Walter Antillón:  De ratones y libros (Of mice and books) Viajes por mi biblioteca, 45

Todo eso ocurrió hace un buen medio siglo.  De toda la gente nombrada (la intelectualidad josefina y alrededores) sólo quedamos un puñito para recordar, en medio de la ignominia presente, el sueño de Erasmo, el sueño de Aldo Manuzio, que fue el mismo del modesto y heroico editor, maestro y librero don Marcelino Antich: una Humanidad que leyendo se ilumine, que luche por sus derechos, que se atreva a pensar que otro Mundo es posible.

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Walter Antillón Montealegre. Jurista.

Al libro, con amor.

Los libros se trocaron en mercancía en el Mundo Occidental, no a partir del año 1450, fecha en la que Johannes Gutenberg adoptó y perfeccionó en su ciudad natal de Mainz, Alemania, la imprenta de tipos móviles que los chinos habían inventado en el Siglo XI; sino desde el momento en que la empresa editorial y librera quedó sometida sin resquicios a la lógica del capital.  Pero como en tantos otros casos, en el tiempo de la transición entre uno y otro evento se produjeron, presumiblemente en muchos sitios del Planeta situaciones, actitudes y conductas personales no dominadas por el cálculo económico, sino inspiradas en valores superiores de la Cultura.

Tal como ha sido el caso, con respecto a los libros, de aquellas ediciones fuera de comercio, nostálgicas de la Era de los manuscritos miniados, pensadas como verdaderas obras de arte en las que el impresor, el ilustrador y el encuadernador emulaban, cada uno en su terreno, la excelsitud del autor; y con respecto a las personas, el caso de aquellos editores y libreros que, por encima del provecho material, cumplían con fervor su misión de verdaderos educadores del público lector por generaciones, ofreciendo lo mejor del pensamiento reflexivo y de la emoción poética de la Humanidad, en óptimas versiones y las más fieles traducciones.  Decano de todos ellos: Aldo Manuzio (1449-1515), fervoroso humanista e impresor genial, creador de los caracteres itálicos (también llamados aldinos en su honor), quien rodeado de ayudantes y traductores griegos en su taller de Venecia, entre 1490 y 1515 rescató, restauró e imprimió exquisitamente más de 150 obras de Platón, Aristóteles, Herodoto, Tucídides, Aristófanes, Sófocles, Eurípides, Demóstenes, Plutarco, Hipócrates, Séneca, Galeno, Plinio, etc. Así como también editó la obra del Dante, Petrarca, Poliziano y, especialmente, los libros de Erasmo de Rotterdam (1466-1536). En una especie de ensoñación erudita, en el año 1507 Erasmo vivió ocho meses en Venecia, con la familia de Aldo Manuzio, mientras iban saliendo publicados los tomos de sus escritos y sus traducciones: “…Con gran temeridad de mi parte, empezamos a trabajar al mismo tiempo, yo a escribir y Aldo a imprimir” nos cuenta Erasmo (Citado por Johan Huizinga: ERASMO; Emecé, Buenos Aires, 1956; pág. 75).  El sueño de ambos humanistas, el escritor y el impresor, era que el mensaje de luz y libertad de la Antigüedad Clásica llegara al mayor número posible de personas, gracias al prodigio del libro impreso.

En lo que se refiere al Editor y a las casas editoras del Siglo XX, me viene a la memoria la exquisita selección de obras literarias llevada a cabo por Leonard y Virginia Wolf en su Hogarth Press, en la primera mitad del Siglo XX; y de esa misma época, pero en otra dimensión, recuerdo el esfuerzo de pulcritud y oportunidad del filósofo español José Ortega y Gasset en su ‘Revista de Occidente’ y en la Editorial del mismo nombre, para ofrecer a los hispano-parlantes el tesoro del pensamiento filosófico y científico más avanzado proveniente de Alemania, Francia, Inglaterra …; o de la admirable ensayista argentina Victoria Ocampo, fundadora de la Revista Sur (1931) y de la homónima Casa Editora (1933), verdaderos puentes critico-literarios del Cono Sur con el Mundo Anglosajón y Europa Continental.  Y me viene finalmente el recuerdo de aquel fino artista que fue el poeta y editor de Barcelona Josep Janés (1913-1959), en catalán y en español, quien en varias ocasiones de su laboriosa y trágica vida se vio en dificultades financieras por impulsar nuevos formatos, nuevas colecciones de libros tanto más hermosas cuanto menos rentables.

