Victor Valembois: ¡Qué perecilla con Pérez!

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Víctor Valembois. valembois@ice.co.cr

Ignoro de cuál nombrecito de mujer, si María o Marta, hay más dignas representantes en el terruño. La última proyecta una imagen más bien de laboriosidad, mientras la primera, como en una postalita beatífica, queda estampada en obediencia. Constituye, claro está, el resultado de dos tipos de colonización: la del norte protestante, la del sur católico.

Muy curiosillo resulta que sobre esta base local de creencias, querencias y hasta querellas, el lenguaje revela fuertes raicillas tipo árabe: ojalá y el achará: tan “ticos” como de ADN islámico… No yo, sino Miguel Quesada, Alberto Cañas, entre otros, a partir de expresiones muy del terruño (ahí vamos, qué tirada, qué vaina, etc.), no ven simple muletilla*, sino el espejito de una manera de ser.

También qué le vamos a hacer y otros modismos (¿pequeñas modas verbales?) reflejan una especie de abatimiento, un fatalismo incorporadito hasta en los poros*. Y no me diga, dentro de la legendaria precisioncita* del hombre local, para dónde y con qué fuercilla nos lleva el consabido p´adelante.

En la misma línea va ¡qué pereza!, del cual Carmen Naranjo (en Cinco temas en busca de un investigador) afirma no hay satisfacción interna, existe lo externo que se demuestra y se evidencia escondiendo la pobreza del rincón en donde las raíces tropiezan con un campo mezquino (125-6).

Es el meollo: en esta línea, lo “pacífico”, tan cacareado por medio de la escuelita, en el fondo, fondo, va confundidillo con lo pasivo. Hace ratito, Yolanda Oreamuno refiere, negativamente, “nuestro quietismo”. Pero ya me pararon la orejita*: ¡Qué pereza este mae!, con su verdad cruda. Y confunden el rasguño con el riachuelo de sangre… Para “Marta” Naranjo, entonces, estamos en un medio donde no se quiere la perturbación del riesgo (110).

Falta más gente como el mordaz Pío Víquez: “Si no somos árbol, seamos rama; si no somos rama, seamos hoja; y si tampoco podemos ser hojas, seamos siquiera insecto, insecto que se coma las hojas, aflija la rama y destruya el árbol.” ¡Elogio perfecto a los dientecitos incisivos!…

Ya oigo vocecitas contra ese colmillo: diay, ¡así somos! Lo comprobamos: la palabrita “cambio” poco o nada encaja aquí… Por favorcito: ¡nada de reconfortante inmovilismo, viendo por el retrovisor!

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