Víctor Valembois: Rubén Darío y su miedo (latino) al inglés

Cada idioma, por sí mismo nos ayuda a crecer y a volvernos más ciudadanos del mundo, sin perder absolutamente de su terruño de nacimiento. Seamos perseverantes y previsores en varias lenguas: mejor… la cosecha y el disfrute. ¿O queremos seguir viviendo con un antifaz localista para siempre?

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Víctor Valembois. Escritor y Catedrático universitario.

Curiosos somos por aquí, triplemente encapsulados: decimos “Centroamérica”… y no nos damos por aludidos; dos: en el norte gringo dicen ellos que son “Americans” y no nos afecta que nosotros fuimos los primeros en recibir ese nombre que ellos se apropiaron; y tercero: de fuera, nos impusieron aquello de “latino-americanos”… y no lo sentimos como una imposición prefabricada, pre-intencionada.

Para seguir ahondando en la dicotomía de lo pachuco o aldeano, versus el aire fresco de lo cosmopolita, quiero esta vez centrarme en la postura de Rubén Darío (1867-1916), gran leonés, nicaragüense de gran impacto por aquí, entonces, “paseo de la vaca” incluido: era una aldea por aquí; pero él, increíble, de otra aldea perdida por allí, a su manera se desempozó y desempeñó como ciudadano del mundo.

Condición mínima, pienso yo: hablar por lo menos una lengua más, fuera de la que recibimos con el biberón o, preferible, la teta materna. ¿Pero por qué a ese chico precoz, que casi que al lado del biberón se chupó, como quien dice el diccionario castellano, le dio tanto por el francés?  En su Autobiografía, el mismo vate comenta:

Yo soñaba con París desde niño, a punto de que cuando hacía mis oraciones rogaba a Dios que no me dejase morir sin conocer París. París era para mí como un paraíso en donde se respirase la esencia de la felicidad sobre la tierra. Era la Ciudad del Arte, de la Belleza y de la Gloria; y, sobre todo, era la capital del Amor, el reino del Ensueño. (…) Uno de mis grandes deseos era poder hablar con (Paul) Verlaine.  (cap. XXXII)

En ese León “jodido” como dicen ellos, Rubencito tuvo un profesor de francés que le llamó la atención sobre algo curioso, inédito: ¡al gran escritor Victor Hugo, en algún arranque poético de repente se le ocurrió elogiar, en francés un volcán nicaragüense!

Ô vieux Momotombo, colosse chauve et nu,
(La Légende des siècles
, 1859)

Sorpresiva alusión, ¡y más sorprendido el niño nica! Se explica porque el padre del gran literato francés era funcionario en la España ocupada por por “Pepe Botella”, hermanillo de Napoleón. Época terrible, esa. Pero a todo eso, por este lado del Atlántico, Rubencito creció y creció en años y… odio al inglés. Lo comprobamos con el siguiente poema (recortado) de sus Prosas Profanas, de 1886.

Los cisnes

-¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello
al paso de los tristes y errantes soñadores?
¿Por qué tan silencioso de ser blanco y ser bello,
tiránico a las aguas e impasible a las flores? (…)
-Brumas septentrionales nos llenan de tristezas,
se mueren nuestras rosas, se agotan nuestras palmas,
casi no hay ilusiones para nuestras cabezas,
y somos los mendigos de nuestras pobres almas.
-Nos predican la guerra con águilas feroces, (…)
-¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?

Pareciera anticipar a tanto “latino”, tico incluido, que sueña con escaparse a “los Estados” pero una vez allí (si no muere en la travesía terrible…) se refugia en el “gueto” de compatriotas u otros que lo consuelan en su misma lengua.

También en «A Roosevelt», Rubén produce parecido patología latina respecto a lo gringo. Se lo merecen, esos imperialistas muy violentos entonces, un poquito menos ahora. Pero él -como nosotros- opta por una dicotomía demasiado simple: nosotros los latinos, seriamos los buenos (¿todos?), en cambio, los anglosajones (¿todos?) son malos, perversos.

Y, el colmo: a Dios el vate valiente lo reivindica… como latino. Creo que esa entidad superior, que no hemos ubicado ni con las últimas fotos de galaxias, ha de ser poderoso políglota paciente… Saludémoslo, agradecidos por la vida y la lengua que nos permite expresarnos… pero no seamos patanes perezosos para otra parla…

Al pobre poeta poderoso le tocó vivir en una época donde, después del florecimiento del español como lengua universal, en el siglo XVI, cupo una floresta francesa, por el auge político de Francia, como potencia, a la par de toda una época gloriosa para el francés. Pero se perfilaba ya el poderío que tomaría el inglés y el empuje imperial que asumirían los Estados Unidos de Norteamérica.

Pero… hermano poeta… ¡Absurdo, Rubén, un tanto inconsistente te pusiste, con esa polada peluda!  ¿Tenerle miedo al inglés para adorar el francés, quizá por ser un idioma cerca de lo latino, del latín, vimos, igual que el español? Pero OJO: por lo menos manejaba otro idioma: supo abrirse la ventana al mundo, y no en superficial imagen televisa que nos ofrecen todos los días en bandeja televisiva.

Nosotros vivimos en el siglo XXI y nos toca defender nuestro carácter “latino-americano”. Está bien -con todo y reservas apuntadas en crónica anterior-. Pero resulta insensato, pueril, de avestruz, patalear como niño malcriado contra el inglés. Salgamos de la jaula de lo local en que la pantalla y el entorno nos meten, peor si leemos cada vez menos.

En espíritu menos chovinista cerrado de tantos “latino-americanos”, propugno y predico salir de nuestro caparazón de tortuga, esa cáscara de conformidad aldeana. Propugno la pista grande: uno o más idiomas no tan extraños ni tan extranjeros. Cada idioma, por sí mismo nos ayuda a crecer y a volvernos más ciudadanos del mundo, sin perder absolutamente de su terruño de nacimiento. Seamos perseverantes y previsores en varias lenguas: mejor… la cosecha y el disfrute. ¿O queremos seguir viviendo con un antifaz localista para siempre?

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