Ahora bien, un día de diciembre de 1950, en horas de la tarde, el adolescente larguirucho que era yo caminaba por la acera de la cuadra situada al costado Oeste del Parque Central de San José, bajo una ligera lluvia y sin paraguas, cuando su vista se tropezó con un pequeño letrero de madera azul con letras blancas que decía “LIBRERÍA LATINA”, fijado en la pared exterior de una casa de dos pisos, a unos dos metros de altura, entre la puerta y la ventana. Para mí, que padecía de un hambre nunca satisfecha de lecturas, aquello fue un golpe de adrenalina que me precipitó instantáneamente al interior de un local (¡oh delicia!) repleto de libros: los había mostrando sus lomos en los estantes de las paredes, exhibiendo sus portadas en el escaparate de la ventana, y en el anaquel del mostrador, detrás del cual, sobre una silla alta, se hallaba sentado un hombre maduro, de anteojos, saco y corbata: su nombre, Marcelino Antich.  Y aquí voy a empezar a hablar del otro personaje de esta historia; de una especie rara, ya extinguida en nuestras latitudes: el Librero.

En el afán cotidiano de satisfacer esta manía incurable de leer libros, que es el dulce tormento de mi existencia, desde muy joven había tratado con los que atendían el público en las Librerías Lehmann, Universal, López, Trejos, Soley & Valverde, etc.; así como con los vendedores de libros usados de El Erial, del Sordo, con algunos libreros de provincia, con el buhonero Guasunay; pero nunca me había topado con un librero de verdad, ni sabía cómo era. Don Marcelino Antich Camprubí era pedagogo de formación, graduado en la Escuela Normal de Barcelona en 1915; ejerció de profesor en varios establecimientos; fue director de la Escuela de Artes y Oficios de Badalona, donde fundó una Biblioteca Itinerante. Fue amigo del famoso lexicógrafo Pompeu Fabra y del escritor Josep Queralt, con quien fundó la Editorial Proa en 1928, en la que publicaron los clásicos de la literatura y la novelística europea y norteamericana. Allí fue donde conoció al traductor del ruso y destacado líder politico y sindical Andreu Nin, y militó con él en el Partido Obrero (POUM) de orientación marxista, desempeñando algunos cargos oficiales en Cataluña durante esos años. En 1935 funda la Editorial Atena, que funcionará durante la Guerra Civil, hasta la caída de la República; cuando todo está consumado se exilia en Francia, donde vivirá con su familia hasta 1949, que es cuando decide trasladarse a Costa Rica y establecer su librería.

Don Marcelino, hombre políticamente comprometido, poseía una sólida cultura humanista y un notable conocimiento de la literatura de todos los tiempos, particularmente de la europea; pero, sobre todo, conocía profesionalmente el mundo de los editores, con muchos de los cuales había trabado buenas relaciones años atrás; así como, por supuesto, el anejo mundo de los libreros. Es sabido que, entre miles de intelectuales republicanos que marcharon fuera de España, los más importantes editores y traductores fundaron en Argentina las editoriales Losada, Sudamericana, Hermes, Emecé, Nova, Amorrortu, Espasa-Calpe Argentina, etc.; y en México, el Fondo de Cultura Económica, Porrúa, etc.; y con ello suplieron nuestras necesidades librescas durante el eclipse editorial de España y de Europa en general, que duró desde 1939 hasta comienzos de los años cincuenta.

De modo que, ya instalado en Tiquicia (1949), el señor Antich se propuso abrir librería para brindar a sus clientes, en su sencillo pero bien pertrechado establecimiento, los servicios que corresponde realizar al buen librero, de acuerdo con la tradición humanista:

  1. ofrecer al buen lector un sitio donde sólo se vende libros y revistas serios: filosofía, teología, arte, ciencias sociales, derecho, historia/geografía, memorias y biografía, novela y cuento, teatro, poesía y ensayo, a precios calculados con un modesto margen de ganancia (no cuadernos ni útiles escolares; no libros técnicos; y por supuesto, nada de horóscopo, pornografía, astrología o libros pseudo-científicos de orientación personal);
  2. información seria, actual y completa sobre todos los autores y sus obras, con indicación de las mejores ediciones y las mejores traducciones, así como noticia sobre novedades editoriales;
  3. orientación general, a requerimiento del cliente, sobre Historia de la Literatura Clásica, así como la de cada región o país;
  4. opiniones fundadas acerca de la calidad de determinados libros y la consistencia de los autores;
  5. abierta disposición para importar las obras de interés del cliente;  puntualidad rigurosa en la entrega de los pedidos, y ayuda diligente en caso de paquetes extraviados o libros fallidos;
  6. el ambiente de un foro o punto de encuentro habitual para escuchar discusiones interesantes.

