Voz experta: Despedida de la Escuela de Economía de la UCR

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Este pasado 14 de noviembre la señora directora de la Escuela de Economía de la Universidad de Costa Rica (UCR), Máster Isabel Cristina Araya, y sus profesores y alumnos nos invitaron a Lorena y a mí a un acto por mi jubilación este año, expreso Miguel Ángel Rodríguez Echeverría, ex Presidente de la República.

Fue una bellísima ocasión para disfrutar de investigaciones académicas, de la amistad de compañeros profesores y alumnos, y para revivir las muchas experiencias vividas en ese querido claustro universitario y lo mucho que le debo a la UCR.

Estaba muy claro que quería ser abogado cuando, en 1958, entré a la Facultad de Ciencias y Letras, al curso de Estudios Generales. Papá tuvo que salir de sexto grado para ir a trabajar a la ferretería de sus tíos, por la quiebra de mi abuelo en sus actividades del campo. Después de esa carencia que con su formación autodidacta compensó, la carrera de derecho de mi querido hermano Manuel Emilio era el ejemplo del triunfo profesional.

Recién se había inaugurado el año anterior la gran reforma universitaria que nos deslumbró con los profesores de Europa y América que nos impartieron su sabiduría. Y mi contacto con ellos y con brillantes maestros costarricenses me reafirmó en querer aprender algo más que derecho, algo que me diera alguna luz sobre los contenidos sustanciales que deberían promover las normas jurídicas. No había carrera de ciencias políticas en la única opción universitaria de entonces en el país. Las alternativas eran filosofía o economía.

Finalmente me incliné por esta última, pues desde el hogar de mis padres y luego en el Colegio La Salle me había preocupado por la realidad de la pobreza y quería averiguar cómo vencerla con producción.

Magníficos profesores y excelentes compañeros hicieron que me entusiasmara tanto con la economía como con el derecho. Pero los cursos de Alberto Di Mare, su visión de la economía como un conjunto, como un sistema ordenado, el estudio al que nos sometió de economistas matemáticos me enamoró con esta rama del saber.

En diciembre de 1962 terminé los cursos de economía y tuve la dicha de casarme con Lorena y en enero del 63, ya con mi licenciatura en Ciencias Económicas y Sociales y cuando iba a cursar el último año de derecho, entré a trabajar en el Instituto de Investigaciones en Ciencias Económicas de la UCR y pude impartir, hace 55 años, mi primer curso en esa Facultad, nada menos que Historia de las Doctrinas Económicas. ¡Qué temeridad!

Eran una Costa Rica, una universidad y una Facultad de Economía tan diferentes de las actuales. 1.300.000 habitantes, 5.300 estudiantes en la UCR, menos de 600 en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales.

Gracias a una beca de la AID que luego renuncié por la invasión a República Dominicana (pero esa es otra historia), y a que la UCR me mantuvo el sueldo de medio tiempo que mi hermano Manuel Emilio religiosamente convertía en dólares y me enviaba mensualmente, pude ingresar a la Universidad de California, Berkeley. Allí nació Miguel Alberto (qdDg) y tuve la inmensa suerte de recibir lecciones de extraordinarios profesores, entre ellos tres futuros premios nobel de economía: mi tutor Gerard Debreu, mi director de tesis Daniel McFadden y mi profesor de macroeconomía Peter Diamond.

En la primera clase de microeconomía, McFadden preguntó cuál era el significado del multiplicador de Lagrange en el planteamiento de la maximización de utilidad. En medio de una treintena de graduados de las mejores universidades de EE.UU., este tico de la UCR fue el que supo responder y desde entonces me “chinearon”.

Volví a Costa Rica y a la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, dirigí tesis de grado, y di cursos de economía matemática, teoría del equilibrio, teoría monetaria, macroeconomía, economía de Costa Rica, finanzas internacionales, comercio internacional y economía institucional.

Este año, después de 55, me retiré.

Jamás podré expresar mi gratitud por lo mucho que debo a mi Escuela, a mis profesores, a mis compañeros, a mis alumnos, y a las secretarias y abnegados funcionarios de la Facultad.

Cuando viví las horas negras de una cruel persecución, recién terminado mi injusto encarcelamiento, me llamó el director de la Escuela, don Carlos Palma, para recordarme que yo allí tenía mi cátedra, a la cual volví entusiasmado y donde solo recibí, de nuevo, cariño y enseñanzas.

Mi orgullo es que hoy, como ocurrió durante tantos años, muchos valiosos estudiantes de los que tuve el gusto de tener en mi clase están sacando posgrados en las más prestigiosas universidades de EE.UU. y de Europa, destacando la calidad de nuestra querida escuela.

Gracias a la Señora Directora, a don Edgar Robles, don Andrés Fernández y don Ronulfo Jiménez por sus presentaciones académicas, y a los profesores y alumnos asistentes a este acto, que Lorena y yo atesoramos.

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