Walter Antillón: Ha pasado un año

Y nosotros los grandes marinos Construiremos un gran submarino Pa´beber y beber en el fondo del mar Porque ya no se puede beber en la Tierra.

0

Walter Antillón Montealegre. Jurista.

Muerto Rodrigo, mi querido Negrus (más que un hermano), he caído en el hábito, triste y gozoso a la vez, de recordar las mil y una anécdotas que vivimos juntos en diferentes escenarios y en las más variadas circunstancias. Recuerdo, por ejemplo:

Una tarde que nos anocheció mientras juntos caminábamos por el bosque enano que rodeaba el cráter del Volcán Poás; de pronto empezó a llover, y el agua que escurría por la cara de Rodrigo le lavó de sus ojos los lentes de contacto, dejándolo prácticamente ciego en la penumbra del atardecer. Desesperadamente nos tiramos al suelo y, en cuatro patas, palpábamos aquel barro anegado en lluvia, en busca de los minúsculos lentillos, a sabiendas de que era una tarea imposible acertar a captarlos en aquellas circunstancias, con la sola ayuda del tacto digital. Sin embargo, unos momentos después de iniciada la búsqueda, Rodrigo, moviendo lentamente los dedos en el barro, dio con uno de ellos. Felices del hallazgo, todavía por algunos minutos palpamos alrededor buscando el otro adminículo, pero fue en vano; y dado que oscurecía por momentos y estábamos completamente empapados, desistimos del empeño; Rodrigo se colocó su lentillo y haciendo visera con una mano para evitar que se mojara de nuevo, nos pusimos en camino y al rato, ya de noche, conseguimos llegar al mirador.

Muchas otras aventuras que vivimos juntos he recordado en este año, pero la que atesoro con mayor cariño es la que podemos justamente llamar nuestra aventura intelectual: un periplo del espíritu que abarcó el tiempo de nuestras vidas desde los años jóvenes hasta el final.

Para empezar pienso que, indudablemente, una de las circunstancias que  inclinaron a nuestras calenturientas mentes juveniles a buscar las grandes respuestas en las obras de los más eximios pensadores, fue la existencia de una biblioteca muy selecta, en español y en inglés, propiedad de su padre Fernando Madrigal Antillón, que era primo de mi papá y padrino mío. Porque, a diferencia de la colección de mi recordado padre, que casi sólo tenía novelas del Siglo XIX (francesas, por añadidura) y libros de Homeopatía, la del tío Fernando tenía relativamente pocas novelas, pero contaba con algunos tomos de los principales filósofos griegos y modernos, varias importantes obras de Historia y de Política y toda la colección de los Clásicos de UTHEA, con las ilustraciones de Gustavo Doré. Y claro que en ese período inicial, Rodrigo, su hermano Fernando y yo probábamos a leer uno u otro libro, sin orden ni concierto y un poco al tanteo, y sacábamos fácilmente las conclusiones más peregrinas, que luego tratábamos de defender a troche y moche.

Cuando en los años cincuentas Rodrigo regresó a los Estados Unidos a estudiar Economía, durante ese tiempo prácticamente no nos escribimos; pero recuerdo que a su regreso traía muchas obras pertenecientes a la novela y al teatro norteamericanos (no olvido a Hawthorne, a Hemmingway, a John Dos Passos, a Eugene O’Neill) y a otros clásicos de la literatura (Dostoievsky, Tolstoi, Thomas Mann) en la versión inglesa de Modern Library. De mi parte, yo no había perdido el tiempo: había estado comprando y leyendo más o menos aquellas mismas obras, de modo que comenzamos a enfrascarnos y encarrilarnos en conversaciones interminables, a la vez que los fines de semana, en bailes y paseos, cultivábamos las relaciones con el sexo opuesto. Creo que fue en esos años en los que echó raíces una especie de complicidad/rivalidad intelectual que, con sus vaivenes, nos duró toda la vida.

La existencia de Dios y la posibilidad de una vida eterna; el determinismo o la presunta libertad humana; la igualdad y el problema de las diferentes razas entre los pitecántropos actuales; pobreza, riqueza y dignidad humana; los derechos, los deberes y los delitos y su tratamiento en los distintos regímenes; el misterio del poder entre los humanos; la música y los grandes músicos (que Brahms es aburridísimo, según él; que el guitarrista Fernando Sor es un somnífero, según yo); que si la canción popular napolitana es el origen del bel canto; que si votar en las elecciones es un deber moral insoslayable; esas y otras disputas tanto o más necias llenaban muchas de nuestras madrugadas insomnes de aquellos tiempos.

Porque, en efecto, en la siguiente oportunidad en la que Rodrigo estuvo por varios años ausente de Costa Rica con ocasión de sus estudios en la Sorbona, mantuvimos un contacto epistolar regular con intercambio de ideas, informaciones y libros atinentes principalmente a la filosofía y las instituciones políticas. De esa época conservo todavía, ahora como un entrañable recuerdo, las “Instituciones Políticas” del autor Maurice Duverger (quien fue su profesor y a quien tanto admiramos) y “La apreciación de la prueba” del jurista y psicólogo François Gorphe: dos de los muchos regalos que en el curso de tantos años recibí de nuestro querido Rodrigo Madrigal, el bueno. Pero tengo que decir que, en esta segunda etapa, nuestras discusiones no fueron tan encarnizadas como antes: habíamos alcanzado acuerdos en casi todas las materias; y en las que no, ya no nos empeñábamos en convencer al otro, sino que generalmente pasábamos de puntillas por los pasajes escabrosos.

Y así se nos pasó la vida.

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...