Soy testigo de que la Librería Latina, en la persona de su dueño, daba cotidianamente a sus clientes todos estos servicios, de los cuales yo, en el arco de un veintenio, resulté ampliamente beneficiado.

En efecto, desde el primer contacto (1950) me dí cuenta de que la Librería Latina y su dueño iban a ser para mí, como lo fueron, un invaluable, permanente punto de referencia. Aunque mi capacidad de compra era al principio bajísima, la visitaba con mucha frecuencia, sobre todo a las horas en que aparecían por allí los que llegaron a ser clientes-parroquianos de las discusiones sobre literatura, filosofía o política mundial, en las cuales participaba activa pero discretamente don Marcelino, aportando, sin hacerlo notar, el punto de vista de un intelectual que vivió en primera persona los avatares de la Segunda República Española, desde la pasión del Referendum y del Proceso Constituyente hasta el golpe fascista, la Guerra Civil y la derrota de la República en 1939 (con el telón de fondo del Nazi-fascismo y la Segunda Guerra Mundial).

Porque la cosa es que, a pesar de que la Librería no hacía ninguna publicidad, rápidamente se extendió la noticia de su presencia al costado Oeste del Parque Central, en el puro corazón de San José, de modo que periódica u ocasionalmente se aparecieron por ahí estudiosos como León Pacheco, José Fabio Garnier, Paco Amighetti, Rafael Obregón, Enrique Macaya, Clara Corneli, Emilia Prieto, Carlos Salazar Herrera, Lorenzo Vives, Alicia Albertazzi, Otto Jiménez, Emilio Valverde, Carlos Luis Fallas, Mario Alberto Jiménez, Alfonso Trejos, Emilio Jiménez, Rodolfo Pinto, Gerardo Fernández, Arturo Echeverría, el jesuita Florentino Idoate, Rafael Llubere, Isaac Felipe Azofeifa, Teodoro Olarte, Carlos Monge, Alberto Martén, Carlos Luis Sáenz, Moisés Vincenzi, Manuel Picado, Abelardo Bonilla, Arturo Montero, Fabián, Alvaro y Alejo Dobles, Carlos Meléndez, Arturo Agüero, Manuel Formoso Peña, Chester Patterson, Alfonso Ulloa, Pepe Raventós López, Adolfo Herrera García, Constantino Láscaris, Mario Picado, Antidio Cabal, José Marín Cañas, Claudio Gutiérrez, Eduardo Jenkins, Virginia Grütter, don Joaquín García Monge, don Alejandro Aguilar Machado, don Alfredo Castro Fernández, y habría otros que ya no recuerdo. Durante varios años, por virtud del alto nivel y la heterogeneidad intelectual de sus improvisadas tertulias, la Librería se convirtió en un lugar muy estimulante para nosotros, los más jóvenes (aludo a mis contemporáneos: Jorge Enrique y Fernando Guier, Guido Loría, Ana Antillon, Eduardo Ortiz, Chico Zúñiga, Rosa Giberstein, Rodolfo Piza Escalante, Juan Zeledón Massenet, Humberto Vargas Carbonell, Eugenio Fonseca, Samuel Rowinsky, Eduardo Oconitrillo, Rodrigo Madrigal Montealegre, Rosita Kalina, Manuel Formoso Herrera) los que recién terminábamos el Bachillerato o cursábamos los primeros años de Facultad: era raro el día en que uno saliera de allí sin haber escuchado una conversación inteligente, o pescado, al pasar, un comentario chispeante.

Todo eso ocurrió hace un buen medio siglo.  De toda la gente nombrada (la intelectualidad josefina y alrededores) sólo quedamos un puñito para recordar, en medio de la ignominia presente, el sueño de Erasmo, el sueño de Aldo Manuzio, que fue el mismo del modesto y heroico editor, maestro y librero don Marcelino Antich: una Humanidad que leyendo se ilumine, que luche por sus derechos, que se atreva a pensar que otro Mundo es posible.

Y sigue…..

 

 

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El autor es Abogado y Catedrático Emérito de la Universidad de Costa Rica. Ha sido candidato a la Vicepresidencia de la República por el Frente amplio.

 

 

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