora bien! Desde cuando los conquistaron construyeron por estos lados su imperio, a esa América nuestra inicialmente le llamaban Ibero-América… referencia tanto a España como a Portugal, la península desde donde ambos estuvieron en esa magna empresa de la “conquista”.

Pero… ¡las vueltas que da la historia! De repente, a un tal don Napo (nieto de ese Bonaparte que comenté en colaboración anterior), queriendo meter la cuchara por aquí, con alguna fuercita diplomática y hasta militar, se le ocurrió “proponer” o sí o sí (recordemos su invasión a México) que aceptáramos el término “Latinoamérica”.

Total, por aquí tragamos en anzuelo francés: uno de los promotores de esa nomenclatura fue nuestro Rubén Darío, centroamericano, Nicaragüense de primera: por un lado odiaba el inglés (recordemos su histórica alarma: “¿tantos millones hablaremos inglés?”) y por otro, enriqueció bastante nuestro español con otro componente latino: el francés.

Pero con ello “de un solo” consideramos como infra-humanos, nulos, inexistentes a los de la “raza de bronce” como tan magníficamente los denominó el gran boliviano Alcides Arguedas. Ya expliqué antes  el uso confuso de “indígena” para este grupo humano: ya lo dije, incrédulos: soy un indígena de Flandes.

Ojo: además, ese nombrecillo de “latinoamericanos” que a la larga nos dejamos imponer, echa por la borda a otro montón de no-latinos que contribuyeron a ese crisol de culturas -con vocación universal (lo comentamos hace poco, repasando ideas centrales de José Martí)-.

Sobre todo a partir del siglo XIX, este subcontinente estuvo en la mira de tantos migrantes: alemanes, yugoslavos, británicos, escandinavos, gente de los Balcanes y otros; a ellos, pues no les calza el zapatito de “latinos”.

Entonces, ni modo, sin contentar a todo el mundo, aunque tenga algo de polada (porque contiene mucho de simplificación y engaño) quedémonos, los monos, con lo importado, afrancesado, de “Latinoamérica”.

Procuremos, eso sí, cada uno con su esfuerzo, ser una antorcha cuya llama destaque en el concierto mundial; seamos cosmopolitas, en un sentido que aquí vamos afinando. Entonces, amigos, hasta Shakespeare se levantará a aplaudirnos, no tanto por el nombrecillo ese, mencioncita en inglés en el título, sino por nuestros resultados.

Pero…. lo comentaremos en futura crónica: vivimos demasiado de ilusiones, mitos colectivos, mientras grandes olas de “latinos” tratan de migrar al norte.

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