Walter Gutiérrez: Crónicas de una anticultura política

El de Luis Guillermo Solís fue un gobierno de opacidad y autoritarismo en cuanto a la rendición de cuentas, de retroceso en cuanto al rendimiento económico del país y de irresponsabilidad en cuanto a los recursos públicos.

Walter Gutiérrez Picado, estudiante universitario.

El jueves 8 de abril fuimos testigos de la cúspide de todo lo que le podría salir mal en términos políticos al Partido Acción Ciudadana, ya que se dio una marcada división a lo interno de la fracción entre quienes respaldan al Ejecutivo y quienes sostienen compromisos ideológicos con la agrupación. Estos acontecimientos tienen toda una serie de elementos que vale la pena señalar porque explican cómo llega un partido a la actual crisis en la que se encuentra y cómo esto representa un problema para la cultura democrática y la gobernabilidad.

Génesis del PAC

Cuando el Partido Acción Ciudadana entró en la arena política tuvo el respaldo de amplios sectores de la sociedad que estaban hartos de la política tradicional del bipartidismo, caracterizada por acuerdos políticos con poca participación de la ciudadanía y poca transparencia. Por aquellos tiempos, a los gobernantes se les olvidó que su labor no terminaba con la consecución acuerdos políticos, sino que también la integración y el diálogo con otros actores y con la ciudadanía en general era esencial para una buena gobernanza.

Esta desconexión se evidenció en las protestas ciudadanas en contra de reformas al Estado y cambios en la política comercial. A raíz de esto, nace el partido que tuvo como bandera la ética, la austeridad y que prometía una política social y económica que respondiera “al pueblo”, haciendo fuerte distinción de las formas del bipartidismo, que fue tildado por el movimiento que en aquel entonces lideraba Ottón Solís de corrupto y dominado por una élite económica.

Verla venir

La conformación del congreso de la década de los años 90 y principios del 2000 facilitaba mucho la exclusión de la oposición en acuerdos como el Pacto Figueres-Calderón. Este tipo de acuerdos, indistintamente de su contenido, eran naturales de un sistema bipartidista obligado a implementar reformas al aparato estatal para lograr equilibrio económico y fiscal. Es decir, se requería implementar reformas y el congreso estaba dividido en dos, la matemática demandaba un acuerdo con la oposición.

Producto de esto, El PAC de Ottón Solís promovió de forma irresponsable la idea de que la conversación con otros actores políticos era corrupción, no haciendo énfasis en el contenido de los acuerdos sino en las formas de llegar a ellos. Una forma nefasta para demandar participación ciudadana y transparencia, pues fue una piedra más al muro de la ingobernabilidad de Costa Rica.

Otra de las cuestiones que caracterizó al PAC fue un discurso de cero tolerancias al despilfarro. Mientras este partido fue oposición, en el plenario legislativo invirtieron horas de horas condenando el despilfarro del oficialismo, promoviendo la “cultura de austeridad de guaro y galletas”, pero alimentando las grandes deficiencias del sistema de remuneraciones del sector público en apoyo a las fuerzas sindicales, catalogando de privatización cualquier intento que buscara la eficiencia en los servicios públicos mediante la participación de actores privados o de buenas prácticas de gestión pública.

El PAC también fue implacable con los actos de corrupción. Como oposición, no dudó en denunciar y maximizar a la enésima potencia las denuncias y los actos de corrupción de las administraciones de Óscar Arias y Laura Chinchilla. Aquello excedió la sana práctica del control político, fue una cacería de brujas con sed de venganza de la agrupación rojiamarilla, que ganaba terreno tanto en el congreso como en las elecciones presidenciales, era la nueva forma de hacer oposición.

Bailar con ella

Pero al PAC se le olvidó que su crecimiento y su discurso tendrían consecuencias. En una elección marcada por los insultos, descalificaciones ideológicas, desgaste de los partidos tradicionales y auge de nuevas fuerzas ubicadas más al extremo del espectro ideológico, el PAC con Luis Guillermo Solís se hizo con la presidencia de la República, prometiendo un cambio muy apegado a la idiosincrasia del tico, lejos de “políticas económicas radicales” y en apego a lo que había sido el discurso del PAC.

No pudo haber una frase más representativa de lo que ha sido el PAC como gobierno que la que mencionó el ex presidente Luis Guillermo Solís cuando se le cuestionó el cumplimiento de sus promesas: “no es lo mismo verla venir que bailar con ella”.  El PAC inició su mandato haciendo aún de oposición con un informe de los primeros 100 días denunciando todo tipo de irregularidades, sin luego poder probarlas, de la administración Chinchilla-Miranda, pero olvidó que ahora su papel era el de oficialismo.

El de Luis Guillermo Solís fue un gobierno de opacidad y autoritarismo en cuanto a la rendición de cuentas, de retroceso en cuanto al rendimiento económico del país y de irresponsabilidad en cuanto a los recursos públicos.

Karma político

Por su parte, el de Carlos Alvarado ha sido un mandato que dejó en evidencia sus falencias al no tener vocación de gobierno, pero, más allá de su incapacidad para sacar la tarea, ha sido una administración que ha vivido en carne propia las consecuencias de la retórica incendiaria de su partido. Obligado a dialogar con actores políticos que satanizó y, peor aún, echar mano de sus fichas para conformar gabinete.

Al gobierno de don Carlos también le tocó negociar para sacar adelante su agenda, que, condicionada por la realidad del país, intenta poner orden, de forma tímida, al esquema salarial de la administración pública, algo que podría ser catalogado como prácticas “neoliberales” por el PAC opositor de principios de milenio. Dicha negociación la hizo con una moneda de canje muy particular: su narrativa sobre los derechos humanos. Al gobierno progresista de Carlos Alvarado le tocó aceptar las condiciones discriminatorias de los diputados evangélicos porque su bancada es minoritaria y su capacidad de lograr acuerdos con el resto de la oposición ha sido pobre.

Hoy, a las puertas de un nuevo proceso electoral, con un país en crisis económica y sanitaria, y con una condena por estafa en sus espaldas, el Partido Acción Ciudadana lucha por sobrevivir en el mar de las incoherencias que cultivó durante las últimas dos décadas.

Esto no solo representa una crisis para el PAC, también es una crisis para el sistema de partidos políticos, que gana cuestionamientos y se debilita día con día, quedando obsoleto ante el auge de las narrativas autoritarias, discriminatorias y populistas. Es también una crisis para el país en general, que se encuentra en un profundo bache en su gobernabilidad con una sociedad altamente polarizada y un sistema presidencialista con un congreso altamente fragmentado que demanda diálogo pero que condena los acuerdos. La anticultura política normalizada por el PAC hoy es su peor enemigo y nuestro mayor lastre.

 

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