Dennis  Meléndez Howell.

La expresión “viendo pal ciprés” es auténticamente costarricense y, como dicen muchos visitantes, sólo un tico entiende sus diferentes matices. Por ejemplo, hace algunos años el presidente Luis Guillermo Solís dijo: “este Gobierno no está viendo para el ciprés”, con lo cual increpó a sus detractores, quienes lo acusaban de no estar haciendo nada.

De igual forma, cuando renunció el anterior entrenador de la selección nacional de fútbol, algunos medios publicaron la noticia de que “Wanchope dejó a los dirigentes de la Federación viendo pal ciprés”, con lo cual más bien lo que se insinuaba era que los dejó plantados y sin saber qué hacer.

Una panameña comentó en un blog “Cuando viví en Costa Rica me encantó enterarme que uno –cuando está de ocioso– está “mirando para el ciprés”, que les cuento es mucho más agradable que “mirar pal techo” como hacemos aquí (en Panamá)”.

Una variación que se usa en Guanacaste es “viendo pal icaco” (es más fácil encontrar un árbol de icaco en Guanacaste, por ser de clima caliente, que un exótico ciprés, de clima frío o templado.

La expresión tiene muchos otros matices, como lo demuestran los siguientes párrafos que se extraen aleatoriamente de Internet:

  • “Lo que vimos hoy en Física me dejó viendo pal ciprés”. No entender nada.
  • El tutorial del programa se ve increíblemente intimidante, porque es enorme y trae un poco de varas que uno se queda viendo pal ciprés”. “Justo el otro día que estaba en la escuela viendo pal ciprés, de pronto me percaté que hay una caja en el aula llena de catálogos.” Estar desconcertado o simplemente no tener ni idea de lo que está pasando
  • “Si espera que el gobierno les arregle todos sus problemas, se va a quedar viendo pal ciprés.” Perder la esperanza de que algo se haga.
  • “Me llegó el rumor de que esa empresa agarró los chuicas[1] y la pintó de colores, y dejó a todo el mundo viendo pal ciprés.” “La firulifa se jaló sin decirme nada y me dejó viendo pal ciprés.” Dejar a alguien plantado o estafarlo:
  • “En este torneo, ningún equipo la va a ver, porque Saprissa los va a dejar a todos viendo pal ciprés”.
  • “Con compañeros como vos hay que estar “en todas” porque si no nos dejás viendo pal ciprés. Acaparar todo, dejar a los demás con las ganas de algo
  • “Los ladrones saquearon su casa y los dejaron viendo pal ciprés.” Dejar a alguien sin nada.
  • “Cuando me dieron la noticia de que el avión se había perdido me quedé viendo pal ciprés.” Quedarse anonadado, ido, perplejo.
  • “En esa foto, el niño posó para la cámara, pero el papá estaba viendo “pal’ ciprés”. “Ese gol lo metieron porque el defensa estaba viendo pal ciprés”. Estar distraído.
  • “Precisamente cuando venía el final de la película se fue la luz y me quedé viendo pal ciprés. Quedarse con la duda o con la intriga de algo.

¿DI´ONDE VIENE?

La única referencia que tuve alguna vez sobre el origen de este costarriqueñismo, fue la que le escuché al poeta y escritor José Sánchez, cuyo argumento sirve de base para el cuento histórico incluido en este ensayo. He consultado a muchas personas, quienes, sin excepción conocían la expresión, pero nunca oyeron ninguna versión sobre su origen.

 

CUENTO HISTÓRICO[2]

Amadeo Barrantes, vecino de San José de Alajuela, había conocido a Lola Arias, oriunda de Santa Bárbara de Heredia, el 26 de julio de 1924. Amadeo tenía, en ese entonces, 19 años de edad, mientras que Lola no llegaba a los 16.

Don Arturo, el papá de Lola, la había llevado, con su madre y sus seis hermanos menores, a las fiestas de San Joaquín de Flores, que eran famosas porque se habían convertido en el punto de encuentro social entre familias alajuelenses y heredianas. No fueron pocos los matrimonios que se concertaron en dicho lugar pues, como decía don Arturo, los matrimonios surgidos de un mismo pueblo, estaban malditos. –”Vea cuantos idiotas se han prohijado cuando se casan entre la misma parentela” – comentaba en la saca de don Simeón, en donde se reunían varios amigos a tomar contrabando, los domingos por la tarde, y aunque no lo reconocía abiertamente, sentía que Lola ya estaba en edad de merecer.

