Víctor Valembois: Me río en el río (ma non troppo)

Contra los murmuradores que creen que el embeleso constante en algo cambia la realidad: en el mar desembocan todi-ticos los ríos. Duele constatar cómo este pueblo resulta demasiado acostumbrado a la polada del auto-engaño: sé que me engañas… pero ello me consuela…

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Víctor Valembois. Escritor y Catedrático universitario.

Este valle intermontano demasiado vive en polada autosuficiente. Con sendos escritores quiero abrir horizontes cosmopolitas. A lo Manrique (español), invito a soñar, grave: “nuestras vidas son los ríos que van a dar al mar…” Esa temática, nuestra Emilia Macaya la retoma simbólicamente con la reciente y premiada novela Más allá del río.

Mi amigo Juan Sebastián Bach, cuyo nombre remite a riachuelo… desde su botecito, nos lleva por grandiosos meandros musicales. Pero a nosotros, en torno al agüita de la quebrada, nos falta lo épico, lo poético, lo romántico; pienso en esa oda al majestuoso Rin, casi himno nacional alemán: “Me enamoré locamente en Heidelberg…”. Enamorado igual, a Guillaume Apollinaire lo pillamos, evocando el puente Mirabeau, sobre el Sena, en París: todo francés culto lo cita.

¿Qué sería España sin el Duero de Machado y Unamuno? Toledo, al margen del Tajo, en parte por su pronunciado meandro, históricamente resultó un crisol de culturas: la árabe, la cristiana y la judía. Tampoco sería lo que es la península ibérica sin el Guadalquivir (nombre árabe).

En el Viejo Continente, la mayoría de ríos resultan hondos, navegables, de invitación transnacional. Rusia no nos induciría a soñar en grande sin su majestuoso Volga, con más de 1000 km. El francés distingue claramente “rivière” (“río” con derivados, como “riachuelo”, arroyo, cañada, quebrada, etc.), versus “fleuve”: esos verdaderos brazos de mar, en plena tierra, muchas veces origen de magníficos puertos trasatlánticos: pienso en la hansa medieval, de Escandinavia a Venecia.

Evoco aquí también el Leie, en mi neerlandés; “Lis”, en francés, a los márgenes del cual, desde su origen en Francia, todavía florece… “la flor de lis”. Por mi pueblo belga, en Kortrijk, resultó una formidable fábrica química para el lino, crecido por allí y tratado naturalmente por el paso natural de ese mismo río, “golden river”, en más de una referencia bibliográfica.

En nuestro Nuevo Mundo… pienso en el Orinoco y el Amazonas, poderosas vías de navegación, es decir de intercambio de personas y productos. El Magdalena, el río más grande de Colombia, antes de tener el aeropuerto de Bogotá, fue la vía de entrada, bien adentro del país. Va un homenaje al Calle Calle, portento sureño chileno, por donde yo pasaba a diario a dar clases.

Cosmopolita por mi propia biografía, quisiera dar un brinco hacia Yucatán, México. En Las dos orillas. Carlos Fuentes lo señala: allá, ríos visibles no tienen, sino “un panal de flujos subterráneos”. Incitan a soñar.

En nuestra Centroamérica, pienso en el Lempa, en El Salvador. El San Juan habría podido ser un poderoso brazo de hermandad entre dos pueblos, pero astutos los del norte (entonces, muy condicionados por los gringos) no nos permitieron también por allí, acceso al Caribe.

Tenemos un nombre de país que evoca el mar, pero históricamente nos enclaustramos. En los años 70, con doña Hilda Chen Apuy fuimos en avioneta a San Carlos…. ¡todavía no había carretera de unión con la capital, San José! La gente allá…. tenía la foto de Tacho Somoza en la pulpería…

Pues… ¿qué más constato, comparativamente, por aquí? El Barranca tiene una mini-longitud de 61,7 km; desembocando en el Pacífico por Puntarenas. En mi entorno, riachuelos y vados no faltan, estrechos, como las mentes locales: el Ocloro, el Chiquito, Chagüite, Bosque…

Ya un poco más grandes, entre otros van el Torres y el María Aguilar. Este vierte sus aguas en el Virilla, que a su vez desagua en el Tárcoles: ¡Mamma mia mamarracho: cloaca al aire libre, basurero móvil donde antes había cristalinos ríos! Jacques Sagot escribió un estridente artículo al respecto: Carta para la señorita Emma Stone (11.3.2017).

