¿Y ahora qué?

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Damaris Fernández Pinto.

“De toda memoria sólo vale el don preclaro de evocar los sueños”.
A. Machado

(Crónica sobre cinco días en el Hospital México).

En sus miradas fijas, desatentas, confundidas hacia adentro, se adivina la pregunta, la incógnita, ¿seguiré ahora yo?

Cuando paso a su lado me miran y no me miran. No quieren mirarme, no quieren encontrarse con nada ni con nadie. Una respuesta sería casi un insulto, la certeza de su final no tiene parangón. Puede ser rabia, desconsuelo, indefensión; nadie quiere llegar al momento de la barca: el muelle está lleno, pero nadie quiere embarcarse.

Yo me siento cansada, confusa, avasallada por mil pensamientos. ¿Será este mi turno? Pasan cuatro horas, lentas, sin minutero. Ningún reloj marca el tiempo, que parece exhausto y acabado. Los corredores apretados de pacientes, dolientes, enfermos. Voy al inodoro y esta repleto de vómito, sangre viscosa derramada a su alrededor. Las condiciones de higiene son mínimas y descuidadas. El joven médico que me atiende, inteligente y despierto, casi hace milagros con los papeles; me aconseja partir y regresar mañana: no hay espacio, las camillas están agotadas. A las 22 horas después de una espera de cinco, me pongo de pie y me dirijo hacia la puerta de salida. Apenas caminado diez pasos, una voz femenina pronuncia mi nombre: me detengo y giro, encuentro la mirada tierna de mi sobrino médico Manrique con la sonrisa a flor de labios, apuesto y sincero, me tiende la mano para encaminarme hacia el quinto piso.

Las “muchachas” del 536

Una enorme ventana que atraviesa el cuarto de pared a pared, acoge cálidamente la mirada del paciente. Tal  vez por eso, al ingresar no nos percatamos de los rostros tendidos en los seis lechos, sino del espléndido paisaje nocturno que nos envuelve: miles de lucecitas escalan la montaña y titilan juguetonas en la oscuridad.

El Hospital México está considerado como el mejor  proyecto del Seguros Social en Costa Rica, con una capacidad de 700 personas en camillas.  Mi destino es que se me investigue qué  produce el agua depositada en mi pleura pulmonar. Sentí  primero un severo dolor del brazo izquierdo que corriera espalda abajo hasta apretarme la respiración. Una tos confusa me acosa, y ya en la última reunión de la OJA (Orquesta Juvenil de las Américas de la cual soy Gerente Administrativo) me fue difícil hablar dada la falta de aire y la agitación. Habría que soportar exámenes hasta dar con la causa: cáncer, tuberculosis, bacterias, embolia pulmonar, etc.

A mi derecha, postrada en silencio absoluto dulce y avenida como una mariposa herida, mi nueva compañera me observa con atención. La sigue una señora gordita, maestra pensionada, hipocondríaca y solitaria. Frente a mi cama doña Rosa Chaverri. En su rostro se dibuja una vida de entrega y bondad. Doce hijos, una úlcera en la pierna derecha. A su izquierda, Shirley Jiménez. Superviviente de una desagradable pesadilla  donde se le diagnosticó parálisis total hasta el estado de coma. En este momento su espíritu franco y abierto y una férrea voluntad la tienen restablecida. Victoriosa, se dispone a trasladarse al Hospital CENARE, donde la rehabilitación abrirá paso a su total curación. A mi diagonal, doña Noemí, quien menuda y con oxígeno, deja escapar un concierto de tupidas flemas que escalofrían el oído. Pasados los días, aparecen los resultados de mis primeros exámenes y se van descartando posibilidades. Solamente la biopsia de pulmón me ha hecho desfallecer: un violento bajonazo de presión me tumbó a la inconsciencia.

Yacer en una cama de hospital, en obligado reposo, trae dimensiones desconocidas a nuestro pequeño mundo. ¿Cómo ven los demás la muerte? ¿Cómo se acercan al vértigo de la incertidumbre? ¿Cómo la percibo yo ahora que podría ser mi turno?

Lo primero que pulula, como subasta al mejor postor, es la técnica de los juegos de oración,  donde el infierno se convierte en la plataforma habitual de condena al incrédulo o al infiel. Abanderados con el espíritu de sanación, su alteración personal confunde más que conforta. ¿Será el buen Dios un neurótico sanador, o una voz de amor y reconciliación? Nos comprometen, a rajatabla, con Dios o con el demonio, he aquí la tremenda decisión.

Nos tocó la primera

Anochece y los collares glamorosos de plata serpentean por la montaña. Reverberan contra el oscuro cielo, la montaña se ensancha y parece que camina. Es un inmenso escenario de fulgor y destello. Afuera el viento muerde y cruge, su danza es desvergonzada y activa. Los cristales del ventanal permanecen inmóviles, impávidos y silenciosos. Su testimonio no tiene voces.

