Vilma Camacho Víquez: Traición a la patria

Sin embargo, tengamos esperanza de que, a pesar de tanta corrupción, aunque escasos, todavía habrá quienes hayan procurado inculcar principios en sus hijos para que puedan asumir la noble misión de ofrecer sus mejores valores a esta bella patria que los vio nacer.

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Vilma Camacho Víquez, Abogada y Notaria

Hoy Costa Rica solloza y llora. ¡La han traicionado sus propios hijos, y eso duele, hiere profundamente!

¿Dónde quedaron los valores y principios que nos inculcaron nuestros ancestros? ¿Dónde el respeto a los bienes ajenos y sobre todo a los que pertenecen a nuestra patria?

¿Cómo es posible que quienes debían haber custodiado celosamente las arcas del Estado, las vaciaron sin misericordia, privando así de fondos a obras destinadas al mejoramiento de la calidad de vida de todo nuestro pueblo, sobre todo en estos tiempos de pandemia donde el desempleo y el hambre campean en nuestro medio? ¿Cómo, ante la muerte de tantas personas, ocasionada por el virus que nos acecha en cada esquina, donde tantas familias, afrontando sus más crudas necesidades, muchos carentes de lo más mínimo para sobrevivir, lloran a sus seres queridos, mientras otros, que nadan en la abundancia, producto de sus oscuros negocios, “reparten pobreza” con los fondos del Estado?

Estamos viviendo una de las peores pesadillas con actuaciones que mancillan el nombre de Costa Rica, la corrupción desbordada como lava hirviente que se desliza arrasando a su paso todo lo que encuentra en el camino, cuyos actores, sin parar mientes en lo negro y tenebroso de su conducta, en lo vil de sus actos, y saqueando las arcas del Estado, insaciables, con perversidad sin límites, parecen solazarse y enorgullecerse de sus ruindades y fechorías.

La tempestad está implacable, la ira y la justa indignación del pueblo, aunque no logren solucionar este flagelo que nos azota, por  lo menos nos da  la esperanza de que ese clamor por justicia, ese repudio hacia quienes se han apropiado de nuestras arcas, nos dice que aún hay vestigios de honradez, pues el pueblo no cohonesta actitudes de tal naturaleza, y por lo contrario, censura y rechaza las perversas acciones de quienes, aprovechándose del poder que se les confiere como servidores públicos, con ilimitado abuso y la complicidad de particulares insaciables, tienen sumida a nuestra patria en el dolor que hoy, impotentes, nos corroe el alma.

Y si reflexionamos un poquito y miramos hacia el futuro, todo parece ensombrecerse al meditar acerca de quiénes tomarán en sus manos los destinos de nuestro país… sí, nuestros niños y jóvenes de hoy, pero ¿habrán recibido de sus progenitores lecciones de honradez, decencia, y respeto? ¿Y si son hijos de quienes hoy colman las celdas carcelarias, qué ejemplo tendrán para asumir los destinos de esta patria herida? Es claro que no debemos ver solo lo negativo del futuro, pero es preocupante imaginar lo que podría ser de nuestra querida Costa Rica.

Sin embargo, tengamos esperanza de que, a pesar de tanta corrupción, aunque escasos, todavía habrá quienes hayan procurado inculcar principios en sus hijos para que puedan asumir la noble misión de ofrecer sus mejores valores a esta bella patria que los vio nacer. Quizá todavía queden muchos padres que, al regreso de sus hijos al hogar, después de la jornada en su centro educativo, tal y como lo hacían nuestros padres, les pregunten de quién es ese lápiz o ese borrador que ha llevado a casa, pues en realidad no es de él, y que además le indique debe ir a entregarlo a quien le pertenece. Eso podrá cimentar los valores mínimos en los niños que, a veces ingenuamente, consideran que no están actuando mal con tomar objetos de otros que quizá tienen muchos más y que no les hará falta el que ellos han tomado.

Cierro con esta cita de Cicerón:

“Servirse de un cargo público para enriquecimiento personal resulta no ya inmoral, sino criminal y abominable.”

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