Aquél recorrido, de casi 6 kilómetros, se hacía en carreta, la cual, como era la costumbre, se adornaba con cadenas de papel amarillo y blanco y a los bueyes, se les engalanaba con ramas de uruca, en sus lomos, y cintas de colores, en los cuernos. A diferencia de otros paseos en carreta, en ocasiones como esta, no se llevaba almuerzo, pues el atractivo era participar en las chanchadas, o sea, las ventas de comida preparadas con la carne de los chanchos que se mataban desde el día anterior, y que se vendían a precios cómodos: chicharrones, frito de menudos, maíz con cabeza (que años después pasó a llamarse pozol), arroz guacho con tocino, el infaltable chorizo, los cubases tiernos con patitas; a más del plato estrella, frijoles blancos (en aquel entonces se traían de Panamá) con costilla.

Amadeo, con dos de sus hermanos mayores y dos amigos de La Garita, como era su costumbre desde tres años atrás, también vinieron a las fiestas. En esta ocasión, habían conseguido bestias prestadas por su tío, lo que resultaba mucho más práctico, aunque más duro, que hacer el viaje en tren desde el centro de Alajuela. Se cruzó miradas casualmente con Lola en la misa de tropa, que era el acto más solemne de la festividad. Como lo exigía el recato, Lola apenas lo miró fugazmente y no pudo disimular su sonrojo, señal inequívoca de que aquel muchacho le había despertado interés. Amadeo la siguió toda la tarde y aprovechó un momento en que ella se separó unos pasos del grupo familiar y le entabló una monosilábica conversación. Ella le contó dónde vivía, pero que si quería hablar con ella, debería conversar primero con don Arturo, y tenía que ser en su casa, en Santa Bárbara.

Fue así como, el sábado de la siguiente semana, se puso sus galas de dominguear e hizo el viaje a caballo hasta la casa de Lola. Fue un triunfo que don Arturo lo recibiera, pero finalmente, y no sin antes poner miles de peros y condiciones, accedió, a regañadientes, a recibir a aquel joven para que visitara a su hija. Su instinto le dijo que era de buena y piadosa familia y con planes serios acerca de su futuro y el de su hija.

Durante más de un año, Amadeo visitó a Lola en su casa, puntualmente, un domingo cada quince días, y estrictamente entre las 11 de la mañana y las 3 de la tarde, condición impuesta por don Arturo. Y si accedió a que fuera a partir de las 11, era para que asistiera con la familia a la misa de 12. De mutuo acuerdo entre los novios, decidieron que se casarían el año siguiente, el 4 de abril, fecha en que Lola cumpliría los 17 años. Desde entonces, comenzaron los preparativos: Lola en alistar su ajuar y planear la fiesta. Amadeo en construir la casita, en un terreno que su padre le había cedido, con algunas plantaciones de café y caña.

Desde diciembre de 1925, circuló el rumor de que, se estaba organizando un viaje de excursión en tren a Cartago. Saldría de Alajuela y haría paradas en San Joaquín, Heredia y Santo Domingo. El objetivo era recaudar fondos para la construcción de un asilo de ancianos en Cartago. La iniciativa desató mucho entusiasmo y fueron muchos los que adquirieron tiquetes para poder ir a pagar sus promesas a la virgencita de Los Ángeles. Para la mayoría, era hacer un viaje que podrían recordar toda la vida. A pesar de que el boleto era caro, 12 reales, era algo que valía la pena. En total, se calcula que entre las cuatro estaciones, se vendieron más de 1200 pasajes. La fecha programada era el 7 de marzo.

Una semana antes del tan esperado día, voceros de la Northen anunciaron que, dada la gran demanda que había tenido la aventura, no les sería posible disponer del equipo suficiente para cumplir con la fecha del 7 y que, a cambio, se realizaría el 14 de marzo. La gente lo aceptó con resignación.

