Victor Valembois: Rojo, negro… y verde de rabia

Torpes, los sátrapas de turno, a Monseñor Álvarez lo convierten en blanco -otro colorcito- tanto de la saña como de estupidez.

Víctor Valembois.

Dentro de un cosmopolitismo planetario, va un aporte centrado en banderas: son signos de pertenencia colectiva, en un concierto… visual. Me concentraré en el caso del vecino,
al norte de río San Juan (un río que nosotros, los ticos, podemos “ver pero no tocar” porque contrario a lo usual, no es frontera, en este caso, entre Costa Rica y Nicaragua).

Con su azul y blanco, el pendón nacional nicaragüense, más allá de cambios de régimen sigue evocando paz y esperanza. Figura también un mini colorido rojo: es el gorro frigio, que copiaron de la simbología francesa, con su trascendental revolución allá; ahora, en contexto nicaragüense, sin duda sigue evocando sangre derramada.

Otro pabellón, del norte, no es nacional sino partidista. Recuerdo como si fuera ayer: lo llevaban en alto montones de jóvenes centroamericanos, celebrando ese 19 de julio de triunfo contra el sátrapa. Ese estandarte, rojo y negro, todavía me produce una interferencia involuntaria entre sendos campos semánticos completamente distintos. Vamos por partes.

En su novela “El rojo y el negro”, Stendhal toma la realmente existente comunidad de Verrières como marco global, especialmente en la primera parte. De manera muy realista describe problemas y esperanzas alrededor de 1830 en una aldea, microcosmo francés; pero el propósito no es regionalista ni costumbrista: también por aquí, Guanacaste incluido por libre voluntad de ellos, los guanacastecos, le podemos seguir sacando provecho.

Respecto del título, el autor señala que la combinación de colores le surgió de repente. Para el rojo, por supuesto no iba ninguna connotación socialista ni comunista: ideologías muy posteriores. Al contrario, el contexto evocado remite a añoranzas de Napoleón, su ejército y la “grandeur” que conllevaba. (De ese terremoto geopolítico también nos quedan remezones, como un liceo, aquí, con el nombre del gran corso.)

Sigamos con el análisis cromático: el negro remitía y sigue remitiendo muchas veces a sectores eclesiásticos. En mi lectura, no recuerdo alusión alguna a los jesuitas, pero esos, particularmente activos en los años aludidos, no eran del agrado del autor. De allí a atribuirle a la obra una etiqueta anticlerical, no me atrevería: en todo caso, no constituye el eje central de esa gran novela tan francesa como universal, ¡cosmopolita, pues!

Antes de pasar a una aplicación centroamericana, voy a lo que ahora se conoce y describe como el “síndrome de Stendhal”: una serie de huellas físicas y mentales intensas que, por ejemplo en museos le pueden aparecer a un espectador sensible, durante o después de ver y apreciar una o varias obras de arte. Combina tanto síntomas psicológicos intensos, como otros, de carácter físico.

Paso ahora a otra bandera, venida del norte aquí, que igual combina el rojo y el negro: se origina en la causa socialdemócrata del muy noble Augusto César Sandino (1895-1934). Era símbolo resistencia contra la intervención norteamericana (1927-34): llevaba franjas verticales y se usaba como advertencia contra los marines yanquis, para que se rindieran. Pero uno de los desleales y crueles Somoza, a ese idealista lo mandó matar a traición.

Por desgracia, al adoptar posteriormente esos mismos colores, pero horizontales, con el negro abajo y con grandes iniciales de FSLN, triste resulta constatar, cada vez más, otra traición: de un símbolo fuertemente social-demócrata, como lo prueba la realidad, en tantas ocasiones se observa referencia ideológica degradada, muy vacía.

Como subrayó el colega Juan José Romero (LN 11.07.23), en la actualidad, los gobernantes allá, ¡ni ciegos ni albinos son!… pero montan una grisácea realidad: la “Operación Limpieza” de hace no tanto, menos en la memoria, entre otros en Carazo, resultó uno de sus ataques más sangrientos de la dictadura. Nada de dicta-blanda: de viva voz he escuchado relatos de testigos, víctimas de lo inconcebible. Estela de muerte; pus político latente.

A ello, tristemente, se une una cobarde cerrazón contra el sentimiento religioso. En Nicaragua este resulta aun más enraizado que en nuestro pueblo. Torpes, los sátrapas de turno, a Monseñor Álvarez lo convierten en blanco -otro colorcito- tanto de la saña como de estupidez. Y sigue la politización de lo judicial. La blanca verdad: ¡un negro pecado!

Entre los estudiantes y adultos venidos del norte, ¿exagero si percibo que nace otro síndrome, en la línea del descrito… solo que de signo opuesto? Lo palpo en mi entorno, entre grupos nicaragüenses o afines. Ni idea tienen de cosmopolitismo; solo procuran sobrevivir. Ante crueldad tan patente como palpable, en nosotros no prevalece sino el verde-rabia. (valembois@ice.co.cr)

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