Víctor Valembois. valembois@ice.co.cr

Leo sobre el picadillo que le hicieron al pobre pepino: ¡quedó hecho papilla! Pero en el entretanto se le descifró el genoma: contiene 350 millones de bases, casi tantos como el arroz, con 389 millones. Qué comidilla más variada. ¡Con razón estoy engordando!

Pero para qué tanta investigación, si uno de chiquitín ya sabía que ciertas semillitas*, como también la mostacita, son muy pequeñas. ¡Como sea, qué lección de perseverancia*: el pepinillo ese no contiene tantas repeticiones como otros genomas. El mini-conocimiento que ya tenemos cocinadito sobre esas y otras verdurillas, como las vainicas para ticas, brinda la posibilidad de desarrollar pepinos especialmente buenos.

Pero de esa misa sigo sin entender la media… Con absoluto respeto por este otro menudo-gran avance de la ciencia, yo necesito gritarlo a todo galillo: Rodriguillo, la plata me vale un pepino, en cambio el pepino vale mucho. ¿No proclamaba Chesterton hace un pequeño siglo: “casi todo lo mejor y más valioso del universo puede comprarse por medio penique”?

Pero, de repente para que entendiera Leidy Pepa, sin ser pusilánime, prudentemente añadió: “exceptuando, por supuesto, el sol, la luna, las estrellas, la tierra, la gente, las tormentas y otras baratijas.”

Así es, Pepito. A mucha la gente le vale un piquillo, un bledo, que el pepino sí importa.