William Hyden: La seriedad de la política en broma y con fisga, IV (148)

Ilusos de nosotros. Creíamos que esta sería la primera vez en la historia de Costa Rica en que todos los ciudadanos e forma civil, serena, patriótica, sin presiones políticas de ninguna índole, estaríamos dispuestos a diseñar nuestro futuro.

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William Hyden Quintero, Economista.

La institucionalidad de nuestro país está de manteles largos. Ayer se cumplieron setenta años de creada nuestra actual Constitución Política que data del 7 de noviembre de 1949. La Constitución es la ley fundamental del Estado que define para nosotros, como costarricenses e hijos de esta vendita Patria, los derechos y libertades y los poderes e instituciones de la organización política del país. La Constitución es la norma jurídica de mayor importancia y de jerarquía en nuestro ordenamiento jurídico. Es la Ley de Leyes, la Ley Superior, porque está por encima de sentencias, reglamentos, decretos, leyes y tratados y a sus normas y ordenamientos deben sujetarse todo el ordenamiento jurídico del país.

La Constitución que actualmente nos rige fue elaborada por la Asamblea Constituyente que convocó la Junta Fundadora de la Segunda República, después de la Revolución de 1948, se deriva de hechos violentos y sangrientos de un golpe de Estado perpetuado por José Figueres Ferrer justificado por defender la libertad del sufragio que había sido mancillada con fraudes electorales al decretarse la nulidad de las elecciones del 8 de febrero de 1948 que daba como ganador al periodista Otilio Ulate y perdedor al expresidente Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia, en el Gobierno de Picado. Pero en realidad ese fue el detonante, pues ya se había iniciado desde los años cuarenta un movimiento social de reformas a la Constitución de 1871 que se consideraba vieja y desactualizada, para adaptarla a los nuevos tiempos, ponerle freno al comunismo y cambiarlo por las doctrinas socialdemócratas, al despotismo electoral, reconsiderar el tema de las garantías sociales e individuales incluidas en una reforma constitucional de 1947.

Con 70 años ya nuestra Constitución es viejita, ha tenido 61 reformas parciales y están en proceso cerca de 70 más, que a un promedio de una por año tardaríamos otros 70 años, es decir hasta en el 2089 para tener una nueva, con lo cual, los costarricenses que hoy están naciendo pasarían siete décadas dominados por leyes antiguas, ambiguas y obsoletas, y todos los que pasamos de los cincuenta años, nos iremos al cementerio arropados por una viejita constitucional achacosa y sin ver el anhelado cambio para actualizarla a las nuevas circunstancias políticas, sociales, económicas, técnicas, calidad de vida, socio culturales, religiosas, ambientales de la actualidad y su evolución inmediata en las décadas próximas, desconocidas en la de 1871, madre en un 80% de la de 1949. Estamos dominados por la antigüedad, por la edad faraónica y por el conservadurismo que pregona la máxima de que es mejor malo conocido que bueno por conocer. Parafraseando al poeta Jorge de Bravo (como dice mi amigo y compañero de luchas, Walter Coto) nuestra constitución es como un vestido viejo, de tanto usarlo nos da miedo cambiarlo porque lo tenemos adherido a los huesos y a la piel y nos gustaría morir con el puesto, sin darnos cuenta que el cambio por un nuevo traje y refrescante nos remozará el pensamiento, nos dará holgura y libertad de acción, porque al final de cuentas una vieja constitución es una carcelera a las nuevas libertades.

La única forma expedita de cambiar de vestido es mediante la convocatoria a una nueva Asamblea Constituyente por medio de un Referéndum y para ello un grupo de ciudadanos integrado por hombres, mujeres, jóvenes, adultos, trabajadores, profesionales, amas de casa, estudiantes, sin banderías políticas partidarias, de diferentes credos e ideologías nos unimos desde el año 2016 para propiciar la convocatoria a un Referéndum que tuviera como destino final la Asamblea Constituyente. Pero la Sala Cuarta se paseó en este proyecto al aceptar un recurso de inconstitucionalidad interpuesto con el propósito de evitar la creación de una nueva Carta Magna y seguir con más de lo mismo, a nadadito de perro de reformas anuales surgidas de ocurrencias de diputados iletrados que con parches del momento se evitan construir un nuevo documento de constitucionalidad.

Ilusos de nosotros. Creíamos que esta sería la primera vez en la historia de Costa Rica en que todos los ciudadanos e forma civil, serena, patriótica, sin presiones políticas de ninguna índole, estaríamos dispuestos a diseñar nuestro futuro. Soñábamos con una gesta hermosa y sobre toda pacífica ya que en la historia de las naciones, en la mayoría de los casos, las constituciones han salido de movimientos revolucionarios y sangrientos, como las nuestras de 1838, 1917 y 1949. No estábamos dispuestos a permitir que temprano o tarde, con la gran convulsión social y polarización política del país, que puede ir creciendo y salirse su manejo de las manos responsables y que con los niveles tan altos de intolerancia, asco y repudio hacia la corrupción generalizada y la desprestigiada clase política, que nuestra sociedad pueda ser conducida fácilmente por un nuevo líder populista y carismático, o por un movimiento guerrillero y terrorista, hacia un gobierno de facto que rompa con la actual institucionalidad y nos recete con balas y sangre, y no con votos y tinta, una nueva Constitución.

Pero doña Sala se jaló el domingo siete una vez más. Ahora a esperar otros 70 años con curitas para tener una nueva Carta Magna, o nos vamos a las vías de hecho. El último ejemplo de ello en los países democráticos es Chile, donde precisamente el movimiento del pueblo contra la desigualdad social, el nepotismo de los gobernantes, el dominio y abuso de las clases empresariales, la pobreza y hambre creciente, la corrupción pública y privada, pareciera desencantarse, después de varios muertos, heridos, encarcelados, vandalismo y toques de queda, por convocar a una Asamblea Constituyente que reforme la actual que ha permitido los abusos y la opresión del pueblo.

Pueblo. Oigamos los sonidos de la historia y de la sensatez: No debemos derramar ni una gota de sangre de costarricenses para cambiar lo que se debe cambiar pacíficamente y con celeridad.


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