Walter Coto: Lo que pienso sobre el caso Cochinilla

El caso “cochinilla “es sin duda una gran cochinada. Un robo tan grande y descarado y  de la forma en que presuntamente se ha hecho,  es indignante. Debe servir no solo para dar rienda suelta a nuestro lenguaje censurador,  de un robo tan censurable  de nuestros impuestos y de  fondos públicos,  de parte de algunos empresarios y  servidores públicos, que resultaron ser servidores privados de la función pública. La sociedad también debe expresarse,  y está bien que lo haya hecho y lo siga haciendo.

0

Walter Coto Molina, Abogado (Dr.).

Primero: el caso “cochinilla”.

Frente a los acontecimientos extremadamente graves que vive el país, con la corrupción que ha evidenciado el caso “ cochinilla “,   yo podría  también usar con absoluta razón y justificación, frases y palabras  groseras e indignantes, mandando para el carajo a todos los que por acción y omisión han sido parte de esa trama asquerosa e injusta.

Sin embargo para no repetir lo que justificadamente se despotrica en las redes sociales, prefiero usar ese caso vergonzoso, para hacer una reflexión si se quiere más serena y seria , disruptiva y hasta pedagógica,  sobre lo que ocurre en el país.

Segundo: el poder formal institucional, y el poder de facto o poder real.

En la sociedad existen los poderes formales que son aquellos que han sido instituidos por medio de un pacto social, para organizar política y administrativamente la sociedad, tales como el  poder Ejecutivo, Legislativo, Judicial, Electoral  y las instituciones públicas y otras del Estado. Su razón esencial es producir y gestionar las políticas del Estado para el bien común. Pero también existen los poderes de facto que son aquellos que mediante diversos instrumentos de presión, en particular usando su poderío económico,  influyen, manipulan, coaptan y hasta sustituyen a los poderes formales,  manejando a su antojo, dichos poderes y a quienes lo representan y gestionan,  para lograr  beneficios exclusivamente  propios y particulares. De ese modo el Estado y los gobiernos cuya naturaleza es pública, y que nacieron para gestionar el bien de toda la población, terminan siendo rehenes presurosos y presuntuosos de los intereses privados malsanos y corruptos, sean estos empresariales, sindicales, religiosos, o de cualesquiera otra naturaleza. Eso es lo que ha venido pasando aceleradamente en Costa Rica. Por eso he  escrito muchas veces, que el gran desafío de Costa Rica consiste en volver a republizar el Poder, es decir en devolverle al Poder la naturaleza pública que debe tener, porque hace rato que el Poder se privatizó en contra de la población. Hace  décadas que los Gobiernos, y las Instituciones, y los Ministerios están en función, no de la mayoría de los habitantes, sino de grupos muy minoritarios que han venido despedazando el país con la indiferencia y la impotencia  de todos nosotros.  La inmensa mayoría de los costarricenses estamos en función del Estado, y el Estado está a su vez en función de unos grupúsculos de facto, que se han apoderado de su estructura y de los instrumentos formales,  para satisfacer sus enriquecimientos patológicos, a costa del sacrificio y del trabajo de toda la población, y  todo ello con el consentimiento y en asocio de gobernantes y mandos medios corruptos.  Así entonces el poder real no es el institucional. Son los poderes de facto, los que realmente gobiernan porque se comieron con coimas, prebendas e inmoralidades a quienes estaban llamados a servir al país como un todo. Literalmente se han adueñado del Poder y con   la apariencia de legalidad usufructúan en provecho propio, los bienes y fondos públicos de todo un pueblo. La expoliación impune de fondos públicos de los mega-casos conocidos en el pasado  incluyendo la cochinilla de hoy,  y los más recientes, especialmente en las contrataciones públicas, son altamente gravosos para la sociedad, no solo por el impacto que semejante robadera tiene sobre las finanzas públicas, sino por las consecuencias que ello genera en la psiquis y en el alma de la población costarricense. Se está profundizando el hastío, la desconfianza, y la desmotivación a un grado tal, que puede reventar un estallido social en cualquier momento, y generar hechos sumamente violentos, como ocurrió el año pasado en Chile, y recientemente en Colombia, donde las dirigencias políticas reaccionaron hasta que hubo muertos y saqueos en las calles. El enojo que va por dentro es peligrosísimo.  Miles de compatriotas de todos los sectores creen que el país y su institucionalidad están penetradas por la corrupción en todos los poderes y órganos. Estiman,  por ejemplo, que hay una mafia hasta en el Poder Judicial,  percepción que pareciera deriva a partir de resoluciones de los Tribunales  que la población estima, avalan las fechorías de los más pudientes y lastiman a los más pobres.  Y lo más grave, se tiene la convicción por hechos también recientes,  que el flagelo del narcotráfico  está penetrando aceleradamente la institucionalidad del país, incluyendo los poderes del Estado.

