Vivencias fugaces

Cuento

0

Rodrigo Madrigal Montealegre. 

Poco a poco se fue gestando así aquel alegre y ameno grupo de gente tronera, tan heterogéneo como la Legión Extranjera, formado por compañeros de diversos países, quienes cursábamos

distintas carreras universitarias y militábamos en diferentes trincheras ideológicas, por lo que nos enfrascábamos en apasionadas, edificantes y, a menudo, bizantinas discusiones que reactivaban las mentes ya aletargadas por las lecciones, los intensos estudios y las largas horas de lectura en las bibliotecas durante el día.

El que más contribuía a enriquecer aquellos acalorados debates era Víctor o El Vic quien, además de ser un excelente jurista, era un consumado maestro de la polémica y un campeón del debate, así como una fuente inagotable de edificantes conocimientos, de temas apasionantes y de devastadores argumentos. Con un rostro parecido al de Albert Camus, era el más intelectual y el más estudioso de todo aquel grupo, pues preparaba su doctorado en la Facultad de Derecho.

Aunque, a veces, se volvía introvertido como un monje en una cartuja, era una persona ecuánime e idealista, quien se había entregado exclusivamente al estudio, en la forma más metódica, a tal punto que su espacio vital quedaba reducido al limitado ámbito de la Facultad de Derecho, del restaurante universitario y de su diminuta habitación en un pequeño hotel en la rue Monsieur–le–Prince, a pocos pasos del cafe Luxembourg, nuestro lugar de reuniones cotidianas, en donde acudía todos los días al anochecer.

Una de sus experiencias curiosas había sucedido en un encuentro internacional de juristas, en algún lugar del Viejo Continente. Allí forjó amistad con un colega de Europa oriental, quien compartía con él grandes afinidades intelectuales. Pero constataron que, aunque ambos dominaban diferentes idiomas, la única lengua en común que compartían era el latín, por lo que resucitaron de su tumba aquella lengua muerta y, en la calle, en los restaurantes y en los cafés, la gente los escuchaba atónitos charlando y discutiendo como Catón y Cicerón:

Salve, optime Victori, callidus est!1.
Homo gravis non es, qui latine iterum iterumque nugari non dubitas!2.
Recte dicis3.
Tantum enim ab unoquoque exigendum est, quantum dare unus- quisque potest4.
Satis negati sumus5.
Tibi gratias multas ago propter benignitatem tuam
!6.
Beati monoculi in terra caecorum7.
Procul ex oculis, procul ex mente8.
Oculum pro oculu…
9.
Dentem pro dente
10.

Rara vez incursionaba en aventuras amorosas, por la austera escasez de sus recursos, su carácter estoico y su temperamento cerebral. Pero quiso la mala fortuna que la casera de su hotel –que debió ser muy bella cuando transitaba por sus quince primaveras, muchos años atrás, y aún conservaba algunos vestigios de una belleza ya marchita– se enamorara caprichosa y apasionadamente de él. Pero El Vic la rechazaba escrupulosamente por el afecto y el respeto que profesaba hacia el marido de esta, quien era un buen hombre y, además, solía ser indulgente con los atrasos en el pago del alquiler.

El Vic se debatía en medio de la angustia, porque aquella mujer no desistía en sus intentos obsesivos de asediarlo y seducirlo. Con obstinada perseverancia, se valía de una llave maestra para introducirse en su habitación, cada vez que su marido cometía el desatino de ausentarse de su puesto en la conserjería. Devorada por la  voluptuosidad y el capricho, lo sorprendía en cualquier circunstancia, procedía a desvestirse y le imploraba que la poseyera, lo que provocaba en él un torbellino de pasiones contradictorio.

Esta extraña situación provocó un trauma en su autoestima, al colocar en la balanza una multitud de consideraciones que, atropelladamente, se arremolinaban en su conciencia: el remordimiento de humillarla, la lealtad hacia el marido de la casera, el acto ruin de la infidelidad conyugal con su esposa quien lo esperaba en su tierra natal, la aversión a una agresividad sexual sin pudor, la autoestima relacionada con su propia virilidad, la complicidad en una traición y, además, la tentación de saciar su acumulada libidinosidad con aquella mujer que, después de todo, había tenido sus años de esplendor y aún era atractiva y sensual.

