William Hayden: Mi entrada al Liceo de Costa Rica, (continuación (4+) de mis memorias)

William Hayden Quintero, Economista.

Dejamos el relato anterior cuando producto de mi flamante trabajo como “secretario” en la Barberia Americana pude ahorrar lo suficiente para comprar el uniforme del Liceo de Costa Rica, y como en el mes de marzo de 1952 salí del cuartucho que habitábamos en el barrio de Los Pinos, bien acicalado con el uniforme del liceo, orgulloso y listo para empezar a comerme el mundo con pequeñitos mordiscos de esfuerzo, ilusiones y esperanzas. A continuación, describo lo que fue mi vida de liceísta, tratando que los recuerdos que saco de su encierro en el baúl sean verdaderos y que no me traicione la mente después de tantos años de tenerlos cautivos.
Entré a primer año de secundaria en el Liceo de Costa Rica en el año 1952 a la edad de 13 años. Éramos más de 30 alumnos en la clase, no teníamos un aula fija en donde llegara cada profesor, sino que estos tenían sus aulas en donde íbamos nosotros a recibir la materia. El director era don Ramiro Montero. El profesorado era de mucha clase, no los puedo recordar a todos, es imposible, pero se me viene a la memoria don Indalecio Sáenz, un señor muy mayor, jorobado, que nos enseñó a hacer experimentos con los elementos y entre ellos el “pedo químico”, más hediendo que el aliento del Diablo y nos mortificaba con aprendernos de memoria los elementos y signos de la Tabla Periódica de los Elementos Químicos. Además de química, como un buen padre de familia, nos enseñó el uso del condón para evitar enfermedades venéreas y el embarazo no deseado en las mujeres.
Las matemáticas eran mi fuerte y me extasiaba con las clases magistrales del profesor Bernardo Alfaro Sagot, todo un señorón que infundía un gran respeto y atemorizaba, y con quien me pasó un chile muy feo en un examen. Había unos problemas que no podía resolver, algo fácil, pero no sé porque se me nubló por un instante la mente y no podía encontrar la solución, el tiempo se agotaba, yo sudaba tacacos, de pronto en mi congoja sentí que me estaba orinando y no eran de orines sino una mucosidad babosa y olorosa. Era mi primera eyaculación de hombre. Pero al final resolví los problemas y al sonar la sirena dando aviso de terminada la clase salí soplado como alma que lleva el diablo a los baños a limpiarme esa hedionda mucosidad de mi jareta. Otros profesores de matemáticas fueron Barahona y Julio Cesar Rojas. En Física, otra de las materias difíciles con Brenes y Borel. Teníamos al pintor y grabador Francisco Amighetti. En Geografía nos obligaban a aprendernos de memoria todos los países del mundo, sus ciudades capitales, banderas y los ríos más largos. En Historia vimos todas las civilizaciones de la Humanidad. En Filosofía tuve como profesores a los españoles Constantino Láscaris y a Teodoro Olarte quienes nos abrieron la mente con los filósofos griegos clásicos de Sócrates, Platón, Aristóteles. Las clases de música eran de mis preferidas, en un aula inmensa, limpia y aireada, el profesor nos podía discos de música clásica de los grandes compositores. El estudio de todos los reinos animales con Zoología. El conocimiento de las plantas en Bilogía. En Agricultura con el profesor Murillo, en una manzana frente al Liceo, en donde hoy están los planteles del Ministerio de Obras Públicas y Transporte, cada uno de los alumnos teníamos una pequeña parcela de tierra en donde sembrábamos, zanahorias, chiles, lechugas y otras semillas de rápida germinación. Era un aprendizaje interesante en estas clases, saber que veníamos de la tierra, nos alimentamos con los productos que nos da y descansar finalmente en ella a nuestra muerte.
En Castellano, a unos de los profesores le decíamos Tigre y con él estudiamos todos los clásicos españoles, incluyendo el Quijote de la Mancha, de cuya lectura me hice un adicto y se me despertó la pasión insana y obsesiva de coleccionar Quijotes, cuando pude darme el gusto, teniendo hoy acumulados más de 300 figuras, una fortuna desperdiciada, ya que no me sirven ahora para nada. Producto de esas lecturas se me despertó una cualidad desconocida hasta entonces para mí, muy sepultada en mi conciencia, el gusano por la poesía y la escritura. De pronto comencé a escribir poesías y a participar en concursos en la revista literaria, creo que de nombre Vértice que se publicaba en el Liceo mensualmente. Todavía a estas alturas de mi vida conservo ese aire de poeta y la pasión por la escritura. También estas clases de Castellano me inculcaron la pasión por la lectura. Estaban las clases de idiomas, inglés y francés, otras como Religión y Educación Física. En esta materia jugamos futbol en la Plaza Víquez, natación en la piscina del Liceo y con el profesor Víctor Guevara participé en las olimpiadas intercolegiales en el viejo Estadio Nacional en el salto a lo largo, el salto a lo alto, carreras de velocidad de 100, 400 y 1.000 metros en donde obtuve medallas, Mecanografía con Héctor Meollo propietario de la Pulpería la Bala de Bronce en la avenida diez, en la mitad de la cuesta camino a los cementerios, materia que me sirvió de instrumento para ganarme los frijoles años después.
Además de los trabajos ocasionales que desempeñaba en la época de las vacaciones solía coger café. Al lado derecho del barrio de Los Pinos, colindando con el barrio Corazón de Jesús había un enorme potrero y unos cafetales. También otros en las fincas inmensas de los Rohmorser (hoy desaparecidas y convertidas en grandes urbanizaciones) que se iniciaban en la esquina sur de lo que hoy es Teletica y morían en Pavas. Era muy agradable coger café con los grandes canastos amarrados a la cintura, separar los granos verdes de los maduros, estar atentos de que no cayera una culebra al canasto, descargar los granos recolectados en carreteras tiradas por bueyes, recibir un boleto en señal de pago por las cajuelas de café cosechadas, cambiar los boletos por pesetas. Los granos maduros con ese sabor dulzón me los echaba a la boca junto con algunos frutos que apeaba de los árboles, como jocotes, guayabas, higos, nísperos, nances, naranjas, limones dulces, caces, que solían haber en los cafetales como sombra para las matas de café. Con esta merienda dietética, vegetariana y gratuita aplacaba el hambre y mantenía mi triste figura de flacucho desnutrido. Sin saberlo era un vegano original por necesidad. Con las cogidas de café, ayudaba a la casa para nuestra manutención. El tico que no ha cogido café no es tico.
Nota (*). El jueves 11 publiqué en FB el artículo el Liceísta para relatar mi estadía en el Liceo, pero por no hacerlo muy grande incluí solo la segunda parte. Hoy publico la primera, que junto con el anterior forman el capítulo de mi Memoria: Mi vida en el Liceo de Costa Rica.

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...