Nuestra vecina de la ventana, la gordita nerviosa, quiere dejar la ventana abierta para apreciar el paisaje; sospecho que la invade la claustrofobia. En la afanada procesión, las enfermeras desfilan su rosario de medicinas y tomas de pulso. Otras proporcionan cobijas, bidés o vasitos de agua. Abruptamente, la más enérgica, cierra la cortina en un ingrato gesto de orden.

Nuestra gordita se ha quedado sin paisaje. Poco tiempo después ella escucha gemidos en el cuarto contiguo y nos lo advierte. Ella escucha todo, a todo teme, todo calla. Ella no duerme, permanece en constante vigilia. Al rato emite unos extraños gemidos que nos asustan. Notificado el personal, vivimos momentos de zozobra y tensión.

Se queja de la lengua adormecida, de calambres en los dedos y de que tiene frío. Silenciosas y conmocionadas, las enfermeras se arremolinan a su alrededor.

Aplican ampollas, medicamentos, oxígeno, respiración. Ingresan los médicos de guardia y todos juntos emprenden la cuesta arriba de un ascenso sin cumbre. Hay que pensar rápido, hay que actuar rápido. Cada minuto es de oro. No se pierden las esperanzas, se pierde el hilo de vida que pende de aquella mujer, a quien apenas conocimos, pero cuyo desvivir en este momento nos golpea. Voces, exclamaciones, pasos apresurados,  carreras furtivas, vías de oxígeno, agitación. El cuerpo casi yerto se distiende, agua corre por las comisuras de los labios, se pone lila la piel. Se inicia el estertor del canto final: un sonoro concierto de lúgubres ecos le asalta los pulmones y garganta. Imposible salvarla. Se ha ido en poco, poquísimo tiempo. Su hilo existencial fue cortado en escasas horas. Permanecemos mudas, pensativas, unas en oración, otras en anonadamiento.

La visita

La montaña me hace amanecer azul, voladora, casi libre.

Un poco desorientada por ser mi primer internamiento en grupo, yazgo en mi lecho blanco, uniformada con aquellas horribles batas severamente lavadas y severamente arrugadas. La vanidad femenina siempre presente me permitió una ligera crema, la loción para después del baño y mi perfume.

Los galenos

Miro hacia mi izquierda venir un grupo de estudiantes de Medicina. Uniformados con blancas gabachas, jóvenes, muy jóvenes. La lección da inicio cuando se arremolinan alrededor de mi cama. A todos veo y me invade la alegría. Sus preguntas salen del cuestionario de una clase de medicina. El galeno maestro explica, pregunta, reseña. Rostros cuya curiosidad se ha tornado en investigación. Alguna mirada furtiva de ellas hacia ellos, con la ingenuidad que prevalece en los amaneceres y en los veinte años. Yo disfruto, me siento complacida, quisiera apoyarlos. Severos, amables, silenciosos, comunicativos, con rostros marfil como los poetas o con ojos azules como los cielos italianos de Giotto, con miradas inteligentes y activas.

Mis médicos de cabecera Guadamuz, Picado y  Rocha Contreras. Es una profusión de juventud contra el aciego paso de la muerte. Nunca antes encontrado tan severo contraste: ellos batallan contra el turno ya definido de quién se debe ir. En su búsqueda afanosa por curar al enfermo, enfrentan irremediablemente la decisión del destino.

En algún momento la conversación va más allá y se extiende hacia la danza: examinan a una bailaora flamenca. Extraño término para las ellos, quienes sonríen y se preguntan por este arte. Ojalá algún día se adentren en este mágico mundo el cual, aún en el umbral de la muerte, nos ampara poderosamente con su incomparable memoria del dolor humano.

Sigue la vida siendo un sueño, un viaje mágico cuya trascendencia pende de unos hilos celosamente guardados y celosamente cortados: nunca se nos dirá cuándo ni dónde nos llega el final.

Después de cinco días, todas somos hermanas sin distingos de edades ni culturas. Estamos seis mujeres tomadas de la mano cobijadas bajo la luz de la esperanza. Mi diagnóstico, aún indefinido, batalla contra  las dos grandes incógnitas del hombre: vivir o morir. Juntos para siempre  el recuerdo y el agridulce sabor de la vida, juntos para siempre el amor y la misericordia.

La despedida

¿Nos volveremos a ver? Alguna vez compartimos el riesgo, el llanto, la respiración. Sucede que luego nuestra frágil memoria desdibuja el acontecimiento y se lanza, renovada e irresponsable, sobre la nueva aventura del mañana. Y yo, flamenca al fin, clamo por la instalación del amor humano en toda su plenitud.

Y canta la copla andaluza:

“Pocito de nieve
dentro de la fuente había,
mientras más profundo el pozo,
más clara el agua salía”

FLORCITICA

 

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