Víctor Valembois: Indígenas somos todos…

Por aquí, despectivo resulta muchas veces el uso del mero vocablo “indígena” porque culturalmente, mejor dicho, dentro de la in-cultura probada por ese alcalde, ese vocablo se asocia precisamente con poco refinamiento, tirando a salvaje, primitivo y otras lindezas léxicas.

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Víctor Valembois. Escritor y Catedrático universitario.

En esta sección me he asignado una meta: a través de ejemplos en nuestra convivencia, opinar sobre una dicotomía, entre, por una parte, un impulso de ser “ciudadanos del mundo” (derivando la expresión del griego “cosmo-polita”) y, por otra parte, tantas conductas de tipo “polo”, actuando o pensando con “polada” (localismos verbales que no nos enaltecen). Nada blanda, la definición de Alf Giebler, respecto de lo “polo”: en primera acepción, hacia nosotros todos que nos damos de decentes y hasta cultos, él define lo anterior “animalada, tontera… acción de bajo perfil, de mal gusto”.

Voy con una aplicación: perdónenme el atrevimiento: el vocablo “indígena” aquí se usa de manera errónea. Cuando un alcalde costarricense no solo se muestra “pedigüeño” (entre otros con aquello de “¿cuándo viene por acá para que invite”?), sino que como anzuelo ofrece lo que no es suyo: “allí tengo una indígena”… allí, señores, estamos con una polada “del tamaño de un buque”: se ofende a una parte importante de la población costarricense, aparte de insultar al género femenino: todos nacemos de una mujer…

No saco el caso de la manga, sino de una grabación en manos el OIJ, reproducida en La Nación del 22 de febrero recién pasado. Allí se comprueba otra vez que nuestro uso y abuso del vocablo “indígena” resulta tremendamente ofensivo, pese a que los blanquitos de la Suiza Centroamericana invocarán que “fue sin querer”.

Perdonen mi consuetudinaria costumbre de ser franco… ese manejo verbal de parte de un pachuco (no encuentro otra definición más correcta) resultó muy queriendo. Se originó en una conversación privada, sí, pero grabada bajo garantía legal… dejando al desnudo que “algo huele mal… y no solo en Dinamarca”. El alcalde en cuestión puede disculparse, desdecirse y emprender demás delicados discursos… pero metió la pata, con esa patada a… nuestros aborígenes (término que prefiero).

¿Por qué tanta alharaca?  Vamos por parte, viendo primero la etimología del vocablo: con esa partícula negativa como encontramos en in-digesto, in-cómodo, etc., ¡muchos lo leen como negativo! Todavía más torpe sería relacionarlo con Indonesia… donde tengo entendido… no todos son necios… (¡Vaya deducción realmente tipo polada…!)

En cambio, deduzco mi criterio desde la filología, por lógica etimo…lógica. “Indígena”: ¡doble raíz latina, dentro la misma lengua española que en un 90 % tiene la misma base! Lo de “indo-” remonta a “indu” como también en “indo-europeo”; “-gena” desciende de “geno”. Desde el mismo idioma de Cicerón y tantos grandes, asociadas ambas partículas, remite a “originario de un país”. Así mismo lo refrenda el diccionario de la Real Academia, por lo que copio su definición: “originario del país de que se trata”.

Entonces, amigos costarricenses, se van a asustar y más de uno hasta va a brincar: ¡todos ustedes, de cédula 1 hasta 7 (según numeritos que indican la provincia de nacimiento) to-i-ticos… ¡son indígenas de este lindo país!  En cambio… pobrecito yo, al ostentar humildemente mi cédula que inicia con “8” (¡cómo me ha constato conseguirla!)… cantidad de veces hasta de manera no muy sutil, me marginan con venenosa puntita: usted no es de aquí, ¿verdad?  (Disculpen, procuro integrarme, si me dejan: si tratara de hablar a la manera de ustedes, sonaría falso, con peor resultado).

Pues sí: yo soy un indígena de Flandes (ese último sello, simplificando un tanto, va por el nombre de “Bélgica”, actual): un paisecito aun más diminuto que Costa Rica y con una costa … de menos de cien kilómetros, en lo que ustedes, glotones, abundan…

Por aquí, despectivo resulta muchas veces el uso del mero vocablo “indígena” porque culturalmente, mejor dicho, dentro de la in-cultura probada por ese alcalde, ese vocablo se asocia precisamente con poco refinamiento, tirando a salvaje, primitivo y otras lindezas léxicas. Vaya grosería que no por inconsciente aminora el daño hacia el otro.

Muy al contrario de esa tendencia palpable alrededor, en un marco más cosmopolita, menos polo, “indígena” usado correctamente, resulta hasta elegante en estilo: evoco al respecto la obra maestra de Claudio Magris. Refiero a un colega italiano que, en su magistral libro “Danubio” recorriendo pueblos refiere constantemente el término “indígenas”, allí sí, en sentido correcto: como habitantes locales, todos, ¡en la Europa central! Sin ninguna connotación negativa, al contrario.

Como en péndulo, vuelvo al uso local: muy profundo y dolido el texto de Osvaldo Durán Castro, bajo el título de “Leonel García y las heridas de los pueblos originarios” (Semanario Universidad, 16.2.22). Recurre abundantemente al término aquí bajo análisis, en este caso amparado, el autor, a míseras muletillas de lo que por influencia gringa entre otros, se pretende imponer como políticamente correcto: “personas indígenas, gente indígena”.

Vaya, vaya fetichistas del lenguaje. Son fórmulas verbales de circunloquio; procuran no herir susceptibilidades en lo genérico, pero además de volver pesada la lectura, suenan a parche artificial. ¡No es a través de tales recursos redundantes que se logrará, en profundidad, respeto por el ser humano, del color o género que sea!

Pues en aras de un manejo verbal constructivo entre todos los seres humanos, tengamos cuidado con el uso de palabras. ¡Tanta riqueza hay, en referencia al grupo en cuestión, como aborígenes, autóctonos, originarios, precolombinos…

En resumen: nativos o “indígenas” somos todos, de aquí o de otra parte. Para evitar esa polada detectada, seamos conscientes del deficiente uso local del vocablo bajo estudio. Con un uso más correcto del lenguaje, en bien de todos, hagamos esfuerzos por adquirir un nivel cosmopolita.

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