Finalmente, después de debatirse en ese angustioso dilema y de oponer una feroz y heroica resistencia, defendiéndose como un gato panza arriba, nuestro buen amigo tuvo que claudicar y pasar humillantemente por las horcas caudinas, ya que ella ganó la batalla y logró sus viles propósitos. Invirtiendo los papeles con una cínica sagacidad, aquella fanática del adulterio tuvo el atrevimiento de recurrir a las armas vetustas de la extorsión y la calumnia, amenazándolo con acusarlo, ante su marido, de acoso, seducción y violación.

Como era un impenitente polemista que disfrutaba todas aquellas acaloradas discusiones –en las que esgrimía todo un arsenal de sólidos y demoledores argumentos, con palabras que escogía para colocarlas meticulosamente como si fueran adoquines con las que iba construyendo frases que parecían senderos sabiamente empedradas– aquel eminente erudito se lucía y se deleitaba intelectual- mente en aquellas veladas en el Lux.

Durante cierto tiempo, su principal rival en aquellas acaloradas polémicas fue un curioso personaje quien había llegado, después de una prolongada travesía de varias semanas por la Mar Océano. En el mismo barco viajaba, por casualidad, una antigua novia suya con la que había sostenido un largo romance de juventud, quien se dirigía a Europa para contraer matrimonio con su nuevo prometido. Pero, sin la menor premeditación, de las tibias cenizas resucitó espontáneamente el fuego del viejo amorío durante aquel largo y tedioso viaje, hasta llegar a las últimas conclusiones y a las más íntimas relaciones.

“Por eso, cuando finalmente llegamos a Hamburgo y descendimos del barco” –nos relató jactanciosamente aquel pintoresco personaje–, “desembarqué con ella por la pasarela y me enfrenté a su prometido, quien la esperaba ansiosamente en el muelle con un ramillete de flores en la mano. Entonces, cuando ella nos presentó, no logré contenerme y le espeté despectivamente: “¡Aquí le entrego los restos! ¡Aquí le deposito los escombros! ¡Lo que sobró!”.

Otro personaje que formó parte de aquella alegre gavilla fue François. Su madre era francesa y su padre era un español quien combatió heroicamente tanto en la Guerra Civil Española como en la Resistencia Francesa, durante la ocupación nazi. Luchó hasta la claudicación de la república española y combatió al lado de los franceses hasta la derrota por los alemanes. Fue capturado por los nazis y enviado a un campo de trabajos forzados pero, durante el trayecto en tren, saltó con otros compañeros y se unió al maquis11, la guerrilla que mantuvo vivo el espíritu de la resistencia francesa hasta la liberación.

François recién regresaba de su servicio militar en otro conflicto militar, como su padre, pero en forma obligatoria y en el lado menos noble y honroso de la barricada. Nos confirmó las atrocidades cometidas por todos los bandos en la guerra de Argelia, perpetuada insensatamente por la obstinación de poderosos intereses sectoriales en mantener un régimen colonial absurdo y anacrónico, al que él y la mayoría de su generación repudiaba como un capítulo indigno de la noble civilización francesa y por el cual fueron enviados como carne de cañón, cumpliendo con el servicio militar.

Gracias a su temperamento alegre, simpático y jovial, François era un charmeur12 quien había perfeccionado una tenoriesca afición por las aventuras amorosas, en las que siempre ejercía una absoluta maestría por su irresistible atractivo sobre las mujeres. Era un auténtico seductor, un amateur d’amours faciles13 quien había nacido con un corazón de alcachofa. Este burlador era un coleccionista de virginidades que mantenía a sus conquistas –nos confesaba– en ‘rodaje’ durante el período de iniciación. Pero como era especialista en alta tecnología electrónica, contribuyó mucho a enriquecer el espíritu festivo de aquel grupo y a hacer descender las

discusiones de las áridas, académicas y laberínticas abstracciones en las que, a veces, nos perdíamos.

