Víctor Valembois. valembois@ice.co.cr

Como en saquito roto, van unas clarividentes observacioncitas:

Al mediocre (de estilo y en temitas): no le aclare… que oscurece. Este medio aprendiz sentía que la literatura le corría por las venas, pero eso era en la oscuridad de su fuero interior (que no es lo mismo que afuerita, en el exterior).

Admiremos a Lorca, aunque esté sin solcito y sin encontrar: ¡déjenlo tranquilito! En cambio, léanlo. Fue maestro con el claroscuro, como para esa gitanilla: “Se apagaron los faroles y se encendieron los grillos.” ¡Lucerito es poco!

Para los amantes del azzurro resplandeciente, mediterráneo. Goethe proclamó: “hágase la luz”. Pero jamás vislumbró que como centella se estrellase su luminosa idea contra oscuros envidiosos.

Para escolares: Me gusta cuando en solsticio cantan los chiquillos, con su camisa recién planchadita, para ir a la escuela. Claro, algunos se toman su lechita… y a la camita otra vez.

Para los universitarios: ¡Que se realice, de verdad, el lema de la UCR (igual que en muchas universidades, entre otros la de Tegucigalpa): “Miro la luz”. Intelectualillos que se las dan de guardianes del único foco. Prendan ese bombillo* que aquí estamos a media luz… Hay que meterle candela.

Animal-estético: me gusta, porque la luciérnaga es pequeña, pero con luz propia. Por eso también me encanta el verso de Borges: Esa luz, / ¿es una luciérnaga/ o un imperio que se apaga?

Contra los masificados: No basta con usar “las palabras de la tribu” (como les llamaba Mallarmé) para sentirse acogido. En cambio, estoy hasta la coronilla de payasitos de enano, cloncillos uno de otro, sin atreverse a salir a la luz grande.

Humanista y humanitario: Las lucecitas son importantes, como las luciérnagas. Con esperanza, apunte cada día hacia la candelita esa, símbolo de Amnistía Internacional, contra tanta oscuridad en los calabozos y en las mentes fúnebres de tanto dictadorzuelo. Que vivan las armas* de la luz.

Otros, los vivillos* (nunca faltan) aprovechan esa postura intermedia de la luz para una extrilla de placer. Les gustan las últimas horas de luz, para una velada a-luc-i-nada con Luz María o con Lucía. Prefiero ver cómo atisba el amanecer*.