¿Y ahora qué hacemos? Opciones para el ciudadano común

La premisa consiste en que se debe y puede forjar una identidad diferente a la luz de los acontecimientos de la presente coyuntura. Las grandes transformaciones políticas empiezan de abajo hacia arriba y es urgente reconstruir la pirámide social sin despreciar el poder de cada quien y el de la colectividad.

0

No hay duda que el momento que atraviesa el país genera desconcierto y los temores de la gente por consecuencia, se acrecientan. Lo que está ocurriendo afecta de forma considerable a los   diferentes grupos sociales; a unos por supuesto más que a otros. Las noticias en realidad no son buenas. Frente a un Estado que lejos de responder a las crecientes demandas sociales y un sistema político que se resquebraja, a nivel ciudadano la pregunta lógica es entonces: Y ahora qué hacemos?  El concepto de democracia, tal y como se maneja; al menos  en Costa Rica,  se relaciona con derechos más que con deberes y trata sobre una aguda dependencia hacia el Estado en sus decisiones, la cual ha terminado alienando a niveles impensables la participación ciudadana. A fin de cuentas la actividad ciudadana es fruto del accionar del Estado y sus decisiones; producto a la vez de una cultura política nociva de la que  los habitantes apenas despiertan.

Elaine Brum, esa notable intelectual brasileña, escribió un día de estos en El País sobre la muerte de la esperanza. Utilizó de referencia a  la joven sueca Greta Thumber, quien con relación a la crisis climática y el comportamiento de los adultos manifestara: “no quiero saber nada de tu esperanza, no hay nada que esperar, actuad como sí tu casa estuviese en llamas, porque eso es lo que está ocurriendo”. Y es que ese es en esencia el mensaje a todas y cada una de las personas: el rechazo a la retórica, a las promesas y a la esperanza misma. Lo que se demanda de cada ciudadano consciente y responsable; en plena facultad de sus condiciones y posibilidades, es su acción. Al menos hay tres tipos de cosas que se pueden realizar para empezar, sin que esto implique el abandono de las grandes tareas  o ignorar las responsabilidades de los partidos políticos y del Estado mismo.

La primera es no fomentar el odio, porque esa respuesta fácil, lleva a la colectividad y a las personas más rápidamente hacia el abismo, arrastrando también lo bueno, que ha costado tanto construir. Por doquier se escuchan los mensajes negativos, la frustración y la desesperanza convertidas en venganza y resentimiento, lo cual no contribuye en lo más mínimo, a procurar el camino hacia el progreso y el cambio. Debe igualmente tenerse presente que la mente humana y las manos son capaces de transformar la arcilla en obras hermosas para ofrecerlas a los demás y también a nosotros mismos. Sólo hacer un alto a la proliferación de la intolerancia y el odio, y se contribuye así, a  incidir en un cambio. Las redes sociales son un extraordinario ejemplo de herramientas más usadas para el mal que para el bien. No se debe renunciar a la crítica, ni a la autocrítica, pero hay quienes sólo se la pasan juzgando a los demás, destruyendo referentes y poniendo en pedestal sus propios prejuicios e ignominia, en un pedestal su absurdo sistema de antivalores. Aquí infaliblemente el ego y la vanidad consumen el afán a edificar. El verdadero reto es tender puentes donde aparentemente no se puede.

La segunda acción es combatir la ignorancia, siendo estudiosos y tolerantes. Leer con atención, no sólo libros o documentos sino también señales, como para poder interpretar correctamente el entorno económico, político y social. Aprender a leer en derredor, significa además conversar para aprender, procurar establecer el diálogo con la mente abiertas y positiva. La época exige investigar, compartir el conocimiento y procurar opciones a la realidad cotidiana, porque no todo hay que esperar que alguien más lo resuelva. No se puede involucionar, la mente y el espíritu necesitan ser desafiados con información de calidad para el cambio. Noticias falsas y verdades relativas son una peste de la época y la exigencia por el saber es fundamental.

Y lo tercero es comprometerse en la acción, con otras personas, procurando encontrar formas asociativas para sobrellevar la vida  y por ende para ser mejores ciudadanos.  Hay que buscar los puntos de convergencia para poder avanzar política y socialmente,  involucrarse con un proyecto, una organización y un partido para sumar energía con el propósito de tener un mayor impacto en el medio al que se pertenece. Esto es en realidad un llamado a la acción mancomunada. El entorno demanda acción y liderazgo, en vez de enterrar la cabeza como el avestruz ante la eventual o real amenaza.

Estas tres aspectos lejos de ser suficientes, representan tan sólo el inicio de un comportamiento social nuevo y distinto. De lo que se trata es de edificar una cultura de sobrevivencia ante las condiciones que impone la crisis circundante. Ello contribuye a las personas a prepararse para un futuro de mayores restricciones y privaciones. Hay un futuro que ya no está en nuestras manos, sino en las de las generaciones más jóvenes.  La premisa consiste en que se debe y puede forjar una identidad diferente a la luz de los acontecimientos de la presente coyuntura. Las grandes transformaciones políticas empiezan de abajo hacia arriba y es urgente reconstruir la pirámide social sin despreciar el poder de cada quien y el de la colectividad.

Estirar la mano y pedir que el Estado resuelva es una cuestión a la postre absolutamente absurda, e inútil, lo que es cierto es derrumbar los ladrillos desde adentro y suplirlos con nuevos cimientos.  La acción ciudadana por supuesto que cuenta,  y mucho.

Si le interesa recibir información diariamente:

 

Le podrían interesar los últimos editoriales:

 

 

También podría gustarte

Comentarios

Cargando...