Vladimir de la CruzHistoriador y politólogo.                                                    

Hace 122 años, un 30 de setiembre de 1900 nació mi , a quien cariñosamente yo le decía Ita. Fue hija de una pareja de primos, de Rafael Rodríguez Salas y de Patricia Rodríguez Rodríguez, lo que era frecuente en el siglo XIX y a principios del siglo XX. Rafael a su vez hijo del gran escultor, artista e imaginero religioso, Manuel Rodríguez Cruz, Papá Lico, como cariñosamente se le reconoce y recuerda en la Familia Rodríguez Rodríguez, que fue amplísima, 12 hijos de matrimonio, como era usual también en aquellos años, Angela, que murió infante, Virgilio, que murió infante, Leila, Dora, Virgilio, que repitió nombre, Angela, Ofelia, que es mi Abuelita, Aida, Fabio, María Teresa, Renato, Mario Antonio, que también repitió nombre, y tres reconocidos fuera de matrimonio, Nina Alvarado, el poeta Carlo Magno Araya y Berta.

Mi bisabuelo Rafael perteneció a la Logia Masónica, desde finales de siglo XIX, de allí un gran liberal, quien participó activamente en a política, llegando a ser diputado varias veces, entre 1900 y 1920, siendo también fue miembro de la Asamblea Constituyente de 1917. A la par de sus ideas liberales también de ideas y defensor del republicanismo.

Mi bisabuelo Rafael fue quizá quien influyó más sobre mi abuelita Ofelia en sus inquietudes espirituales, intelectuales y en sus sensibilidades políticas.

Filosóficamente amaba a Cristo sobre todas las cosas, creía en Dios, y en la otra vida, pero detestaba a las Iglesias y a los curas, al punto de que frente a una pregunta que le hiciera mi tío Renán de Lemos Rodríguez, en un almuerzo de familia, sobre en cual Iglesia le gustaría que le hicieran oficios religiosos en su muerte, inmediatamente hizo su testamento, pasados los 70 años de edad, diciendo que cuando muriera no quería oficios religiosos de ninguna especie, ni que la llevaran a Iglesia alguna, y me nombró a mí como el administrador de su entierro, creyendo que era la única garantía de que le cumplirían su voluntad de no ir a iglesia alguna, ni de que le hicieran oficios religiosos, como no se le hicieron. Testigo testamentario fue mi esposa Anabelle. Además dispuso que quería que la velaran en la Funeraria Campos, con música alegre porque ella creían en otra vida y nadie debía estar llorando en ese momento. No lo dispuso en el Testamento pero me encargó que no se le hiciera funeral con carroza y caballos, que todavía se acostumbraba. También dispuso que nadie pasara la noche en la Funeraria en el caso de que su cuerpo tuviera que pasar allí una noche.

Todo lo que dispuso mi Abuelita Ofelia en su Testamento se le cumplió.La Funeraria Campos, escogida por ella, quedaba detrás de la Iglesia de las Animas. A las 10 p.m se cerró la sala de velación en que estaba.

Como creía en otra vida, dispuso que nadie en la funeraria, ni en el entierro, debía estar triste, por ello pidió que en la funeraria hubiera música alegre. Esto también se le cumplió. No recuerdo en detalle que música le escogí pero era una música agradable, nada triste, era efectivamente música instrumental alegre.

Mi abuelita falleció en el Hospital Blanco Cervantes, un 30 de marzo de 1986 y mi tía política, esposa de Renán, Gladis, y yo nos encargamos de prepararla para su sepelio. Fue depositada en Jardines del Recuerdo, como ella misma empezó a pagar su nicho.

El tema de la muerte en mi familia no ha sido un tema tabú, ni de misterio, ni de miedo, de allí que en ese almuerzo, pensando mi tío Renán en los años de mi Abuelita, y sabiendo cómo era ella en esos aspectos, le hizo esa pregunta.

Participó en los años 20 de los movimientos teosóficos del país, y tuvo una buena relación con el Maestro, y gran artista, Tomás Povedano, quien también la veía como activa estudiante de la teosofía y del rosacrucismo. También mi abuelita Ofelia perteneció al movimiento de los Rosacruces. Algunas veces la acompañé al Barrio La Cruz, 25 metros al sur del Ministerio de Obras Públicas, donde se reunían.

