Víctor Valembois.

En el mes de la Patria, otra vez pecamos de localismo en vez de empujar la carreta hacia el cosmopolitismo. Con esos enfermantes tambores en una tierra dizque pacífica, la indolencia de la gente y la basura adornando las calles después de los desfiles, cabe preguntarnos quién y cuándo, sospecho que en los años setenta, dejó de pasar la antorcha, la verdadera, de superación y cambio. Todo apunta a que es precisamente a través de la misma educación, cacareada todo el tiempo como sacrosanta solución, que hemos llegado a esa tremenda platina mental.

Por desgracia, si es que nos damos cuenta, la aguantamos porque “diay qué se le va a hacer”. Con la punta del iceberg a la vista, entre todos hacemos la vista gorda respecto de las causas profundas: un sistema educativo de auto-alabanza y de mutuo-bombeteo. En vez de salir a flote, se esconde ardorosamente la masa. Pero el titanic nacional avanza. Todos contentos.

Aquí, uno, decano de los tontos, dando declaraciones al dedo…: eso de continuar la dizque independencia a base de tambores… ¡tremendo, trágico y triste! Viviendo cerca del colegio Vargas Calvo, antes tuvimos que doblegarnos doblemente. Solo rivalizan, en ruido, con ese insolente tren…. En vez de poner barrera… ¡como Dios manda!

Primero, perdonen: países como Francia y España no tienen un día de “independencia” por no haber tenido que liberarse de otro. Luego, por supuesto nada cabe oponer a un día nacional, como celebran ellos; aquí, desde luego, sin ese deprimente sello militar de ellos.

Pero por favor: aquí, antes, durante y después de la celebración de la “independencia” estuve pensando en El tambor de hojalata, la tremenda novela-denuncia, donde Günther Grass describe el proceso de un niño que no quiere crecer. Perdonen: así nos pasa.

¿Cómo hacer? Que ojalá nuestro pensar sea más poderoso que toda esa farándula externa de antorcha incluida. Además… en vez de prolongar esa tremenda dizque terapia de tambores, propongo entablar discusión hacia variedad en instrumentos y modalidades. Pues sí: que nos abracemos, bailemos y cantemos… y así hasta agotar las letras del alfabeto.

Que vengan montajes temáticos-teatrales: de cómo la creación de nuestra Cartago, a mediados del siglo XVI, en realidad fue por nicaragüenses. ¿Estábamos tan abandonaditos por nuestros colonizadores españoles? De cómo fue que nos dimos al coqueteo con Iturbide, de México y así juntarnos con otros buscando liberarse del yugo.

Morazán, hijo afrancesado de otras tierras centroamericanas, celebrando igual la libertad… ¿por qué te arrinconamos en una esquina del Parque Central para pegártele poderosos balazos? ¿Todos los militares son malos, requetemalos? ¡Bueno, de esos Walker y tales Tinoco, se lo pedimos, líbranos Señor!

Pero me temo otra tremenda tremolina de tambores; por ello, aquí abogo por evocaciones temáticas. Tópicos no faltan; cuestión de ponerle ganas. Por educación de calidad, honestidad, salud pública. Contra las drogas, a favor de mejor manejo vial entre todos en vez de muertos y moribundos en masa mayor, cada día peor.

Por humanismo, inserción de CR en los mercados nuevos. De repente me acuerdo de celebraciones nacionales, nunca nacionalistas, en mi juventud europea, allí, cerca de otro mar: Margarita, mi modesta participación en coros, en testimonios teatrales, en evocaciones épicas, como esa batalla del año 1302, de gente de a pie, contra caballeros a caballo. Dos veces también participé en la procesión histórica, la del “graal” y la sacra sangre, allá en Brujas-de-Flandes.

Pero pareciera que, por pereza pienso, aquí aquel magno evento de la in-dependencia mayoritariamente se entiende como otra ocasión de tomárselo “suave”, de ganar, grandes y chicos un día libre más, ojalá con “puente” hacia un feriado largo para largarse… ¡Pero profe, poderoso paseo nos permitimos, de postre!

En lo personal, pienso en otros procesos libertarios latinoamericanos: Chile (donde me robaron el corazón), el 18 de setiembre ¡cantando celebra su independencia! “Puro Chile… es tu cielo azulado… copia del Edén”… ¿In-dependencia?  Corre el chisme, la chota, que allá, a Arturo Prat (el Juan Santamaría de ellos) le salió el grito: ¿quién me empujó?

Pero al contrario de tremendos tambores, a contrapelo de nuestro necio narcicismo, allí no se palpa tanto cotorro corto: prevalecía el culto a la apertura y a la acogida. También a mí me cantó, ella: “y verás cómo quieren en Chile… al amigo cuando es forastero”!

Que no nos majen la mente, no nos reduzcan al reducto redondo de este valle. Dejemos esos tambores, levantemos la mirada más allá de nuestros montículos mágicos… En San Pedro hay… montes de problemas; ¡Limón y Puntarenas también forman patria! ¿no seremos capaces ya de concertar criticidad? Profe, ¿me presta el lápiz, profe? (anécdota auténtica) ¡pensar produce pereza!…    (valembois@ice.co.cr)