Victor Valembois: Por donde los senderos se juntan

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Víctor Valembois. valembois@ice.co.cr

Cortito de vista, hasta cieguito, Borges enfatizaba los senderos que bifurcan; aquí más bien deseo recorrer caminillos que se juntan. Complicadillo, che, el gato* argentino ese, con su cuento en-red-adillo, en tiempos convergentes y divergentes. Más picantito resulta observar cómo tantas veces dos trochas, distintas y distantes, al final convergen.

Mi propio caminito vital (curriculum vitae, en latín; también conocido como “ridiculum vitae”) está lleno de esas curiosas coincidencias. Ejemplo: el arbolito genial-lógico, mío, todo mío. ¿Por qué mis progenitores tuvieron que juntarse, de repente, a partir de contextos de cultura y de idiomas totalmente diferentes, dando como resultado este orgullosillo cumiche*?

En tantas circunstancias, son precisamente las nimias y fortuitas cosillas las que provocan, a saber por qué chispita* un encuentro hasta de contrarios, una historia de amor con sin cuenta capitulillos, una determinación profesional, un proyectito de vacaciones….

Y así, quién me dará una explicacioncilla sobre lo que acabo de leer: que Ramón Pequeño, jefe de la división antidrogas de la Policía Federal mexicana, pescó a un pez gordo, gran distribuidor de ese polvillo infernal…  Curiosidad adicional: este hombre, diminuto humano, resultó experto “reductor”, no solo de cabecitas*, sino hasta de trescientos cuerpos enteros, ordenando su disolución en ácido. Extraña nano*-tecnología. No quisiera que alguien la patentara… Lo cierto es que esos irreconciliables individuos… se juntaron.

Un refrán brasileño reza que si el atajo fuera bueno, no existiría el camino. Pero por suerte ya existe Ipad… Ahora bien, díganme, distinguidos académicos, ¿cuál etiquetita aproximada a la famosa serendipity inglesa me ofrecen ustedes? Remite a ese confluir misterioso entre un paque-tico de vocales y consonantes, al que llamamos “palabra”, y un significado específico en sendos surcos que, cuales riachuelos*, de repente confluyen.  Será por mi orejita*, pero no oigo. ¿No existe equivalente de esa idea en la lengua de Cervantes?

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