Como François también era el único apasionado por el deporte, en ocasiones, lograba convencernos, cuando hacía buen tiempo en los domingos otoñales o primaverales, de que fuéramos a L’Isle–Adam, un atractivo lugar en las afueras de París, en donde disfrutábamos toda la mañana practicando el fútbol, su juego favorito. No faltaba alguno que, con espíritu de rebeldía, citara la frase de Oscar Wilde: “El único deporte al aire libre que practico es el ajedrez en los cafés de París, o la que se le atribuye a G. B. Shaw: “Cuando me asaltan unas ganas irresistibles de practicar algún deporte, me meto dentro de las cobijas hasta que se me pasen”.

Ninguno de nosotros jugaba bien el fútbol y tampoco estábamos bien equipados para practicar aquel deporte, salvo por la bola que aportaba François, quien fungía como entrenador, árbitro y jugador, por lo que formábamos dos equipos rivales: Bolivia contra el

Mundo Libre. Luego, al mediodía, nos dirigíamos a un balneario popular que se encontraba cerca de aquel lugar, en donde comíamos unos bocadillos y terminábamos el día inmersos en la piscina y disfrutando el sol como iguanas tropicales.

Una vez nos acompañó un médico, quien estudiaba en Italia, a quien llamaban Il Matto y estaba de paso. En cierto momento en que nos encontramos cerca de la piscina, le di una broma y, de repente, alguien me lanzó un grito de alarma. Me volví y pude constatar que Il Matto sostenía en el aire una silla de metal, con la intención de golpearme en la cabeza, por lo que logré esquivar el golpe y ponerme a salvo. Pero, aún así me persiguió con la silla en alto con una ira demencial. Finalmente, se calmó, se disculpó y logró explicarme: “¡Por eso me dicen Il Matto, que, en italiano, significa El Loco!”.

En una ocasión retozábamos y atrapamos a François para lanzarlo a la piscina, pero este se defendió exclamando que él no sabía nadar, lo que nos sorprendió de un bretón. Mucho tiempo después, nos encontrábamos él, su amante y yo en Menton, en el sur

de Francia y alquilamos unos flotadores sobre los cuales salimos a remar. Pero nos aventuramos entre unos arrecifes, en donde nos habían advertido que era peligroso navegar, lo que se confirmó cuando una ola enorme surgió súbitamente, nos arrastró y nos estrelló contra unas rocas filosas como navajas que nos produjeron dolorosas heridas.

Cuando logré escapar de aquella trampa mortal, temeroso de que otras olas similares, o los tiburones atraídos por la sangre, acabaran con nosotros, me afloró el recuerdo de que mi amigo no sabía nadar y pensé: “¡Debo regresar, porque François no sabe nadar!”. Cuando miré hacia la dirección en donde habíamos naufragado, me di cuenta de que no estaba a flote y supe que se había ahogado. Pero fue enorme mi júbilo al mirar hacia adelante y comprobar que nadaba vertiginosamente.

Notas

  1. ¡Saludos, excelente Víctor, hace calor!
  2. ¿No eres un hombre serio, porque te atreves a bromear de todo en latín!
  3. Lo que dices es correcto.
  4. No se debe exigir a nadie más de lo que puede dar.
  5. Ya nos hemos divertido bastante.
  6. ¡Yo te agradezco mucho la indulgencia que has tenido conmigo! 49 Afortunado es el tuerto en tierra de ciegos.
  7. Afortunado es el tuerto en tierra de ciego
  8. En tierra de ciegos, el tuerto es rey.
  9. Ojo por ojo…
  10. Diente por diente.
  11. Zonas rurales de difícil acceso, en donde se organizó la resistencia contra la ocupación alemana.
  12. Encantador o seductor.
  13. Aficionado a conquistas fáciles.

NOTA:
Este cuento forma parte de la obra “Mascarada parisina”, de Rodrigo Madrigal Montealegre, publicada por Uruk Editores el año 2015, previa autorización del autor.

Quienes tengan interés en adquirir el libro, pueden escribir al siguiente correo: info@larevista.cr

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...