Víctor Valembois: Real soledad real

En ese oficio de ser muy realmente rey o reina, contrario a lo que parezca, y con perdón de Kundera, no hay levedad que se aguante, porque todo se ausculta, se exhibe y se contrapesa.

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Víctor Valembois. Escritor y Catedrático universitario.

Nos guste o no, la realeza es algo muy real… todavía. El eterno (?) filólogo en mí observa que solo en español, por la homonimia de “real” con dos significados muy distintos, es posible construir la frase ambigua, el título, en que baso este aporte. Una cosa es lo real (de realis, relacionado con “res”, la cosa) y otra lo real (de regalis y rex, regis), perteneciente al rey o a la realeza. Según el diccionario, ese último tipo se suele asociar también con lo grandioso y suntuoso. Pues, compadezcamos esa persona, también de carne y hueso, llamada pomposamente “Elisabeth II”, en su real soledad….
Pues, a la real sin suerte real que visualizo hoy, ¡se le murió el con-sorte! Largos setenta y tres años duró el con-vivio. Yo no estoy en el gremio -sobre todo de mujeres, solas además, muchas- que como pancito caliente a diario “ocupan” y devoran eses páginas de glamour real, con el último chisme sobre si ella, princesa real qué se cree usted, está realmente embarazada….si el otro dijo que le dijeron…
Pero me dicen que hasta eso es relativo: que comidilla da y cosillas enseña ese Hola lo mismo que vanidades vacuas: noblesse oblige me dicen, esa gente duerme en cama aparte. ¡Tristeza, digo yo, más en esos climas nórdicos, donde, sin tener yo por dicha ni una gota de sangre azul, me acuerdo que era horrible acostarse entre sábanas heladas en un cuarto sin calefacción.
En esos casos, la soledad debe ser real-mente espantosa. Como siempre me puedo cobijar con trapillos filológicos, los considero esos, sin ser la clásica pomada canaria, ayudan y alivian bastante. Benditos los súbditos -reales o no- de Shakespeare que por una nada imaginaria inyección léxica romana, ¡en su lengua diferencian entre solitude (de raíz latina, claro) y loneliness (de claro tinte germánico).
Aquel filósofo Young, distingue tres tipos de soledad (la crónica, la situacional y la transitoria); más profundo, el maestro Sagot, a partir de no recuerdo qué filósofo subraya otra división, de la que al caso real específicamente se aplica que uno puede estar muchas veces rodeado de cantidades de personas, e igual sentirse solo o sola, sin alter ego: la soledad de su majestad ya nada majestuosa por encorvada, debe ser igual o peor que la jaqueca jodida que a otras les da regularmente.
Por ello, tengo a la vista-de-la-mente una foto de la susodicha Elisabeth II, seguramente rodeada de cantidad de gente, se ve y se siente hasta físicamente sola, allí entre bancos esculpidos a lo conventual en la despedida religiosa de su marido. Farewell, compañero de vida, aquí me quedo sola desgarrada: encima ni por protocolo puede una referirse a esa soledad en las entrañas.
En ese oficio de ser muy realmente rey o reina, contrario a lo que parezca, y con perdón de Kundera, no hay levedad que se aguante, porque todo se ausculta, se exhibe y se contrapesa. Pensemos en los insoportables paparazzis: miserables que han surgido precisamente a costa y merced de los reales de arriba: cámara al ombligo, siempre andan al acecho de su presa de alto perfil en ángulo más inaudito y privado de esa gente.
Pues prefiero ocupar el rango pedestre que ocupo. Leyendo este matutino me entero que la reina, apuesto que no pudo poner sobre el féretro de su marido un simple letrerito de “te quiero”: un hecho real, ¡cómo no! La pobre: lo tuvo que hacer por interpósita persona.
Total sigue vigente el cuento aquel del lobo y el perro, de La Fontaine, fuente inagotable todavía, inspirado él mismo en Esopo: el perro anda gordo y panzón, pero al observarle la cadena, el lobo flaco decide seguir disfrutando su independencia.

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