Tercero: Más allá de la corrupción.

Empero el enojo que se anida en la población, no solo deriva de la corrupción. Es mucho más. Se afinca sin duda en la pobreza, y en la catastrófica desigualdad que nos agobia. En el índice de desarrollo humano del PNUD de 1991 Costa Rica  era el país 37 del mundo en justicia, equidad, y el mejor de América Latina  junto con Uruguay. Hoy según el reporte del 2018 del Banco Mundial nuestro país está en la lista de los 10 países más  desiguales de todo el mundo, a la par de Sudáfrica, Haití, Honduras, Ruanda, el Chile de las revueltas recientes, entre otros. Pasó de un coeficiente de Gini de 0.34 en 1986 a  un 0,52 en el 2020. En el 2021 llegamos a más de 1.850.000 personas pobres entre pobreza extrema y general. Es decir,  uno de cada tres costarricenses es pobre, y con una clase media que otrora fue robusta, y que va caminando directa todos los días para ese guindo. Hay estudios que indican que el 75 % por ciento del ingreso real lo recibe el 20% de la población, y el 20 % más pobre recibe apenas el 3 % de la riqueza. Entre el 2020 y 2021 se ha estado cerrando  entre 3 y 5 empresas pymes por día. Esa es la cruda realidad. ¿Cómo no va a impactar en la población el robo descarado de recursos públicos, en medio de tanta pobreza, desempleo y desigualdad? Corrupción, pobreza, y desigualdad reales, más los efectos psicológicos y sociales que surgen en el estado de ánimo de los ciudadanos, es el caldo de cultivo que tenemos hoy, en lo que fue la Suiza Centroamericana. En este escenario se están cocinando ya las apuestas políticas de las próximas elecciones, donde ni las organizaciones, ni sus mensajeros enamoran a nadie. Lamentable y triste, pero la falta de credibilidad y la desconfianza se adueñó del país. Todo pareciera que está atrofiado. Seamos sinceros, cuesta demasiado ser optimistas. Partidos que estafaron al país siguen en campaña como si nada, personajes que nos quedaron debiendo en demasía por conductas nada edificantes siguen dictando cátedra como ciudadanos ilustres. Instituciones que fueron imagen de eficacia y eficiencia están con cáncer por dentro. Medios de prensa que brindaron espacios a las ideas y a la criticidad fueron tomados por las aves del poder oculto. En fin, todos estamos de acuerdo. Nuestra querida Costa Rica no está bien y la estamos perdiendo.

CUARTO: ¿POR QUÉ TANTO DETERIORO DE NUESTRA DEMOCRACIA?

Dar una repuesta a esta interrogante es mucho más que hacerlo en un simple artículo.  Sin embargo, creo que hemos llegado a este punto por muchas razones que podremos inventariar en otra oportunidad, y que tienen que ver con una serie de decisiones no visionarias,  ligeras, absurdas, acomodadas a intereses de turno,  y torpes de política pública, que nos han venido acercando al precipicio. Sin embargo me atrevo a mencionar por ahora una, que a mi juicio es la  esencial, y sobre la cual vengo tratando de hacer consciencia en el país. La causa esencial de nuestro deterioro está en que la organización política y administrativa que tiene Costa Rica está totalmente agotada, anacrónica  y deteriorada. Eso es ya un axioma. La estructura del Estado que tenemos solo sirve para amamantar a empresarios, a políticos, a burócratas inescrupulosos, y a dirigentes de diferentes signos,  corrompidos y corruptores en detrimento del bienestar general. Así de cierto, así de claro. La organización actual favorece que hagan lo que les dé la gana con el país.  El Estado que se preocupaba y se ocupaba del bienestar de toda la población murió. La insostenibilidad de la organización política y administrativa, la codicia y la desidia lo mataron. Vivimos en un país donde los dirigentes hacen fechorías en acciones y omisiones  y políticamente no son responsables. En otros países con democracias más desarrolladas,  los funcionarios políticos y administrativos frente a escándalos como el de la cochinilla, ya se hubiese ido para la casa, renunciando o despedidos, y además en los tribunales.  El sistema político costarricense no tiene consecuencias políticas para deshacerse de situaciones de éste tipo. No hay revocatoria de mandatos, no hay verdaderos juicios de censura, no hay reglas de obligatoriedad de comisiones cuyas conclusiones son meras recomendaciones, no hay mecanismos efectivos de control ciudadano, no hay verdadera rendición de cuentas. Solo pensemos por un instante en el teatro de  los informes presidenciales de los primeros de mayo, por ejemplo. Las jurisdicciones penales y administrativas son totalmente insuficientes y llenas de interrogantes y de desconfianza.

