Walter Coto Molina, Abogado (Dr.).

Muchas veces he insistido en la necesidad de romper una cierta pobreza  mental o talvez  desidia, o anteojeras, que tienen muchas de nuestras dirigencias políticas, cuando se trata de enfrentar las soluciones que requieren los problemas nacionales.  El país tiene  miles de  desempleados,  un millón de trabajadores en economía informal,  una olla social en ebullición, un Estado  casi fallido en seguridad, con una economía frágil y pordiosera, que no alcanza salvo sectores muy pequeños con beneficios particulares,   a tener la productividad y el crecimiento económico que nos haga avanzar hacia el desarrollo. Seguimos abogando por las mismas fórmulas del pasado.  Nuestros dirigentes no pueden desprenderse del paradigma tradicional, repetitivo, y rutinario de  que para financiar el Estado  solo se puede hacer por un lado,  incrementando la carga tributaria que se lleva ya el 58 % de las utilidades de las empresas,  y por otro,  buscando y obteniendo préstamos que siguen engordando la deuda  que habrán de pagar las generaciones presentes y futuras. Costa Rica es una de las economías con más deuda del continente.  Cualquier otra iniciativa por más creativa que sea, para financiar el enorme hueco fiscal y atender la deuda pública que supera el 61 por ciento del PIB,  ni siquiera la consideran de recibo.  Se acostumbraron a comer siempre lo mismo y en los mismos platos, y de ahí nadie los mueve. Hay una pasmosa falta de creatividad, de  carencia de pensamiento político y de voluntad.  Esa actitud es una verdadera calamidad, porque haciendo lo de siempre,  los resultados serán siempre los mismos. Por esa vía rutinaria, vieja y gastada,  no tendremos nunca los recursos suficientes para desarrollar sosteniblemente el país. Siempre tendremos cráteres fiscales  y viviremos de prestado, con deudas que en algún momento parecen impagables. Repito; las mayorías de las dirigencias políticas para financiar al Estado solo piensan en más impuestos expoliando a la ciudadanía, y por otra parte, en incrementar más y más la  deuda,  que terminamos pagando todos con más impuestos. Ese es el círculo vicioso en el que nos encontramos desde hace tiempos en todos los gobiernos, incluyendo el presente.    Así es muy fácil ser Ministro de Hacienda,  o Presidente de la República. Solo tengo que buscar más impuestos de diferentes maneras, y conseguir más plata prestada.

El problema principal de Costa Rica es entonces también  un problema político y mental. Se perdió la capacidad de pensar lateralmente y  con frescura, se dejó  de ser disruptivo, de desprenderse de las soluciones fáciles.

Hay una atrofia política  intelectual realmente pasmosa. No hay dirección ni orientación estratégica, ni menos una visión holística,   porque faltan cerebros creativos. La política costarricense  se empequeñeció, se minimizó, y lo peor,  es que ella ha arrastrado a profesionales distinguidos que aprendieron a decir también no, a las opciones disruptivas que se presentan para enfrentar los problemas nacionales. El proyecto pensión consumo puesto  en el tapete político como una idea innovadora y diferente hace años, es el mayor ejemplo de lo que estoy diciendo. Se siguen cargando las planillas del Estado, de los patronos y de los trabajadores para financiar la seguridad social y las pensiones, aunque una de las partes esté morosa por toda la eternidad.  Las ideas gastadas del siglo XX siguen dominando las decisiones políticas del siglo XXI.

Yo creo que la agonía en que estamos,  nos debe estimular para cambiar paradigmas en muchos ámbitos del quehacer nacional. Debemos de volcar nuestra energía a movilizar las neuronas y nuestra capacidad creadora para explorar nuevas ideas, en vez de seguir casados con  fórmulas del pasado, y en vez de estar confrontándonos con pleitos de pulpería. En adelante,  el Estado Costarricense debe financiarse también, más allá de las fórmulas tradicionales,   usando las riquezas que se encuentra  en sus mares, en su territorio, en sus instituciones  y en su posición geográfica, como lo hacen los países  pequeños que piensan en grande,  y que tienen índices de bienestar y ambientales muy superiores a Costa Rica. Aquí estamos haciendo las cosas al revés. Como nadie sabe hacia dónde queremos ir, todos los remiendos y parches  son de recibo, las viejas fórmulas persisten,  y vivimos haciendo y atendiendo ocurrencias, y hasta peleándonos contra el viento. La ensalada de agendas legislativas es un ejemplo de eso.  No hay debate sobre propuestas sustanciales con visión estratégica. Lo que se sigue haciendo es un picadillo sin que se marque un  camino. Hay zigzagueos políticos sin un rumbo conducente al bienestar.   Da lástima, porque pareciera que estamos haciendo todo lo necesario para que el país se vaya al carajo. Las discusiones nacionales son muy coyunturales y fragmentadas, incluso incultas, confrontativas e inmaduras,  y todas dentro de un paradigma político y económico que está agotado, en medio de un ambiente asfixiante y asfixiado.