Amadeo y Lola consideraron que aquella sería una linda oportunidad para ir a encomendar su pronto matrimonio a la virgen, lo cual, estaban seguros sería la mayor bendición que podrían recibir y les garantizaría, tener muchos hijos. No fue fácil convencer a don Arturo, quien puso como condición que su esposa, Luzmilda y dos de sus hermanos, los tendrían que acompañar.

Cuatro vagones saldrían a las 7 de la mañana de la estación de Alajuela, frente al monumento a Juan Santamaría, y haría una parada en San Joaquín de Flores, para recoger unos 100 pasajeros que se habían enlistado allí y, a las ocho, recogería tres vagones más en Heredia, haciendo una última parada a las nueve, en Santo Domingo.

Amadeo tomaría el tren en Alajuela, mientras que Lola, su suegra y cuñados, esperarían en San Joaquín. El plan estaba cuidadosamente estudiado. Si no lograban verse en la estación de San Joaquín, lo harían en Heredia o en Santo Domingo.

Llegado el día, Amadeo estuvo muy temprano en la estación y logró subir al tren sin contratiempos. Claro que, contrario a lo que se había dicho, la Northen envió solo tres vagones a Alajuela, lo que hizo que éstos se llenaran hasta reventar, con gente no solo en los pasillos, sino en las escaleras y balcones. ¡Parecían latas de sardinas! La gente no podía ni mover los brazos.

Puntualmente, el tren partió a las 7, dejando una importante cantidad de disgustados parroquianos que no pudieron subir.

Al llegar a San Joaquín, desde la posición privilegiada que había logrado conseguir, en un asiento junto a una ventana, Amadeo pudo ver a su prometida acompañada de su futura familia política. Se hicieron señas y Lola y su familia se dirigieron a los vagones traseros. Amadeo no las volvió a ver, pero se imaginó que habían subido al tren. Lo que no le pasó por la mente fue que, a lo sumo unos veinte suertudos y osados pasajeros, lograron abordar, a empellones, mientras que más de 80 quedaron en tierra. Entre ellos su novia y familia. El tren iba atestado.

El viaje continuó hacia Heredia, en donde engancharon tres vagones más, pasando los de los alajuelenses al final del convoy. Aquel trasiego de vagones, más la imposibilidad material de moverse, impidió que Amadeo intentara, siquiera, dejar su asiento para ir a buscar a sus acompañantes.

El último carro era el más lleno, y como decíamos los chiquillos en nuestros tiempos de encumbrar papalotes, “tenía la cola sobrecargada”, por lo que fácilmente coleteaba y hacía que el tren se ladeara peligrosamente. Era tal la cantidad de pasajeros que el conductor decidió omitir la parada en Santo Domingo.

Para evitar incidentes, el tren tomó mayor velocidad y pasó derecho en esa estación, dirigiéndose, más rápido de lo normal, hacia la bajada al Virilla. Los vagones se movían inquietantemente hacia los lados. Al llegar al puente Negro, que une Santo Domingo con Colima de Tibás, los tres primeros vagones entraron sin problemas en la estructura, pero el cuarto, se inclinó hacia la izquierda y su parte superior golpeó la estructura del puente. En un segundo, los tres vagones de adelante se desprendieron y atravesaron al otro lado, mientras que el cuarto se atravesó sobre la línea. Los dos últimos se comprimieron como cajas de fósforos y cayeron al vacío.

Aquellos instantes de terror y confusión fueron fatales. Todo fue gritos y llantos. Muchos pasajeros cayeron entre las piedras y el cauce, mientras que, los más, quedaron atrapados entre los escombros retorcidos. Casi 300 muertos y cerca de 100 heridos, varios de los cuales murieron en los siguientes días.

En la estación de San Joaquín, ignorantes de lo ocurrido, los decepcionados pasajeros no se resignaban a que no los hubieran recogido. Los administradores de la estación les decían, para calmarlos que, se iba a organizar otra excursión para el domingo siguiente.

Lola, su madre y sus dos hermanos, emprendieron el viaje de regreso a pie hacia Santa Bárbara, más que compungidos y decepcionados, pero sobre todo con la incertidumbre de qué haría Amadeo cuando se diese cuenta que ellos no habían logrado abordar el tren.

