Víctor Valembois. valembois@ice.co.cr

Ningún escribidor de tercera filita ha contado todavía las peripecias del cumiche que fui yo. He aquí entonces la historia de un carajillo que no se llama Alfonsín, ni Paquillo, sino Vizinho. Por eso mi cuento no es un best-seller, sino un worst-seller: hubiera escrito en historieta, me habría ido mejor. Está escrito en mi árbol genio-lógico.

Soy puro cogollo, pero siempre considerado como caniche, entre un montón de retoños (a mi padre, por profesión lo gineco-lógico le salía más barato). Guardo en mi mente detalles infinitesimales y una modesta foto de mi familia Telerín, de esas, usted sabe, color sepia, como le encantan a Isabelita. Tenía yo entonces acaso cuatro años… chamaquito, chiquitillo y estoy cerca de una escalera, quinto y último descendiente varón con los otros destacando uno por uno, como en graditas… Ya lo cantó el poeta: baja conmigo, hermanillo. Fui además canijo, es cierto, pero de feria cumiche. Por esos pecadillos, me criaron inepto y me tenían sobrenombre, que no le cuento, chismosillo* que sos, para que no me siga maltratando mi dignidad de persona, aunque sea poquito humana, … Era también cuestión de época. Por lo menos antes, a menudo no se tenía en cuenta a la gente menuda. Los ingleses victorianos (¡yo, victorioso, no fui!) inventaron que children are made to be seen, not to be heard. Ya también lo predicó el Principito: los grandes no entienden.

¿Resultado? Yo podía llevar razón, pero poca, y la que tenía no me ayudaba para nada. Cuando servían vino o aperitivo, me dejaban poner el meñique* en la copita de los grandes (en consumo etílico).  En escala europea, tengo tamaño de pigmeo* porque tenía que conformar con las migajas del pancito nuestro de cada día (y… de las tortas, ni se diga…). No eran los tiempos de Platón, todo en bandeja. Eso sí, no ocupada loncherita porque la escuela y el colegio me quedaban en frente de la casita, todo en dimensiones liliputenses.

Es la suerte de ser benjamín (como le llaman desde tiempos bíblicos), para peor júnior, como proclama ahora hasta el diccionario, porque me dieron el nombre de mi tata. Me sentí siempre como apéndice, anexo (el attachment no existía todavía). Agregado fui, pero en-bajada, como en la foto. Pa´que me entiendan los nicas, pué, fui el Chigüín; en pilón, mano; en francés le cadet -cadetes, abstenerse-. (Soy cadete, pero de marina). Mocoso de moco tendido, mostacilla, pué…

Ser cumiche pareciera tener su ventaja, porque los padres, generosos hasta el extremo con el primer vástago, después van disminuyendo su atención, ante ese rosario, hasta que, con el último, salido de chiripa, se recuperan un poco: es el regalón y chacalín que se duerme…, ya se sabe.  Y hasta puede acomodarse en la misma trocha. Pero ¡ojo! también este que viene de feria sufre los embates del big brother que lo está viendo a uno: de allí mi invalidez tecno-lógica: ¡cuidado toque el tocadiscos! ¡Deje, su hermano sabe!  Por eso yo, todo tembleque estoy todavía, ante cualquier renovación en la compu. Pobrecito yo, cumiche.