El Reventado es consecuencia del gran terremoto del 4 de mayo 1910 en Cartago: nada navegable resulta. El Reventazón y otros pocos por lo menos tiene atractivo turístico. Belleza, los canales, por Tortuguero. Pero en general, uyuyuy bajura: los ríos no nos sirven de vías de contacto, nada navegables, refuerzan la estrechez aldeana que se respira.

¿Tres Ríos? Arroyo, arroyuelo, cañito, canalito, riachuelo… hasta topar con cerca….  ¿Río? Lo que se llama río, …. pues casi no hay… Ello, pareciera marcó el país: su mentalidad de no atreverse más lejos, más en grande. A la ciudad de Passau, en Alemania, pegadita a Austria, también le llaman «Dreiflussenstadt» osea: ¡otra «ciudad de tres ríos», otro mundo!

Enorme, allí, el Danubio, imponente, navegable: internet primitivo, secular, entre los pueblos de allá. Con perdón del romántico Strauss: nada azul. Magnífico, el majestuoso ejercicio del colega Claudio Magris: con su “Danubio”, portento de libro ameno, nos lleva, recorriendo los casi 3000 kilómetros de esa portentosa vía fluvial, desde su origen, cerca de donde también nace el Rin hasta desembocar en tremendo delta por el Mar Muerto. Antropología fluvial, en grande.

Angustia. Cada vez que paso por el «puente de los incurables»… sigo pensando (vicio, también incurable, el mío…): ¡qué revela – mejor dicho: ¡qué esconde- ese nombrecito nada inocente, ronco revelador más bien! What´s in a name: ¡desde Stratford-on-Avon (otro río) lo sigue repitiendo Shakespeare!).

Por Diosito santo, ¡que no se tiren al río -el de la desesperanza-, los viejos, allí por Guadalupe! Con frecuencia aquello ocurría por otro puente, el de los Anonos, sobre el Tirribí, profundo pero abajo… otro riachuelo insignificante, carretera vieja a Escazú.

Pues… en ese pueblo demasiado hermético, enrevesado en sus meandros mentales, al nuevo presidente, un Chaves nada deschavetado (ya lo describí -al juglaresco modo mío- en un comentario cosmo-polita anterior), pifias aparte, le salió de repente un torrente duro pero pertinente:

Tenemos desafíos históricos con el manejo de nuestras cuencas de ríos. Desafortunadamente, hemos invertido muy poco en alcantarillado

y tenemos demasiada contaminación de nuestros ríos.

Aquello no fue en cualquier esquina local, sino en Davos, Suiza, ¡en reunión de copetes encopetados! Quién sabe si le perdonarán las almas mojigatas del país. Casi doscientos leñazos le llovieron, comentarios en La Nación (25.6.22). Que la ropa sucia se lava en casa, qué pecado, que este país bonitillo, ¡un vergel, réplica del Edén! La perfección, poco menos…

Francamente, demasiado acostumbrados estamos al auto-y-mutuo bombeteo: I scrab your bag, you scrab mine… y quedos todos, ¡calladitos, más bonitos! Pues sí, un tanto egocéntrico, el nuevo presi. Pero su principal “defecto” pareciera ser habla claro, hasta tajante. Señaló que “estamos llegándole al tema de una manera muy técnica”. Adelante: esa es la vía.

Vade retro pusilánimes no viendo más allá de su ombligo salpicado. Toca un punto sensible; ya el excelente Jorge Vargas Cullell, en su semanal columna retoma el punto: “…los ríos como botaderos de la basura a cielo abierto” (La Nación, 26.5.22)

En río revuelto… voy más lejos. Ahora, a lo Lorca…. “yo me los llevo al río”. Señores, señoras, señoritas: ¡agua va!, nada mansa. Pues sepamos, que cierta agüita ya nos llegó más allá del cuello, qué va, hasta el copete: el año pasado nuestro endeudamiento terminó por encima del 68% del PIB. ¡Aguas bravas van! No nos refugiemos en el bíblico “de esa agua no beberé…

Contra los murmuradores que creen que el embeleso constante en algo cambia la realidad: en el mar desembocan todi-ticos los ríos. Duele constatar cómo este pueblo resulta demasiado acostumbrado a la polada del auto-engaño: sé que me engañas… pero ello me consuela…

¡Al agua, patos! El que no se tira… no pasa el río. Dejemos de hablar tanto a medio río (costumbre… ¿solo herediana?…) ¡Crucemos! Cortos de vista… puede que lo seamos todos, pero esforcémonos, monos incluidos, a tener mente cosmopolita.

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