Víctor Valembois. Escritor y Catedrático universitario.

Pienso en grandes hombres, actuales, vivos. No me interesa ni pizca si amasaron dinero ni si tuvieron “éxito”, sino cómo forjaron su vida, cómo escogieron ser los profesionales que fueron, de qué modo procuraron ser felices, ojalá contagiando esa necia necesidad en todos.

Nos guste o no como escritor, aquí voy divulgando lo que aprendí a valorar en el ser humano: Mario Vargas Llosa: supo ser fiel a su vocación; la consolidó y ahora cosecha los frutos. No se ha robado ni la plata ni los honores. En la dimensión humanista, universal, postulo que mucho podemos aprender de él. Va mi escueta justificación, al respecto.

Tomo como guía su “La orgía perpetua”, importante clave interpretativa que él nos entrega, centrada en su lectura de Madame Bovary, la novela de Flaubert, pero que aquí apenas si lograré levantar una punta al velo de su gran personalidad (y de paso su calidad al escribir.

Menciono primero la propia conciencia de búsqueda, de don Mario, hijo de Arequipa, segunda ciudad de su país, con gran caudal colonial, pero aparte de su rivalidad con Lima, de escasa vocación mundialista. A, ese don Mario pareciera que la disciplina, el rigor, lo sistemático y… la perseverancia que, mediante el arte lo forjó como cosmopolita.

Nació en 1936, que a los europeos como directamente se asocia con el inicio de la guerra civil española y antesala de la Segunda Guerra Mundial. Pero su vocación nace desde su persistente afán de lectura, abriéndose los ojos, desde ese rincón relativamente alejado.

A partir de allí, él mismo evoca “ese círculo heterogéneo y cosmopolita” con una “pandilla de fantasmas amigos, entre otros: d´Artagnan, David Copperfield, Jen Valjean, el príncipe Pierre Bezukhov, Fabricio del Dongo, los terroristas Chen y The Professor, Lena Growe y (…) Emma Bovary”: vaya listado universal, amplio, de cantidad de orígenes mentales…

Comenta él: entonces ya no buscaba las historietas, sino lo que había escrito el señor Dumas. Leí todas las series: Los tres mosqueterosVeinte años despuésEl vizconde de BragelonneMemorias de un médico. Leer ya en esa época fue algo mucho más que una diversión, porque era lo que a mí me llenaba el mundo, que se había vuelto muy vacío.”

¡Invito a mis lectores a ubicar a esos héroes literarios! Constatemos, además, con vergüenza que acostumbramos reducirnos a hombres y mujeres de aldea… Llámese Costa Rica, Nicaragua, Chile o Bélgica! Pese al internet y nuestro celular: en vez de crecer abriéndonos, ¡nos empequeñecemos! La mediocridad nos circunda, nos arrolla y… muchos nos acostumbramos a la flojera y la mediocridad.

¡Ojalá, a diario pasemos a abrirnos los ojos! En Vargas va, en seguida, el salto al que la mayoría de gente en mi entorno no se atreve, no por miedo a los aviones, sino porque muchos se han acostumbrado, qué digo: enclaustrado entre los reducidos miembros de su ghetto (vocablo que prefiero guardar con esa grafía.

Pero, entre pocos, el nicaragüense Darío y el peruano Vargas Llosa se atrevieron finalmente al salto: nada de esnobismo, sino voluntad y ahínco por profundizar más allá de la falda de la mamá, el borde del lago de Nicaragua o el Cocibolca. ¡Lo recomendó Cristo: ¡métanse, aguas adentro!  Nos paraliza demasiado el gregarismo que percibo a diario.

A los 23 años, apenas con cuatro perras, sin trabajo, don Mario cruzó el gran charco. Y de inmediato -a constatación de él, relevo de pruebas, constata que los europeos, entre otros esos franchutes tan chovinistas, ya habían descubierto la literatura latinoamericana, leyendo a Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Gabriel García M. y otros.

Cito: “es pues gracias a mi estancia afuera que le descubrí otras caras a América Latina, fuera de los problemas comunes, los golpes militares, las guerrillas, los sueños libertarios. (…) allá que comencé a sentirme escritor peruano y latinoamericano.”

Impresionante, la apertura cosmopolita desde una relativa aldea hacia el mundo global: en el mismo libro compara, por ejemplo, prefiriendo Tolstoi a Dostoievski. Lector asiduo, trabajador constante: Vargas Llosa ahora cosecha; nunca hubo “almuerzo gratis”.

 ¡Gracias, don Mario: su novela universal contiene ingentes descripciones de esa mini ratonera -entre otros “Trouville” (literalmente: ciudad-hueco)- que era el entorno en que esa Emma desdichada, irreflexiva pero jamás cobarde ni acomodaticia, soñó y sufrió…

Se fue estrellando y según la descripción tan meticulosa como despiadada, tuvo una horrible agonía. Pero habiendo vivido más allá de la “mecanización y el encanallamiento” (¡textual, si señor, p. 24 de mi edición) que el dúo Flaubert y Vargas Llosa nos invita a desenmascarar, ambos con varios años de redacción, revisión y ¡perseverancia!

Dichoso trabajador consecuente, ese don Mario, el hombre. “Mañaneando tempranito” como recomendaba el viejo Figueres nuestro, no andando tantas veces con apariencias como observo a muchos, alrededor. O, confesemos, ¿nos refugiamos en la comodidad, la modorra y la rutina?

¡No le tengamos miedo -hermanos en el mundo- a trabajar y trabajar! El peruano cuente que tuvo hasta siete oficios en pedacillos (en mi caso, recuerdo claramente cuatro para lograr lo que uno es ahora). La constancia… no es la mayor virtud de la mayoría de nosotros.