El mundo y Costa Rica  viven una nueva realidad que requiere una nueva legalidad, una nueva institucionalidad, una nueva economía, una nueva cultura, una nueva fiscalidad, una nueva educación, entre muchas cosas.  Si no entendemos esto, no vamos a migrar hacia nuevas oportunidades. Nos quedaremos en el encuadramiento jurídico, económico y legal del siglo pasado. Sin duda la política es una de las actividades humanas que está  más en decadencia, y con ella los partidos y los aparatos de poder, muchísimos rechazados por la ciudadanía y la nueva realidad.  En el futuro ni siquiera el Estado que conocemos hoy existirá, menos los partidos políticos. Seguir gestionando la economía del país con el paradigma del fracaso es un contrasentido. Nuestro pueblo no se merece que lo saturen de más deuda, ni de más cargas,  porque, ¿de qué ha valido tanto sacrificio, si todo sigue peor? Todos los gobiernos terminan su mandato diciendo que fueron   héroes en finanzas, pero las condiciones económicas de la gente no mejora,  todo sigue igual y peor.  Es absolutamente indispensable volver los ojos al aprovechamiento de otras actividades económicas diferentes a las tradicionales, con criterios,  eso sí, ambientalmente rigurosos, que nos permitan como país, un uso equilibrado inteligente y anti dogmático de las riquezas que tenemos en el subsuelo y de nuestra posición geográfica.  Algunos dicen que no podemos hacerlo,  porque el Estado no tiene dinero, ni la experiencia, ni  los conocimientos,  para aprovechar, por ejemplo,  el oro de crucitas. El financiamiento saldría de ahí mismo, y cuando  no se tiene el conocimiento,  sencillamente se busca y se  adquiere. Hay quienes dicen  apostar por el conocimiento y les da miedo ir a buscarlo. En ese contexto ni  las ideologías, ni los partidos son capaces de generar políticas de bienestar, porque está probado que  con moldes superados, el fracaso está en la esquina.

En éste comentario por razones de espacio no puedo abundar en algunas nuevas ideas que podrían provocar un cambio de paradigma nacional, en este caso sobre el financiamiento requerido por el Estado para cumplir sus  obligaciones, y las nuevas necesidades de la población, sin endeudarse más y sin poner más impuestos. Llevamos años de hablar de reactivación, y lo único que reactivamos es la espiral de la deuda y de  la carga tributaria. Me limito solo a mencionar una opción, referida al aprovechamiento puntual y concreto del oro que se encuentra en crucitas, y que le pertenece al Estado conforme con la Constitución vigente.  Según datos y mapeos existentes, disponibles en documentos de valor científico, Crucitas posee en valor actual cerca de 5 mil millones de dólares en oro, el cual ya está explorado, e incluso inscrito en una bolsa de valores internacional en Estados Unidos de América.  No se trata de una presunción. Es  oro que existe.  El artículo 50  en concordancia con el 94 ambos de la ley 7558 del Banco Central de noviembre de 1995, establecen que el Banco puede hacer uso de emisión monetaria para comprar oro, por lo que podría ser entonces el adquirente del oro de crucitas, y con el respaldo de ese activo, podría generar millones de  recursos para sacar al Estado en muy buena parte,  del estrangulamiento  financiero  en que se encuentra. Para la extracción del oro,  el Estado contrataría una empresa que técnicamente tenga la experiencia  para ese proceso y pueda, semana a semana entregar el mineral para que el Banco Central lo compre y le cancele su valor al Estado, teniendo incluso un reforzamiento de las reservas del mismo Banco Central.

Esta es una idea interesante. Pero si  no se  está de acuerdo con esta idea, pues que se diga entonces; ¿de dónde  nuestros gobiernos con el paradigma vigente, van a tener recursos sostenibles para  reactivar  una economía,  que no alcanzará para cubrir las obligaciones del Estado paquidérmico que hemos fabricado? Como dije antes, nuestros gobiernos de todo signo,   se acostumbraron  en materia de financiamiento a hacer solo dos cosas;  por un lado a poner impuestos,  y por otro a pedir más dinero de fuentes  internas y externas.  A ello se ha sumado la idea de vender algunas entidades, pero eso solo para mitigar deuda, no para procurar un financiamiento realmente sostenible.

Conviene por el bien de nuestro pueblo, superar discrepancias y conversar inteligentemente y sin radicalismos sobre esta iniciativa y otras en concreto,  que se apartan de las soluciones cansinas que no resuelven el fondo de los problemas financieros del país.  En política los plazos se hacen largos cuando no se toman decisiones,  y no se comienza.

¿Cuáles son las opciones puestas en la mesa para financiar el Estado, que no sean más préstamos y más impuestos, sin que haya aún, un ápice de medidas de reactivación? Ese es el tema.

Por eso creo, que el oro de crucitas que se sigue extrayendo en medio del desorden y de la inseguridad, y sin beneficios para el país, es una opción.

¿Cuál es el miedo de no usarlo, de no explotarlo, de no ponerlo al servicio del bienestar de la población?

 

Por Walter Coto

Es Abogado, catedrático, ha sido Secretario General del PLN así como Diputado, Presidente de la Asamblea Legislativa y aspirante a la Presidencia de la República.