Con Povedano, con quien cruzaba correspondencia, también recibió clases de pintura donde llegó a desarrollar gran destreza y habilidad. Probablemente sus condiciones socioeconómicas no le permitieron desarrollarse como pintora, pero dejó muchos cuadros, repartidos entre hijos y nietos cuando falleció. Uno de ellos, un lindo cuadro, un Cristo bajando de una barca, rodeado de personas o sus discípulos, que lo heredó mi tío Rafael Márquez Rodríguez, hijo de su segundo matrimonio. El cuadro produjo una vez una anécdota simpática con mi hija Yalena, cuando tenía cinco años. Visitábamos a mi abuelita y ella le preguntó a Yalena: “¿Sabés quién es ese que está en esa pintura?” Y, Yalena, con gran aire de conocimiento, y segura de sí misma, le respondió: “Sí, es Cristóbal Colón”.

De esos vínculos que tuvo con la teosofía y el rosacrucismo, muchas veces me ponía a leerle, en voz alta, en la década del 60, cuando era estudiante de colegio e iniciaba la Universidad, en la cocina, o cuando descansaba de los mismos trabajos, recostada en su cama, libros de las grandes teósofas, como Madame Blavatsky, que ella tenía, y también leía, o estudiaba. Igual con libros del gran astrónomo Camile Flammarion, y otros autores vinculados a la teosofía. Probablemente me quería acercar a esos movimientos espirituales, que no me llamaban la atención, cuando en esos mismos días me estaba formando por lecturas, y con mis amigos cercanos, activamente en las ideas, y en las lecturas políticas socialistas, comunistas y antiimperialistas.

La sensibilidad política llevó a mi abuelita al calderocomunismo en la década del 40. Mi madre y mi padre eran comunistas activos. Mi padre dirigente estudiantil en la Universidad de Costa Rica. Mi tía Enid, salía con quien llegó a ser su primer esposo Edgar Campos, que también en era de la juventud comunista. Mi abuelita sufrió parte de la represión de la post guerra civil y en la década siguiente. Mi tía Nedgibia se enamoraba de un anticalderonista y activo combatiente liberacionista. Mi tío Renán se identificaba con los calderonistas. No peleó en la Guerra Civil, pero sí se aventuró en la invasión calderonista desde Nicaragua, en 1955.

Los días de la guerra civil fueron muy duros y difíciles. Mi padre, por su militancia y activismo político, se vió obligado a salir del país, primero a Panamá y luego terminó en Maracaibo, Venezuela. Mi madre, conmigo de dos años, no le pudo seguir, por haberme enfermado y haber gastado ahorros dispuestos para el viaje en mi curación. Terminaron divorciándose porque mi padre se enamoró de una venezolana, Ana Santana, con quien me dio seis hermanos.

Durante los primeros meses de la Junta de Gobierno mi madre, viviendo en casa de mi abuelita Ofelia, participaba activamente de la oposición y la resistencia a la represión. Un día cayeron en la casa a registrarla, a buscar un polígrafo y hojas sueltas contra la Junta, lo que no encontraron pero se llevaron la Biblioteca de mis padres, y a mi madre y a mi tía Enid detenidas para la Cárcel del Buen Pastor. Las hojas sueltas estaban debajo del colchón de mi cuna, que fue lo único que ni tocaron en el registro de la casa.

En el Buen Pastor, cuando estaban a punto de rapar a mi madre y mi tía Enid, como se acostumbraba con las reclusas, apareció el Expresidente Julio Acosta, diciendo que él se hacía responsable de Zayda y de Enid, “porque no iba a permitir que las nietas de Rafael Rodríguez fueran arbitrariamente detenidas”. Logró evitar que las encarcelaran. Mi bisabuelo Rafael había participado activamente con Julio Acosta, en San Ramón, en la lucha político militar contra la dictadura de Federico Tinoco.

Después de la guerra civil de 1948 los días fueron duros para la familia. Poco a poco se fue saliendo adelante y sobreviviendo en las dificultades. A mi madre la despojaron de la casa que tenía, con mi padre, en la Ciudadela Calderón Muñoz para dársela a un combatiente liberacionista.

La lucha política era dura y clandestina. Se hacían esfuerzos políticos por participar en elecciones en a década de 1950. El Partido Comunista, Vanguardia Popular, nunca alentó la posibilidad de luchar por medios armados para recuperar su legalidad y su derecho de participar en elecciones. Casi una decena de esfuerzos organizativo partidarios se realizaron en ese sentido.

