Walter Coto: Realismo  frente a los graves problemas nacionales

El gran desafío es superar los miedos y dejar de picotear como gallinas.   

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Walter Coto Molina, Abogado (Dr.).

A pesar de las virtudes demostradas por el  sistema de salud  frente al COVID 19, un sistema que por lo demás necesita también muchas mejoras, nuestra obligación al visualizar el país,   es  partir de la realidad  cruda y desnuda que tenemos.   Esa realidad   nos indica  que Costa Rica está casi quebrada en tres sentidos. En lo político,  porque seguimos haciendo remiendos y soluciones fragmentadas sin que nadie sepa, cuál es el rumbo colectivo que nos inspire, en lo socio-económico,  porque con honestidad debemos reconocer que estamos hasta  el cuello de deudas internas y externas, y sin ingresos suficientes para salir del hueco, además con quebraduras sociales muy peligrosas,   y en lo mental,  porque estamos parqueados en el miedo,  sin  dar los saltos cualitativos que  nos permita crear una nueva realidad.

Primero: Lo vengo diciendo. Si el país no hace reformas políticas y administrativas profundas, y no se organiza de manera distinta, con pandemia y sin pandemia, no  saldrá. Así de simple.  El Estado que tenemos no es sostenible. Al burro le estamos poniendo demasiada carga. El gasto del Estado no es posible reducirlo en el porcentaje que se requiere,  no solo porque hay mucha inflexibilidad presupuestaria, sino porque el Estado se ensimismó, se ha hecho   cada vez más disfuncional,  y  exageradamente pesado.  Yo insisto que  hay que reflexionar en serio y con plazos, acerca del nuevo tipo de Estado que requiere la Costa Rica del siglo XXI. No se trata de cerrar unas cuantas instituciones, eso no tiene mucho sentido, si previamente no se hace una reflexión del conjunto. No es un asunto meramente gerencial o administrativo,  se trata de definiciones políticas.   A la larga necesitamos un Estado mucho más pequeño, pero más fuerte, fuerte en salud, fuerte en educación, fuerte en medio ambiente y energía,  fuerte en  ciencia y tecnología, fuerte en su economía ,  fuerte en aplicación de la justicia, y fuerte en participación y cohesión social.  Hacia esas fortalezas deberíamos dirigir con absoluta  decisión todos los recursos del Estado. No se puede disparar dinero para todo lado, hay que sustituir esa locura y volver a ser sensatos. Hay demasiadas goteras en nuestra institucionalidad.  Por tanto, reflexionar acerca de la sociedad que deseamos tener en las próximas décadas, y a partir de ahí, repensar el Estado que necesitamos y podemos  mantener sin congojas sociales y económicas, es una obligación de los liderazgos y de la ciudadanía activa del presente. El reto es entonces,  ¿cómo lograr que la clase dirigente del país de todos los partidos entiendan,  que se debe hacer un alto en el camino, y que hay que aprovechar las calamidades del ahora para dejar de hacer lo mismo, y elevar la mirada hacia soluciones de fondo, que sean integrales, que ataquen las causas,  y no los efectos de los problemas que nos agobian? El desafío está entonces en conceptualizar con participación pluralista,  y con plazos,  una nueva organización política administrativa,  e institucional. Esto no debe ser un tema de derechas o izquierdas, de liberales o estatistas, de académicos o plebeyos, de empresarios o sindicatos.  Es simplemente una necesidad nacional, cuya solución le conviene al país, y que debemos hacer entre todos.

Segundo: También he venido afirmando que económicamente estamos prácticamente quebrados.  Los números lo demuestran. No reconocerlo sería una falta de seriedad. Con el efecto del coronavirus el déficit del sector público será muy cercano al 10% en el 2020 prosiguiendo así  los incrementos que se dan desde el 2009 al 2019, donde el déficit promedio ha sido del 5.3% del PIB. Además hace rato que las finanzas públicas son absolutamente precarias,  con un  crecimiento económico realmente pobre.

Al 2020 con el creciente y sostenido endeudamiento público interno y externo que ha venido experimentando el país, la deuda total será casi el 70 % del PIB, cáncer terminal de las finanzas públicas, mientras que los ingresos han caído un 23 % y  más.  La muerte de empresas será enorme, en un contexto internacional  negativo donde se prevé una reducción del crecimiento de la producción mundial de hasta 3 %.  En nuestro país la contracción del PIB será para los años 2020-2022 del -3,1% y  contra la Constitución Política  seguro se seguirá   financiando   gasto corriente con endeudamiento. Las medidas que ha publicitado el Gobierno y otras propuestas de algunos diputados, son bien intencionadas,  pero raquíticas,  chiquititas y atomizadas. Son juegos de casita, apenas para medio sobrevivir.

