Víctor Valembois.

Para variar voy a nadar contra corriente: como siempre, quiero ser autentico; nada de gregario, al estilo de Vicente-va-donde-la-gente; “Navidad” evento único, trascendente, por supuesto ojalá se evoque año tras año por un hecho único que ocurrió -amárrense los cinturones- hace unos 2024 años.

No importa la cantidad exacta: a esa discusión… que se dediquen los científicos y hasta en el Vaticano en una investigación historiográfica, pero exagerando el énfasis en ese punto corremos el riesgo de “botar al crío con la bacinilla” (to throw the child with the bathwater), según la expresión, bastante generalizada en medios anglófonos.

Lo que ningún historiógrafo osa poner en duda es que hace algo más de dos mil años nació de verdad, y en Nazareth, en el Medio Oriente, un caballero que a tal punto revolvió el ánimo de sus contemporáneos, que inquietos por la tranquilidad que preferían que reinara en sus dominios, los romanos pasaron a liquidarlo al “ejemplar” modo de entonces: la crucifixión. ¡Ya está; problema resuelto!

Lo curioso y triste del caso es que el mensaje central de esta persona, cuyo mensaje estamos libres de aceptar o rechazar, se haya diluido de tal manera que hoy en día la festividad de “Navidad” (Natividad, Noel, Christmas, Natale, etc) constituye un simple primer tiempo de otra actividad festiva a los ocho días: el cambio de año en el calendario.

Que no se me confunda con un aguafiestas cualquiera: de mi lejana juventud recuerdo que mi gentil tío me llevó a un estadio de fútbol y… viendo volar bolsas de orines y demás, salí asqueado, descompuesto, vomitando. Un trauma que estoy tratando de borrar, disculpen.

De ese legítimo deporte competitivo me queda grabado también algo pasado en mi tierra, en el estadio de Heysel, en 1985, la masa -masificada entre sí- mató a un centenar de ellos. Ello ha marcado mi temperamento y por creciente sordera huyo de toda actividad ruidosa.

¡Por supuesto que cabe valorar el fútbol como práctica deportiva, pero para lo cual me vale igual un grupillo de unos cuantos chiquillos dándole a una pelota de trapo, viendo cómo meterla en la “cancha”, ese rectángulo más o menos delimitado. ¡A mover las piernitas!

Pero más allá de esa sana y necesaria práctica diversión deportiva, terrible me sale valorar el colosal montaje económico que ello ha llegado a implicar en diversas partes del mundo.

Usted, lector, ¿ya va ahorrando para asistir el otro año en arábigo sol a alguna competencia? Confío que volverá sano, llena la cabeza de enseñanzas.
Pero volviendo a las festividades que ahora se suelen acumular hacia el intrascendente cambio de numerito en la nominación del año en curso -vamos hacia el 2024- pues sí, me uno al gremio de protestantes protestatarios y celebro que desde el año 2000 disponemos de una comedia, originalmente en inglés: “How the Grinch stole Christmas”.

¿Simple fantasía? Pues no: la propuesta es contribuir entre todos a distinguir sendas actividades: festivas, ambas, cómo no, pero distintas en carácter. Pues sí, amigos, me declaro “grinch” (en inglés), gruñón (en español); en francés: grognon y en mi neerlandés materno: grommelaar.

Mi amigo Descartes queda descartado: para concentrarse en lo suyo, prefirió ir a vivir en Holanda, sin entender el idioma, calentándose la cabeza con una estufa cualquiera, aprovechando la comidita que le traía una empleada con la cual no supo dialogar.

¿Yo? Protesto, luego soy. No soy, pues, quien se opondrá a la actividad festiva en sí, pero que la primera, la de Navidad, no sea un aburrido ensayo de la segunda: se vivió otra vez en… mucho ruido y pocas nueces (excepto el cascanueces de Thaikovski, cómo no). A grano: por esencia allí se rememora un nacimiento, evento casi íntimo.

Eso sí… sobre él históricamente se montó un arsenal de canciones y composiciones musicales: pertenecí a por lo menos dos coros y mi sentir cosmopolita surgió en parte por contribuir a cantar “navidad” en media docena de lenguas.

En cambio, postulo que, la fiesta de “fin de año” se distinga por forma y fondo hacia otra festividad esencialmente diferente, distinta en tono y expresión, posiblemente menos centrada en el ámbito familiar y más hacia comunidades abiertas.

Mi propuesta tiene además una dimensión ecológica: ya vi arbolitos navideños tirados a la basura, a medio caño, o, peor: a media calle. Conciencia y alegría es lo que tenemos que sembrar, pero a tono, cada una, con su sustancial momento.

Victor Valembois

Por Victor Valembois

Víctor Valembois es un académico con una licenciatura en Filología Románica por la Universidad de Lovaina (KUL) en Bélgica. Ha vivido en Costa Rica por más de 35 años. Ha estado vinculado con la Universidad de Costa Rica y la Universidad Nacional.