Víctor Valembois: Napoleón (y nosotros)

Por su carrera fulgurante, a don Napo se le ha comparado cantidad de veces con Alejandro Magno, pero ese macedonio meteórico no ha dejado tantas huellas imborrables aquí, como el francés, hasta honrado ahora con un distinguido colegio, el Napoleón Quesada.    

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Víctor Valembois. Escritor y Catedrático universitario.

Hace doscientos años (exactamente un 5 de mayo) murió uno de los grandes de la historia. En muy corto tiempo había puesto a temblar toda Europa y, a no dudarlo, también por este lado del Atlántico resonó el eco. Escribo de manera febril, quizá un tanto desordenado, a partir de cantidad de intuiciones e impactos que me deja el personaje, hasta aquí.

¿Y cómo? Lo primero es que para ser grande no hace falta pensar en tamaño. ¿Cuántas veces, parafraseando a Napoleón, me lo repitió el Dr. Gonzalo Vargas (encantador homeópata, formado en Bruselas, en tiempos de Calderón Guardia)? Pues tremendamente cierto: “los hombres se miden de los hombros para arriba”. ¡Muy aplicable por aquí!

Aparte, en realidad don Napo era foráneo en Francia, pero por una suerte superior nació en 1769, año en que, dejando de ser propiedad genovesa, la isla de Córsica llegó a ser parte del “hexágono”, la Galia del César… y de Asterix. Ese elemento fortuito llegó a revolver todo el naipe europeo y hasta mundial. En efecto, como cumpliendo con un augurio, ese individuo, más bien por familia orientado hacia Italia… de adolescente afortunado, ascendió por la escuela militar francesa.

En tercer lugar, toda la vida se le quedó un marcado acento “diferente”, no francés… para esos casi un pecado mortal. No creo que existan grabaciones del gobernante, después, pero se cuenta que su mamá, corsa por los cuatro costados, con el pesado acento local de ella le advertía: “pourvu que ça dure”, ese verbo pronunciado con la “u” no precisamente francesa-de-Francia, sino al modo nuestro. Y, pues, tuvo razón la pitonisa: la cosa no duró.

Sobrevino Waterloo (cerca de Bruselas), derrota en la que no se puede dejar de ponderar la traición de otros. Pues bien, al extraordinario general lo enclaustraron en la isla de Santa Helena, hueco perdido en medio del Atlántico. De encontrármelo allí, hasta yo me habría quitado la gorra -más elegante que la de Bukele- viendo al pobre preso francés con su mítico tricornio, puesto siempre.

Pero no todo fue leyendo ni detalle simpático, con el hombre ese. Visitando yo, en buena compañía la iglesia en Lovaina, Bélgica, donde se honra a nuestro Padre Damián, con horror recuerdo haber visto un afiche de antes, de rebeldía contra ese execrable Napo que, en sus quince años también de mandato por allí, requisicionaba para el ejército a todo pobre joven campesinos incauto… Ese debía caminar en promedio 30 km diarios, equipado, no con un salveque lleno de libros, sino con ropa y equipo militar por otros 30 kg…

Una lituana me contó hace poco que si bien por su tierra, allí muy arriba en el mapa europeo, ya no se encuentran cadáveres de soldados marchando hacia Moscú (en 1812), sí, todavía los campesinos en ese frío norte se pueden topar con algún que otro botón metálico de la pesada casaca con que se protegían de frío los pobres conscriptos, todos bajo la bota del hombrecillo… Dichosos los ticos de ahora que ni saben qué es un ejército.

Pero ya aterrizado mi relato de este lado del Atlántico, reconozcamos por aquí también huellas innumerables de ese hombre hecho leyenda en muchos aspectos. Contribuyó a que, igual entre nosotros, haya ahora radical separación entre iglesia y estado y que tengamos todo un código civil, empezando con un apellido (y hasta dos): anticipo del meritorio Tribunal de Elecciones, ahora todos con identidad individual y cédula.

Pero, lástima, el empeño de don Napo no fue tanto por espíritu civilista, sino para mejorar la circunscripción y el cobro de impuestos sin fin. Igual, leo que él ayudó al progreso del braile, para ciegos, solo que inicialmente ello constituía una codificación de uso militar…

En paralelo, se me ha evidenciado que el hombrecillo, si fanático, anduvo imponiendo arborización de los grandes ejes camineros franceses, no fue por anticipado afán ecológico, sino para que, el nuevo Atila en Europa pudiera movilizar sus tropas a la sombrita… (A saber si muchos años después, el pobre Albert Camus, del que todavía podemos aprender bastante más, terminó en un accidente automovilístico contra uno de esos árboles…).

Lo cual no quita (y sigo saltando tiempos y lugares, vuelvo a insistir en arborizar alrededor de todas nuestras canchas de fútbol, entre otros en el pobre por pelado parque de San Pedro de Montes de Oca. Nosotros damos por ejemplos de cultura sitios pelados de árboles, cuando, en cambio podríamos inspirarnos, por ejemplo, con el magnífico y oloroso centro de Mendoza, Argentina.

Bonaparte también contribuyó en buena parte con la generalización del sistema métrico como dichosamente conocemos ahora: el metro unidad para longitud, el litro para los líquidos, el gramo para los pesos y el cubo para medir volúmenes. Metiche en tantos aspectos influyentes incluso para nosotros si nos dignamos escarbar un poco en la historia.

También impuso que siendo todos los ciudadanos iguales, anduviéramos todos a la derecha, no al zurdo modo de los de a caballo que preferían ese lado por la facilidad de sacar su espada. Pero los ingleses, por algo gente insular, nunca se doblegaron ante ese dictador por lo que mantuvieron la manejada a la izquierda; y nosotros, arabizados anárquicos, seguimos el modelo herediano, andando y parqueando a media calle.

Por su carrera fulgurante, a don Napo se le ha comparado cantidad de veces con Alejandro Magno, pero ese macedonio meteórico no ha dejado tantas huellas imborrables aquí, como el francés, hasta honrado ahora con un distinguido colegio, el Napoleón Quesada.


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