A media tarde, empezaron a circular los rumores de que algo grave había sucedido al tren. Se decía que se había caído, con todo y puente, al cauce del río Virilla y que, quienes no habían muerto, estaban heridos. La conmoción fue terrible. Varios vecinos del pueblo habían logrado abordar el tren. Nadie sabía nada de la suerte corrida por sus familiares y amigos.

Lola entró en un choque de desesperación y lloraba inconsolablemente. En vano fueron las esperanzas que trataron de infundir en ella sus padres.

El lunes, don Arturo y otros vecinos tomaron las bestias y se fueron para Alajuela, en donde, se decía, habían llevado a la mayoría de los muertos, cuyos cadáveres habían logrado ser rescatados. Lo que encontraron en la estación fue dantesco: cadáveres apiñados en andenes y salones, mientras cientos de personas escudriñaban entre ellos en busca de sus familiares.

Al rato, vieron por allí a uno de los hermanos de Amadeo. “Esta mañana encontramos el cadáver de Amadeo”, –dijo. “Mañana a las 9, lo enterramos en el cementerio de Las Ánimas”. Don Arturo, con uno de sus hermanos, se fue para San José a la casa de los Barrantes, en donde acompañaron a la inconsolable familia, durante la vela, el funeral y entierro el día siguiente. Luego, regresaron a Santa Bárbara, adonde llegaron pasadas las dos.

No pudieron ocultar la realidad a su hija quien, en aquel momento, echó a reír de manera desconcertante. Luego, empezó a decir frases incoherentes y a hablar con Amadeo. Le contaba sobre la cotona que le había mercado su padre en Alajuela; que para la fiesta de la boda iban a matar un chancho; que ya habían contratado unos músicos de Heredia. Y así desvarió durante muchos días.

Poco a poco, fue cayendo en una profunda depresión, hasta que, un día de tantos, ya no habló más. Solo quedó con la mirada fija y la mente perdida. A duras penas, doña Luzmilda lograba que comiera algo y a poquitos. Todos los días la sacaban al corredor, en donde se sentaba en un escaño, con la mirada fija en el ciprés que había frente a la casa.

Cada vez que alguien preguntaba por Lola, la respuesta era la misma: –“idiay, siempre viendo pal ciprés”–.

La gente adoptó aquello como una frase cliché. Cuando alguien hacía planes muy optimistas, le advertían: –“mejor no soñés tanto, porque te puede pasar las de Lola y ¡quedarte viendo pal ciprés!” Lola Arias murió de anemia y debilidad, o de cabanga, como decía doña Luzmilda, dos años después. De su historia, el quedarse viendo pal ciprés le ha sobrevivido casi un siglo, aunque ya nadie relaciona la frase con ella.


[1] Chuica es una pieza de ropa vieja. En sentido figurado, los chuicas significa las pertenencias de alguien.

[2] El argumento base de esta historia lo escuché de don José Sánchez, renombrado poeta de Curridabat, muy amigo de mi padre, quien orgullosamente se declaraba indio puro huetar. Viviendo él y nosotros en Barrio México, nos visitaba con frecuencia. A principios de los años 60, tenía ya 94 años, y a esa edad, conservaba una prodigiosa memoria. Solo los nombres y algunas circunstancias secundarias los he añadido para contextualizar la historia. La tragedia del Virilla es verídica y la historia de Lola, a su decir, también.

 

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Por Dennis Meléndez

Dennis Meléndez Howell. Graduado en Matemáticas y Economía, por la Universidad de Costa Rica. Magíster en Ciencias por la Universidad de Chile, con especialidad en Desarrollo Económico. Doctorado por la Universidad de Duke, Carolina del Norte (USA), Master in Arts en 1987, y el Ph. D. en Economía, con especialidad en Comercio Internacional y Teoría Monetaria. Inició su carrera como economista en el Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS). Economista de la firma Consejeros Económicos y Financieros S.A. (CEFSA). Gerente del BANHVI y posteriormente el de Gerente General del Banco Cooperativo Costarricense. Fue Director del Instituto de Investigaciones en Ciencias Económicas de la UCR y Director de Estudios Económicos del Fondo Latinoamericano de Reservas. También se desempeñó como Regulador General de la República.