Víctor Valembois: Ojo feminista sobre “La fiesta del chivo”

Urania aprendió la dura lección; la aprenderán tantas chicas, tantos chicos, individualmente, en el Caribe como aquí. Por la historia sabemos que el pueblo dominicano nada rápidamente se deshizo de ese espanto hacia una democracia como es ahora.

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Víctor Valembois. Escritor y Catedrático universitario.

“La fiesta del chivo”, de Mario Vargas Llosa, desde el año 2000 contribuye magistralmente a desnudar lo perverso de un tipo de machos que no han faltado en América Latina: lo prueban más de media docena de obras literarias latinoamericanas dedicadas al tema, siempre de dolorosa vigencia. Cerca de nosotros, al norte, pasan todavía montones de episodios como los que Vargas Llosa denuncia

En el caso literario, el panorama de machismo macabro se desarrolla en dos docenas de capítulos centrales, de alta tensión. Pero además, y magistralmente, en un primer capítulo, igual que en el último, con algunos hilos intermedios (cap. 4, 7. 10, 13, 16) el autor asume la tarea desde la perspectiva de una mujer, Urania Cabral, con lo cual también se permite una lectura feminista del conjunto.

Entre esos dos pilares estructurales se tiende todo el arco panorámico de la sociedad dominicana total, durante más de tres décadas bajo la férrea dictadura de Rafael Trujillo: aquel, simplemente confundía su país con su finca, dando algún matiz de progreso al país, al mismo tiempo que impuso un régimen personal de terror absolutista, inmisericorde contra su pueblo.

Sendos refuerzos narrativos intervienen en la visualización de esa danza macabra: uno es el constante contraste elaborado entre esa república antillana, como tal, y la larga huida de Urania en Nueva York; aparte de esa distancia física está entonces también el otro eje adicional, la dimensión del tiempo: Urania, víctima del sátrapa se alejó durante 35 años de su tierra, en tiempos anteriores a la ágil comunicación múltiple que tenemos a nuestro servicio. Magnífico ejercicio estructural, el que nos ofrece el escritor peruano y ciudadano del mundo.

El realismo tremendo, impactante, dentro de la novela, resulta entonces de un doble alejamiento, tan recomendado por el finado Constantino Láscaris: no se ve bien con la nariz encima. Paradoxalmente, la distancia, en este caso, no aleje ni enajena, sino, a los lectores nos da el privilegio de la perspectiva. Ambos ejes son complementarios y se entrecruzan. Y tanto el distanciamiento temporal como el espacial, juntos impactan hasta en la última fibra emotiva e intelectual de nosotros, si nos damos la pena de leer con atención y sostenida emoción las más de quinientas páginas del escrito.

El encuentro sexual es sublime, siempre y cuando va con libre consentimiento, esfuerzo y entrega de los participantes. Pero en el caso de Urania resultó destructivo sin remedio. Esa chiquilla educada, cristiana pero ingenuamente, atontada además por el contexto de su padre y otros degenerados en su entorno, salió perdiendo a manos de ese supremo sátrapa. Con ella bajo el foco, los pilares narrativos, inicial y final, visualizan cómo el actuar degradado, bestial, de un macho puede llegar a destrozar toda la vida de su víctima. A través del calvario de ella, en lo sentimental y sensual, grande resulta la postulación por parte del autor, de una vida integral de goce y superación.

El arco monumental entre el primer y el último capítulo se nos hace majestuoso: con ello Vargas Llosa logra la proeza, no necesariamente realista al cuadrado, sino de una doble verosimilitud, mucho más impactante, por dentro, que un montón de fotos de la realidad. No sin razón, al escoger su título de “la fiesta del chivo”, con reiteración machacona de lo “festivo” en el último capítulo, está clara la perspectiva del autor: Urania aprendió la dura lección; la aprenderán tantas chicas, tantos chicos, individualmente, en el Caribe como aquí. Por la historia sabemos que el pueblo dominicano nada rápidamente se deshizo de ese espanto hacia una democracia como es ahora.

Pero no puedo dejar de preocuparme por el lector local: tenemos tendencia a descuidar y hasta perder lo necesariamente bifocal. Pese a una educación supuestamente liberadora, de abrirnos los ojos, nos han acostumbrado a ser miope: cunde una educación en frasco esterilizado. Pese a repetidas alusiones a Figueres (el padre), sin mayor desarrollo, aliado de Juan Bosh, feroz demócrata y opositor a Trujillo, pues el público nuestro tiene demasiado tendencia a pensar que la historia local no solo es un puro lecho de rosas, sino que se vale por si sola, aislada del mundo.


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