Víctor Valembois: Mi amigo Francisco, el quechua cosmopolita

Discípulo entre otros del famoso Instituto Caro y Cuervo, en Colombia, Carranza allí construyó sólida amistad con un colega común a los dos, el polaco Bogdan Piotrowski, todos por gracia de Dios y de horas de vuelo, bastante diferentes a las de Saint-Exupéry.

Víctor Valembois.

Va, hoy, una semblanza de Francisco Carranza Romero, que, a mi entender alcanza con creces la de ciudadano del mundo, cosmopolita.

Tendrá las primaveras mías, el caballero de marras, solo que con nacimiento, tan diferente, lo cual, en el plano cosmopolita nos vuelve mutuamente ávidos de conocer al otro en el desarrollo de ideas, partiendo de bases tan disímiles.

Curioso: yo nací hace más de siete décadas en la comodidad de un hogar burgués en la continua llanura que se Bélgica, Francisco lo hizo muy alto en la cordillera de los Andes, en el Perú; ambos somos etimológicamente “indígenas” de partes muy disímiles, pero ambos injertados por la cultura hispana que nos atropelló en nuestra respectiva geografía.

Francisco no es “del llano país que es el mío”, como canta mi Jacques Brel. Su origen en el alto Perú le ha dado una característica de varón bajito, piel naturalmente tostada al alto sol de esa prodigiosa cordillera continental. Por la escasez de oxígeno a esa altura, desarrolló una capacidad pulmonar superior al común de nosotros… Además, con base en esa vivencia ha desarrollado una perspectiva de cóndor, vocablo que nos viene de su quechua nativo.

Resultó sin embargo integrado en nuestro mundo occidental por una muy frustrante vivencia contrastiva: con bastante educación sólida “nuestra” resultó que, me contó, un profesor gringo infeliz trató de manera insultante como “indios” a su grupo lo cual les hizo renunciar a todos.

Pero “Chico” como le llamo con cariño no plegó las alas; creció más, en años y sabiduría dentro de su comunidad campesina de Quitaracsa, siempre en el alto Perú, tan distinto, por ejemplo, del europeizado Arequipa, crisol de mundo que gestó a Mario Vargas Llosa.

A fe mía, no veo como menor, sino más “rica” en calidad formativa de ser humano trascendente y cosmopolita, la forja humana del andino, que la del Premio Nóbel, este a través de su formación militarista en el citadino Colegio Leoncio Prado.

Va pues, una incitación a un estudio primero de árboles distintos, frondosos ambos, pero por Dios, tan divergentes por sus frutos literarios y su mentalidad: habría que confrontar exhaustivamente “la ciudad y los perros” de don Mario, y “El mundo da vueltas”, especie de biografía inicial de cada uno.

Discípulo entre otros del famoso Instituto Caro y Cuervo, en Colombia, Carranza allí construyó sólida amistad con un colega común a los dos, el polaco Bogdan Piotrowski, todos por gracia de Dios y de horas de vuelo, bastante diferentes a las de Saint-Exupéry.

Pensemos incluso en diacronía: los citados “hermanos” varones (a los que, algo pretencioso me uno) han recorridos senderos romanos y griegos de lenguas clásicas, lo cual da un punto de vista sencillamente superior al ciudadano llano con panza enriquecida en el Mac Donald´s de la esquina en frente. Ese universalismo será de película, pero no lo valoro.

Eso no es todo. Por esos mismos senderos clásicos y católicos (esto último remite a “sobre todo el mundo) también mi amigo Chico-el-Grande conoció a su esposa, la coreana de nombre occidentalizado como María Hyesun Ko que tuve el privilegio de conocer: otro mundo, pero del mismo planeta tierra.

Vaya complemento natural para muchos varones de pelo en pecho, ese providencial cruce de vías, nada menos que entre un quechua andino y una dama profesional. Esta distancia genética, pero cercanía profesional y amorosa, echó flores, ni de las cimas andinas ni de las lejanas llanuras coreanas: dos hijas, de nombre Ayra y Ñusta.

En lo académico, demos gracias por uno de varios trabajos en conjunto de esos esposos: refiero al estudio “Culturas comparadas de Perú y Corea”, de la que conozco la versión en castellano, entiendo con equivalente en el aludido país asiático: ¡cosmopolitas de verdad, los citados, no por kilómetros recorridos en cantidad de aeropuertos sino por tener almas profundas de humanidad trascendental.

(valembois@ice.co.cr)

 

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...