En 1958 creció el entusiasmo político cuando se logró crear una coalición contra Liberación Nacional, que llevó a Mario Echandi a la presidencia de la República. De esa campaña electoral tengo una foto donde estoy en bicicleta con un cartelón que dice “la oposición triunfará”.

Eran los días de la Revolución Cubana, la que veíamos con simpatía militante. Se había creado la Sociedad de amigos de la Revolución Cubana y allí participábamos activamente. En esos días, en la campaña electoral de 1962, alrededor del Partido Acción Democrática Popular, se había abierto un hueco, permitido por el gobierno de Echandi de participación electoral para grupos progresistas, que permitieron elegir a Julio Suñol Leal como diputado, que le tocó dar importantes batallas en esos días. Ahí estaba con nosotros mi abuelita Ofelia.

Para las elecciones de 1965-1966, participó de la fundación del Partido Alianza Popular Socialista, PAPS, que era un partido más definido de izquierda, siendo miembro de su Comité Ejecutivo Provisional, desde 1964. Con este Partido el Partido Comunista, desde la clandestinidad, trataba de participar en las elecciones de febrero de 1966. Era un intento más desde 1949 de inscribir un partido político para participar en el proceso electoral.

El Partido Alianza Popular Socialista, PAPS, fue proscrito en 1965. No le permitieron participar en las elecciones de 1966, por lo que mi Abuelita Ofelia fue proscrita electoralmente de participar con partido propio. El Gobierno de Francisco Orlich fue muy represivo en esos días, colocándose en la lucha que impulsaban contra la Revolución Cubana a nivel regional e internacional. Eran los días en que iniciaba mis primeros y sólidos pasos en las luchas políticas de la izquierda comunista de la época..

En mis luchas juveniles comunistas siempre me apoyaba. Se identificó con la Revolución cubana, con sus líderes, especialmente con Fidel. Una tía suya, la Tía Julia Salas, de San Ramón, mucho mayor que mi abuelita, también participó de esta simpatía y viajó a Cuba recién iniciada la Revolución. Varias veces la fuimos a visitar a San Ramón. Participó también apoyando la Sociedad de Amigos de la Revolución Cubana, a la cual mi madre también se vinculó, y yo también siendo un joven entrando a la adolescencia.

Apoyó la lucha contra el Segundo Párrafo del Artículo 98 de la Constitución que se impulsó a finales de los sesentas, y muchas otras luchas populares.

Mi abuelita Ofelia, su otra faceta, tenía una gran cuchara, cocinaba estupendamente. Curiosamente, el repollo y las lechugas los lavaba con permanganato. Los metía en una olla grande, con agua, y agregaba unas gotas de permanganato por unos pocos minutos, los revolvía o agitaba durante ese tiempo, luego lavaba bien la lechuga o el repollo, bajo el tubo corriendo el agua, y, listo para preparar. Me tocó verla lavar, como se hacía antes, el mondongo y los riñones para prepararlos, y quitarles sus olores.

Con frecuencia le llevaban huevos de tortuga hasta la casa, en esa época, se permitía la venta, y a mi Abuelita le encantaban.

A la hora de servir a mesa acostumbraba poner los alimentos en varios platillos no muy grandes, pero daba la sensación de muchos platillos, de donde cada uno se servía. Las ensaladas nunca faltaban, ni los berros con natilla a veces.

Una de las cosas que le gustaba era tomar café, y con el café tener un platito pequeño, de los de tazas, con aceite de oliva Salat, y con sal encima, o mezclado con sal, y mojaba el pan con ese aceite, que de paso sabe muy bien. Todavía lo hago como parte de esa enseñanza que me quedó de Ita y de sus secretos culinarios. Tenía una cualidad mi Abuelita Ofelia y es que no desperdiciada nada, aprovechaba cada alimento y sabía inventar platillos como nadie. Un recuerdo delicioso era su sopa de tortillas.

Mi Abuelita tenía un cutis precioso. Limpio, claro, sin ninguna arruga, en cierta forma luminoso, siempre sonriente. Así la recuerdo. Me consta que se lo cuidaba mucho, entre otras cosas, con ese mismo aceite de oliva Salat. Con algodoncitos se lo pasaba con mucho cuidado por su rostro, casi masajeándose. Si eso fue válido para mi Abuelita, sigue siendo válido y puede ser una buena receta para quienes quieran conservar un rostro bello. El tío Fabio, su hermano, también acostumbraba a usar el aceite de oliva.

