William Hyden: Vivencias y recuerdos #4

No me puedo quejar después de todo y le doy gracias a Dios por las oportunidades que me ha brindado y que me ha chineado tanto en mi vida.

0

William Hyden Quintero, Economista.

Los recuerdos son nuestra identidad. Sin ellos somos una mente en blanco, con un presente sin huellas y un futuro incierto por caminar. Sacado del baúl de los recuerdos se me viene a la memoria lo siguiente.
Estando cursando el primer año en el Liceo de Costa Rica, allá por el año 1951, mi abuela materna: Flora la panameña, me prestaba los días sábados veinte colones. Con ellos en el Mercado Central me compraba un entero de lotería y comenzaba a venderlo por toda la Avenida Central, desde el mercado hasta el Bar Chelles, ida y vuelta todo el día vendiendo por pedacitos dicho entero. Lo hacía de las ocho a las cinco el sábado arrastrando al final los pies como haciendo trencito y los domingos en la mañana. Al final del Trabajo tenía una ganancia, le pagaba a mi abuela y teníamos para medio comer durante la semana siguiente.
Cincuenta metros hacia el Este del mercado a mano derecha estaba la cafetería La Eureka. Revivo como si estuviera sucediendo en este instante que aquí cuando era un mocoso, cansado de recorrer la Avenida Central vendiendo lotería, con las tripas crujiendo, cansado de chuparme los codos para aplacar el hambre, con lo que iba ganando me daba un festín de reyes que me sabía a gloria, porque cuando el hambre aprieta hasta los frijoles rancios saben a caviar. No en vano dice Cervantes en Don Quijote que “la mejor salsa del mundo es el hambre”. Entraba al local evitando la mirada recelosa de los saloneros, que me creían pordiosero, y me compraba un sángüiche de pan con frijoles negros molidos, mano de piedra, tomate y lechuga. Le echaba salsa y chile picante. Me  lo tragaba con un café negro chorreado bien caliente. La salsa color marrón me chorreaba por los dedos sudorosos que con glotonería y deleite los chupaba sin dejar que se cayera una gota al suelo y con los ojos agrandados como lupas hurgaba entre las uñas en busca de algún residuo de pan para darle fin. Con ese manjar pasaba todo el día medio hambriento. El recuerdo es tan real que se me hace agua la boca. ¡Huy qué rico! Los meseros con sus sucios delantales me atendían huraños como si se rebajaran de categoría.
 Pero también, por contraste, sale del viejo baúl otro recuerdo con la velocidad del ya estoy aquí. Este mortal que pasó hambres de niño y adolescente estuvo, nada más y nada menos, siendo gerente de la Bolsa Nacional de Valores y Director de la Federación Iberoamericana de Bolsas de Valores, sentadito almorzando en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, Francia. El salón es una suntuosa galería construida en el siglo XVII por Luis XIV para deslumbrar a sus visitantes. Le entra la luz por 17 ventanales que se refleja en 357 espejos colocados frente a frente. En el recinto se han celebrado grandes acontecimientos históricos a nivel mundial como la firma del Tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial en junio de 1919, ha acogido a todos los presidentes del mundo, entre ellos Kennedy. Gracias a los giros de la caprichosa Diosa de la Fortuna, aquí estaba el hijo de mi mamá. Fue en una reunión mundial de  Comisiones Nacionales de Valores y de Bolsas de Valores celebrada en 1984 en París.
Antes de entrar a la Galería nos atendieron con Champán y canapés en los jardines del Palacio de Versalles en los alrededores de la Fuente de Neptuno. Luego nos pasaron a la Galería  y nos sentaron en mesas de ocho personas. En un salón amueblado el estilo Luis XV había una orquesta de cámara interpretando valses y de pronto, a la orden de su jefe con una palmada, entraron como cien pajes vestidos de librea y con pelucas blancas a la usanza de la corte de Luis XVI y Maria Antonieta (los guillotinados) cuya boda fue en dicho salón. Los pajes se desplazaron por todas las mesas sirviéndonos los mejores vinos y manjares de Francia, entre ellos carne de faisán. No sé si era mejor el sángüiche tico que me lo comía con las manos porque en la mesa tenía más de veinte cubiertos frente a mí, que con vergüenza no sabía qué hacer con ellos, miraba de reojo que hacían con ellos mis vecinos para imitarlos. Cosillas de la vida. Nada que ver la Galería de los Espejos con el salón oscuro de la Eureka.
No me puedo quejar después de todo y le doy gracias a Dios por las oportunidades que me ha brindado y que me ha chineado tanto en mi vida.
Nota. He cambiado mis artículos anteriores de “Se Vale Rajar con Humildad” por este nuevo título de: “Vivencias y Recuerdos” que los tomo de mi libro “Vivencias de una Caminata por San José”.


COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...
La Revista es un medio de opinión libre y gratuito, pero necesitamos su apoyo, para poder continuar siéndolo Apóyanos aquí
Holler Box