Quinto: Pero entonces; ¿qué hacer?

Creo que lo primero que nos debe ocupar, es la  refundación del país. Hay que apostar y volver a construir con valentía y sin miedo, un nuevo andamiaje jurídico político y administrativo en democracia, que ponga en perspectiva la satisfacción de las necesidades viejas y nuevas de la población, la sostenibilidad democrática y económica de la nación, y que ponga en ralla los abusos y privilegios de aquellos que creen,  que el Estado y el país solo existen para ellos. En esa nueva arquitectura y entre muchos temas, debe modificarse la integración, la organización y el funcionamiento de los poderes del Estado, debemos construir un sistema tributario simple,  justo, y vigoroso, debemos reinventar una nueva hacienda pública, una nueva relación del Poder con la ciudadanía, nuevos mecanismos de control, mayores espacios para la ciudadanía responsable que quiera contribuir con una economía potente,  en todos los rincones sin sentirse arrinconada.  Toda esta construcción debe ser holística. Para enderezar esta nave que tiene problemas de fondo, solo es posible hacerlo con soluciones de fondo. Para atacar tanta ilegalidad hay que construir una nueva legalidad. Para combatir tanta inmoralidad hay que empezar sin dilación la construcción de un nuevo paradigma ético.

Lo segundo,  es estimular la participación de liderazgos estudiosos,  inspiradores que comprendan los fenómenos que nos afectan en todos los órdenes, desde el deterioro educativo que hace aguas, los gravísimos problemas económicos y de empleo que tenemos, hasta la crispación social que se acumula, que además sepa articular constructivamente y con desprendimiento los aportes de la ciudadanía activa que  sirvan para orientar la colectividad, liderazgos confiables, donde la palabra se honre, donde las acciones sean el ejemplo, donde las decisiones sean el lenguaje inequívoco del compromiso con un país para todos. El reto inmediato es abrir bien los ojos y el entendimiento respecto de los aspirantes a las elecciones de febrero del 2022.

En resumen;

El caso “cochinilla “es sin duda una gran cochinada. Un robo tan grande y descarado y  de la forma en que presuntamente se ha hecho,  es indignante. Debe servir no solo para dar rienda suelta a nuestro lenguaje censurador,  de un robo tan censurable  de nuestros impuestos y de  fondos públicos,  de parte de algunos empresarios y  servidores públicos, que resultaron ser servidores privados de la función pública. La sociedad también debe expresarse,  y está bien que lo haya hecho y lo siga haciendo. Sin embargo ese hecho nos debe servir  para mirarnos cada uno por dentro, para ver en el espejo,  y para mirar el país también que tenemos y que  colectivamente estamos perdiendo. Debemos ponernos de acuerdo en una salida. Ya estamos en camino de tocar fondo. No creo que debamos esperar a que haya muertos ni violencia  para negociar una solución. La desazón es evidente, y el desánimo cunde por todo el país. Pero no debemos rendirnos. Entre todos con patriotismo,  podemos aportar algo para encontrar una salida. En mi caso particular, yo aporto la idea de que es necesario ya refundar y reconstruir la institucionalidad del país, labor que nos pertenece a todos, y que no es posible hacerla en la Asamblea Legislativa.

 

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...
La Revista es un medio de opinión libre y gratuito, pero necesitamos su apoyo, para poder continuar siéndolo Apóyanos aquí
Holler Box