Víctor Valembois: Oasis

Víctor Valembois. valembois@ice.co.cr

Paren el mundo-mundillo, que me quiero bajar. Sueño con estar en cualquier parte fuera de él, en una isla, sin siquiera la interferencia de mi amigo Viernes; hasta a Evita la evitaría (por unas semanillas) meceándome en una hamaca (Protesta mi corrector. Léase: meándose).

Por favor, “oasis” me resulta mejor opción, aunque sea bajo un chubasco. Nada más que aburridillos de sus menudas tareas diarias, a los académicos se les olvidaron dos cosillas en la definición: primero, que no pusieron género. No es que anduvieran desnudillos todos, sino que, en español, los objetos tienen sexo (diminuta diferencia definitoria), cosa que, en su isla pragmática, los británicos obviaron. Además, señores, no importa cuál es la superficie de mi rinconcito-con-librito, mi país/ tan chiquirriquitico como lo definió Manlio Argueta; lo vital es que quepa en mi cabeza.

Así, claro, me apunto a vivir en oasis, porque con mi amigo Voltaire me permite, en forma cándida, cultivar mi jardincito*. Y mejor si por allí encuentro una fuentecita, de esas de inspiración de temillas y de expiración en un textito, mejor. Ojalá, en mi parcelita haya verduritas, apropiadas para mi segunda infancia. Bienvenida una pipa (de cualquier tipo, preferible la que tenga agüita), tan sabrosa que siempre tiene gusto o poco.

Por la perica, qué gustillo me daría sin pandos urbanos, sin pandillas ni basurillas por doquier. Yo muy devoto, por eso soy ferviente partidario de la Semana Santa, oasis para el pensamiento. También por eso la llaman santa: que se vayan todos esos herejes con sus pecadillos. ¡A cualquier playita el tropel de mansitos, hasta con su pantalla chica* a cuesta, a tomar sus birritas! Que pase la caravana, señal de que avanzamos.

 

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