La reactivación se ve como un espejismo, y los sectores productivos y los trabajadores del sector privado se encuentran enfermos,  no por el Covid 19, sino por el strees,  la incertidumbre y la angustia de no poder encontrar empleo.  El desempleo abierto llegará a un 32 %  único en la historia del país, lo que por rebote elevará la pobreza a tasas del 30 % y la extrema al 10%.  Frente a esta realidad tan contundente y cruda,  se requieren dos tipos de medidas, las de cortísimo plazo que son de contención  y de mitigación del desastre para mantener  familias y  empresas a flote, y las de mediano plazo para crear los fundamentos de la nueva economía,   que permita superar las dificultades y construir una economía saludable para el bienestar de todos.

El Gobierno ha estado trabajando en medidas de  mitigación, pero eso no es sostenible,  más que en el cortísimo plazo. Es a partir de este nivel de conciencia,  donde  se debe levantar la vista paralelamente,  para generar  proyectos no solo públicos,  sino especialmente privados, que impacten la economía del país y con ello las finanzas del Estado. Pero no se trata de proyecticos,  sino de apostar por  grandes y robustos  proyectos que revolucionen extraordinariamente  los índices socioeconómicos de la Nación. Si no se inyectan recursos sanos voluminosos, todas las variables de la economía seguirán profundamente debilitadas.

Por eso en mi opinión,  el canal seco verde era y es,  un proyecto que el Concejo  Nacional de Concesiones debía  aprobar, y en vez de obstaculizarlo, acompañar a la empresa privada que ha venido trabajando en él, para que se hiciera realidad la licitación, teniendo claro  el efecto cuantioso que significa para el país una inversión de 16 billones de dólares   en términos de reactivación económica,  del empleo y de impuestos.  La idea de que el Estado titularice  parte de la riqueza nacional,  propuesta entre otros, por  Rolando Araya, especialmente, aquella que se encuentra en el subsuelo y que pertenece al Estado, es en el horizonte otra buena idea que merece estudiarse y dictaminarse. No es posible que tengamos por un lado tantas riquezas escondidas,  y por otro lado  tantas necesidades que nos golpean de frente.

No se vale tener tanta plata debajo del colchón, si no hay empleo para nuestra gente, si no hay  pan para comer, y si no hay recursos para sostener el Estado que queremos. En este campo Noruega es un país que deberíamos mirar con atención.

Tercero: En el  ámbito mental,   nuestras dirigencias están empantanadas. Analicemos cómo actúan. Su conducta es absolutamente reactiva, sus hábitos son parceleros y sus decisiones cortesanas.  En la mayoría de los casos, un sector se queja de algo, y sale un proyecto de ley, el gobierno envía otro proyecto,  y en coro se aprueba, con algunas  ligeras disidencias. Un titular aparece en los medios de prensa, y presurosos nuestros dirigentes construyen el proyecto sobre el episodio relatado.  Al final claro, la maquila legislativa produce  más de 140 leyes en un año, pero los problemas realmente graves del país  se mantienen.

Entre más leyes peor. Sin embargo  para las grandes decisiones nacionales de orden estructural, los dirigentes se refugian en el miedo.  No hay debate, no hay voluntad, no hay visión, no hay integralidad, no hay participación estructurada.  Ya no hay ni oposición. Lo que hay es temor. Replantear,  por ejemplo,  una nueva organización administrativa y política del Estado no es de recibo para ellos. Reflexionar sobre el papel que en su conjunto juega el sistema financiero nacional  para reestructurarlo en favor del desarrollo,  es un tema intocable.

Examinar integralmente, el rol, el costo, y las razones de la existencia de las superintendencias,  pareciera que no es fundamental. Debatir sobre un nuevo concepto de salud pública y de protección social  con una visión integral, que pudiera dotarnos de un nuevo código  de seguridad social, no parece que importe. En fin, creo que muchos de los problemas políticos que tenemos se deben a problemas mentales, y muchos de los problemas económicos derivan de problemas políticos.

El gran desafío es superar los miedos y dejar de picotear como gallinas.


Walter Coto Molina.
Político costarricense, ha sido diputado de la Asamblea Legislativa, presidente de la misma y candidato presidencial por la coalición de izquierdas Cambio 2000 en las elecciones del 2002. Fue miembro de la Junta Directiva del Banco Central.
Estudió en La Sorbona, y en la Universidad de Estrasburgo, Francia, donde obtuvo un doctorado en derecho público.

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