También fue Homeópata, con gran conocimiento en esta materia, y con algunos libros, que eran de su consulta. Puedo asegurar que crecí con las pastillas de homeopatía, y a veces con gotas de algunos de sus líquidos, como árnica, belladona, estos frecuentes para golpes, traumatismos, fiebres congestiones, otitis, resfriados y muchos otros eran frecuentes.

Con sus hermanas Angela y Teresa, para mí la Tía Angela y la Tía Tere, mi Abuelita tenía una gran y estrecha relación. A la tía Angela la visitaba con frecuencia, y yo la acompañaba muchas veces, además de que me gustaba acompañarla por ir a ver los centenares de pericos de amor que mi tía Angela tenía.

La Tía Angela tenía un afecto especial por mí. De pequeño me mandó a hacer una especie de carta astral, que resultó muy positiva, en sus “predicciones”, entre las que decía que iba a viajar mucho, como realmente sucedió, que creo todavía conservo.

La Tía Angela le regaló la casita donde ella vivió en el Barrio Luján.

A la Tía Angela, el encantaba ir al cine, y acostumbraba a ir al cine Ideal, al norte de la Plaza Víquez, casi todos los días con Fernando Rudín, su esposo, tal como yo lo recuerdo.

Nunca la vi brava, ni enojada. No era de malas palabras. Sin embargo, me contaba mamá que cuando ella de joven fumaba sí se ponía furiosa contra el fumado. También me contaba que cuando mi abuelita tenía alguna discusión con su primer esposo, que era su primo hermano, mi abuelo Jacobo de Lemos Rodríguez, mi Abuelo no discutía nada, lo único que hacía, era salir de la casa, darle una vuelta a la cuadra, y cuando ya regresaba todo estaba en santa paz.

Perteneció mi Abuelita a una Sociedad Mutualista, de esas surgieron en el siglo XIX, hasta casi los años 70s. Muchas veces yo iba a pagarle la cuota de su afiliación a la misma, a un señor que trabajaba en las cercanías del Parque Morazán.

Era una mujer super especial, cariñosa con quienes le rodeaban, con sus familia y sus sobrinas a quienes mucho amaba, y era buena conversadora. Gran confidente. Daba gusto pasar ratos con ella.

Una vez me tocó verla atender un parto en la calle donde vivíamos en el Barrio Luján, en calle 21, al final, antes de llegar a la actual Clínica Carlos Durán, que en ese momento no existía. Sucedió una noche, como a las 10 p. m. Una vecina, que estaba embarazada, del frente de la casita de mi Abuelita Ofelia, y a dos casas de donde vivía yo con mi mamá, llegaba en taxi a su casa. Al momento de bajar la pierna del carro, a la señora se le vino el niño, que amenazaba literalmente con caer al suelo y al caño. El chofer y la señora pegaban gritos solicitando ayuda. La primera en aparecer fue mi Abuelita Ofelia, nosotros, mamá y yo, me parece que mi tía Enid, también vecina, y otras personas del barrio.

Mi Abuelita tomó la iniciativa de la atención de la parturienta. Entre la puerta del taxi, las piernas abiertas de la señora, y el caño de la acera, y un foco que apareció para ayudar, mi Abuelita logró sacar con buen suceso aquella nueva criatura. Fue un momento de espectacular alegría y entusiasmo, en esa noche, y de reconocimiento a mi Abuelita Ofelia por haber ayudado a sacar bien al recién nacido, no recuerdo si era hombre o mujer. Tampoco nunca supe si mi Abuelita se había desarrollado como partera de familia, de barrio o de pueblo. Sí recuerdo, que cuando nació mi primo Mario Alejandro Ramírez de Lemos, hijo de mi tía Nedgibia, en su casa, en la Ciudadela Calderón Muñoz, allí estaba toda la familia. En el cuarto con mi tía Nedgibia, que era la que estaba pariendo, estaban entre otras personas mi mamá y mi Abuelita. No sé cual fue su papel en ese parto, que fue muy difícil, porque Mario Alejandro nació pesando como doce libras o más.

Fue mi Abuelita una mujer adelantada para su época y su tiempo.

Esa era mi Abuelita Ofelia, o al menos algunas de sus facetas que yo le conocí y recuerdo.

Vladimir de la Cruz

Por Vladimir de la Cruz

Político, historiador, profesor universitario y ex embajador de Costa Rica en Venezuela. Fue candidato presidencial del partido izquierdista Fuerza Democrática en tres ocasiones.