Rodrigo Madrigal Montealegre. 

Siempre que se habla de ins­taurar un “gobierno provisional” me viene a la memoria el episodio aquel de Pancho Villa, cuando le pregunta­ron qué debía hacerse con unos pri­sioneros; después de reflexionar un poco, contestó: “Provisionalmente… me los fusilan”.

Recientemente, el tema ha vuelto a gastar tinta de titulares, lo mismo que el rumor intermitente de un golpe de Estado; ambos son tan absurdos que provocan hilaridad, pero no dejan de causar daño a nuestro sistema institucional.

En primer lugar, en lo que a la ruptura temporaria del orden constitucional se refiere, hay que considerar que lo provisional suele correr el riesgo de durar toda una vida y que un mandato transitorio podría postergarse y perpe­tuarse indefinidamente.

En segundo lugar, todo gobierno colegiado -como el triunvirato romano, el consulado francés o la troika ru­sa- suele degenerar en un proceso eliminatorio en el que las riendas del poder vuelven a quedar en una sola mano; se aplica, entonces, el proverbio de que entre más cambia, más vuelve a ser lo mismo.

Finalmente, quienes conserven un poco de sensatez política deben darse cuenta de que nuestro país está lejos de ser la ínsula de Barataria que se presta para fanta­siosas y extravagantes aventuras y que, en este caso el re­medio resulta peor que la enfermedad.

En lo que al golpe de Estado se refiere, no es cuestión de soplar y hacer montoneras, ya que se requieren muchas condiciones para llevarlo a cabo.

En primer lugar, es necesario domar el espíritu de to­do un pueblo para el cual la libertad es como la sal de la tierra y haría falta el caldo de cultivo de una crisis social profunda y generalizada que propicie la aplicación de la “manu militari”.

Tendría que existir, seguidamente, un desequilibrio de fuerzas políticas y sociales que sea de tal magnitud, que le asegure el triunfo a una de ellas, pues la secuela sería una guerra civil y una victoria muy pírrica.

Haría falta, para concluir, el protagonista de la pieza, el galán de la comedia; es decir, el hombre providencial, el Bonaparte cubierto de gloria, el conquistador de las Ga­lias que atraviesa audazmente el Rubicón; pero en esto nos quedamos cortos, pues a lo que más se podría aspirar en este género de personajes, es a algún césar de carnaval con delirios de grandeza.

La democracia, como la entendemos nosotros, no es un simple andamiaje institucional que se pone y se quita al capricho que inspira la ambición; la democracia es toda una forma de vida que palpita en el fuero interno de un pueblo entero; es el reflejo de su manera de ser, de sentir y de existir; no es sólo el funcionamiento de un sistema de gobierno, es el proceder y el tipo de relación que se da en el seno de toda una sociedad.

Todo esto no se puede borrar con el plumazo de un decreto, ni con el gesto amenazador de una vaina vacía; no es difícil fusilar unos prisioneros a lo Pancho Villa, pero no es tan fácil y resultaría algo peor que un crimen tratar de hacerlo con nuestra democracia, aunque sea provisionalmente.

Rodrigo Madrigal Montealegre
Académico, Politólogo, Ex Viceministro de Cultura.

La Nación, diciembre de 1980